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Los muros se derrumbaron hace mucho

Jueves 08 de Agosto de 2019

En 1990 y con 13 años daba mis primeros pasos en la escuela Secundaria en la escuela Bazán y Bustos del barrio El Sol de Paraná. Allí, como quizás no sucede por estos tiempos, el cambio fue bastante pronunciado tras dejar la Primaria. Las materias eran otras y se hablaba de temas que uno desconocía, como por ejemplo lo que sucedió en las diferentes guerras mundiales, la Alemania nazi y la posterior creación del Muro de Berlín. Por aquel entonces, quizás le presté poca atención a esta cuestión, aunque mi interés creció con el paso de los años. Según la famosa Wikipedia, “el Muro de Berlín formó parte de la frontera interalemana desde el 13 de agosto de 1961 hasta el 9 de noviembre de 1989. Separaba la zona de la ciudad berlinesa encuadrada en el espacio económico de la República Federal de Alemania (RFA), Berlín Oeste, de la capital de la RDA entre esos años. Es el símbolo más conocido de la Guerra Fría y de la división de Alemania”.

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Este muro era denominado en la República Democrática Alemana como Muro de Protección Antifascista y por parte de los medios de comunicación y parte de la opinión pública occidental como “muro de la vergüenza”. La imagen de su caída la recuerdo muy bien, con personas subidas al mismo para destruirlo con el martillo en la mano. Está claro que esta parte de la historia de la humanidad está lejos de compararse con el tema que motivó está columna de opinión, pero todo lo que divide me molesta, sea en el ámbito que sea. En este caso, el famoso muro del paraje La Jaula que cortó el paso de un camino costero y que generó la denuncia de los pescadores en las redes sociales.

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Resulta tedioso tener que hablar de esto cuando hay cuestiones más importantes, pero indigna ver cómo ciertos personajes se creen los dueños de nuestro río. Y no solamente me refiero al que levantó una pared en el mencionado lugar, sino también al que metros más adelante puso hace varios años un alambrado para proteger una inversión privada. O los que con una tranquera de por medio y un cartelito que dice “propiedad privada” te dejan con las ganas de disfrutar de un día de pesca. Ni hablar de los clubes que desde hace tiempo tienen la exclusividad en las playas y costas del Paraná y del Uruguay, un beneficio que dejan solo para sus socios cuando debería ser para todos. En la zona de Bajada Grande sucede lo mismo, con lujosas mansiones instaladas hasta con puertos exclusivos. En la capital provincial, los casos son claros, además de tener un barrio privado en la zona de Los Arenales que le “robó” varios metros a la ribera.

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Por los intereses económicos que hay en el medio, estas peleas se perdieron hace rato. Por eso, que se haya ordenado la destrucción del muro de La Jaula es una pequeña batalla ganada, aunque insisto que hay casos más graves y que nunca se trataron.

Desde el Consejo Regulador de Uso de Fuentes de Agua se actuó de oficio para averiguar lo sucedido en la zona de Colonia Ensayo. Y surgió un tema en el cual se retrocedió hace un tiempo, como fue la modificación en el Código Civil del Camino de Sirga que se delimita en 15 metros a partir del punto de crecida ordinario hasta la construcción. Antes de la reforma, la distancia era de 35 metros. Esto también fue un paso atrás y un guiño de ojos para los usurpadores, quienes interpretan a su antojo lo que dice la regulación en estos casos.

Un amigo hace tiempo me dijo: “El problema es que en Paraná vivimos de espaldas al río”. Y cada vez le doy más la razón. Quizás por eso no nos damos cuenta cuando levantan un muro o un cerco con un par de estacas y alambres de púas. Por eso hay que reaccionar a tiempo y obligar a las autoridades a que tomen cartas en el asunto, más allá del apellido del empresario que esté involucrado. Sea Pepito o Juan. Todavía faltan muchos espacios para recuperar, aunque será complicado ir contra intereses más poderosos.

“Y en los postes del hambre viá cortar el alambre, pa’ que nadie se sienta acorralao”. Se escucha en uno de los versos de la canción De los pagos del tiempo de José Larralde. Es una estrofa que siempre recuerdo cuando veo un alambrado en la costa. Es lo que me viene a la mente cuanto alguien intenta separarnos de lo que por naturaleza nos corresponde disfrutar y cuidar sin ninguna división.

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