Hoy por Hoy
Sábado 07 de Julio de 2018

Momento eterno

La escena se esparció por redes sociales, reproducida por usuarios conmovidos por el sentido que esa fotografía transmitía y todavía sigue transmitiendo. Una mujer en una silla de ruedas apostada frente a un nicho de un cementerio. El nicho tiene una pequeña placa plateada como señalamiento, justo debajo alguien dejó un ramito de flores y dos grandes coronas están apoyadas sobre el piso, una de la Municipalidad de Concordia y otra del Concejo Deliberante. La mujer porta un pañuelo blanco que le envuelve la cabeza y mira en dirección a la inscripción del nombre de su hijo muerto. Lleva puesto un vestido y zapatos negros y una campera de lana marrón. La foto es eterna, como el momento que captura y la síntesis histórica que expresa.

Esa mujer es Alejandrina Lafitte, tiene 91 años y es una de las fundadoras de la filial Concordia de Madres de Plaza de Mayo. El 6 de diciembre de 1977 las fuerzas de la dictadura secuestraron a su hijo Raúl Ramón Tito Maschio, en La Plata, donde estudiaba Psicología y desarrollaba su militancia social y política. Tito no volvió a aparecer. Ella lo buscó junto a su familia en comisarías, regimientos, iglesias y oficinas de distintos ámbitos, sin otras respuestas que el silencio y la remanida responsabilización a la víctima. La búsqueda y el reclamo de justicia continuaron a lo largo de cuatro décadas. Al principio preguntar por su hijo implicaba poner en riesgo la propia vida. Luego hubo largas épocas de impunidad, de olvido, de lucha en soledad, solamente con el apoyo –recíproco– de otras madres y familiares de desaparecidos y ciudadanos y ciudadanas comprometidas con los derechos humanos. Muchos años después comenzó a hacerse justicia efectiva con los responsables del genocidio. Un día llegaron representantes del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y le extrajeron sangre que fue resguardada en un banco, con el objetivo de entrecruzar sus datos genéticos con los restos encontrados en enterramientos clandestinos y tumbas sin nombre. Pasaron unos años más, su físico fue sufriendo el inexorable paso del tiempo, pero no su conciencia y mucho menos su memoria. Hasta que un buen día su otro hijo, Eduardo, se sentó frente a ella y le contó la noticia que tanto había esperado. Eduardo había dado vueltas durante una semana antes de decidirse a decírselo, incluso esperó a que amaneciera con sol y no hiciera tanto frío, después de varias jornadas de lluvias. Y le dijo que las pruebas de laboratorio habían confirmado que un conjunto de huesos que estaban sepultados como NN en el cementerio de la Plata, eran de Tito. Alejandrina abrió grandes los ojos, susurró que siempre esperó verlo entrar por la puerta de su habitación para que le trajera ese mensaje. Lloró un poquito. Confesó también que nunca dejó de imaginar que sería Raúl quien iba a tocar el timbre y llegaría de sorpresa para abrazarla y decirle que todo había sido una pesadilla y las cosas volverían a ser como debieron haber sido. Pero la tragedia, el genocidio, verdaderamente ocurrió, como lo certifica la ciencia inapelable en este y tantos otros casos de identificación de víctimas del terrorismo de Estado.
La tarde del sábado 30 de junio de 2018 Alejandrina se volvió a colocar el pañuelo blanco y llegó al centro de la plaza Urquiza de Concordia por una de las diagonales, empujada por Eduardo. Detrás venían su nieto y su nieta, con el cajón entre sus manos. Permaneció en su silla durante el acto, escuchando palabras de dolor y reconocimiento, recibiendo el cariño de personas a las que conocía de tantos años de lucha y de otras a las que no había visto en su vida.
Después encabezó la caravana por los pasillos del cementerio municipal, que en silencio llegó hasta el sector donde están los nichos de los Maschio Lafitte. Los nietos dejaron la urna con los restos en el hueco vacío. Un cura dijo unas palabras, valoró la lucha inclaudicable y la justicia, aunque llegue tarde. Pusieron la tapa con la placa. Depositaron las flores. Y ella quedó junto a Tito, frente a frente, alma con alma, en momento eterno.

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