Miradas
Domingo 27 de Enero de 2019

El Cacho y el río

El Cacho estaba parado en la esquina, que ya perdía la batalla con el agua. "Ta carajo, salir otra vez como hace dos años. Ya cansa esto". Relojeó los gurises que mojarreaban a domicilio, desde la misma vereda de la casa, divirtiéndose en la tarde calurosa, sin nada que reprocharle a esas aguas que hasta hace un par de días estaban como a cinco cuadras de su casa. Para ellos era diversión. Para Cacho una tortura. El carro, listo, esperaba con el tordillo manso, compañero fiel y silencioso.

Ya habían pasado, como otros años, el cura, las monjas, Cáritas, los políticos. Y como otros años, alguna ropa, algo de comida, por ahí una foto "pal diario" y chau. Los únicos que regresan siempre son los jóvenes, que le dan una mano con la gurisada y la limpieza. Este año, la creciente le volvió a dejar reflejada las estrellas cerca de la ventana de su pieza y, por su cercanía, sabía si el río se movía o no, si crecía o comenzaba a dejar esas tierras para volver a su cauce natural.
El Cacho pasó incontables veces por esta situación. Sabe que el río es así. Vuelve siempre a su cauce y él a su casa. Y así siempre. Algunas veces putea contra todos, porque sabe que esos que llegaron ahora no vuelven hasta la próxima creciente. No putea al río, no tiene la culpa. Por caso, se venga, el río, de todas las mierdas que le hacemos. A él, a los montes, a los árboles. En una de sus recorridas, cartoneando, hojeó un diario con una foto de las costas del Uruguay, a la altura de Salto, ahí, por la Represa. La mugre no dejaba ver dónde comenzaba la tierra. Botellas, bolsas y hasta una cocina, flotaban golpeando la orilla, como una masa putrefacta que terminaba con todo.
Al Cacho puede que le falte escuela pero no conocimiento. Sabe que el río sufre y por eso lo deja crecer. Sabe que el Uruguay, y el resto de nuestros ríos, nos devuelve, en forma de castigo, estas inundaciones. Bosques que ya no son, cultivos que todo lo infectan con ese, ¿cómo es Cacho? Glifosato. Así se escribe. Debe ser una podredumbre eso. Por esas porquerías cada vez hay menos peces en el río y cada vez, la canoa verde es llevada por sus brazos mucho más lejos, para recorrer el espinel que traerá algunas "sábalas lomudas" o tal vez alguna tarucha hambrienta, que se venderán a las doñas del barrio o irán a parar a la propia olla, "pa un chupín" que se compartirá con todos. Y, cuando está flojo el pique, el Cacho sale con el carro a cirujear, al tranco manso del tordillo.
El Cacho vive desde hace una punta de años cerca del río. Lo conoce, lo respeta. Y desde esa misma punta de años espera que no se acuerden de él sólo cuando el marrón "sube fiero". Al menos esos jóvenes se arriman los fines de semana para seguir junto a sus gurises, jugando y entreteniéndolos. El resto desaparece, lento, como las aguas cuando empiezan a bajar. El Cacho desarma con paciencia las cajas, desata las bolsas que custodiaron sus ropas y algunos enseres. Se prepara para volver a su casa. Las estrellas se transformaron en broza. Ahora, la calle es calle. Cacho vuelve a casa. Ojalá, que esta vez, sea la última que deba dejarla, aunque, como viene la mano, el Cacho, el Cacho sabe que no será así.

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