Hoy por hoy
Martes 24 de Octubre de 2017

Dosis inofensivas de periodismo

El periodismo es un oficio que dificulta en los que lo ejercen las virtudes del recato y el perfil bajo, sino las impide. Hay consenso para evitar las reelecciones en la política, por ejemplo, pero los periodistas quedamos. No precisamos rendir cuentas, dar explicaciones, asistir a un concurso de revalidación, nada de eso.
La diferencia con los jueces está en el sueldo: nosotros cobramos en dos años lo que ellos en un mes, pero gozamos del mismo privilegio de inamovilidad. Nuestros mandatos no caducan.
Claro: a veces el periodista no corta ni pincha. Sin embargo, podemos actuar como ciertas sustancias químicas usadas en la agricultura, con efectos quizá no agudos pero sí crónicos, tanto por la acumulación en el tiempo como por los añadidos.
Solemos ofrecer una interpretación en bajas dosis pero persistente a largo plazo. Si esa mirada es sesgada, el daño será de acción lenta pero alto; los receptores resultarán engañados como en el cuento de la rana hervida.
Un tema puede ser secundario, pero machaquemos y sube un escalón.
Los periodistas reprobamos que los sindicalistas se atornillen al poder, y nosotros podemos permanecer no sé cuánto sin que los sindicalistas se quejen.
Claro, es un trabajo. Pero nuestro oficio nos exige una exposición individual, una cierta fama en el nombre, y un rol crítico, o no, sin fecha de vencimiento. De manera que, si nuestros ojos miran torcido, estaremos medio siglo distorsionando la realidad y bien agarrados de un supuesto derecho.
Una cura en salud sería, quizá, reconocer y explicar que nuestro servicio es falible. Otra: evitarnos y evitarles esa palabra que no supere la sabiduría del silencio.
Los periodistas somos por ahí, con las ideas, como el profesor Neurus que repartía de este modo: una moneda para ti, una para ti, cien para mí. Y es que nuestra presencia exagerada hace pivotear a los protagonistas en nuestro teclado, en nuestro micrófono, y con ello quedamos a un milímetro de convertirnos en personajes, y a medio de echar copete. Hemos naturalizado una suerte de floreo.
Hay de todo en el periodismo como en la vida, es cierto. Lo peligroso sería creer que los problemas están en partidos, sindicatos, iglesias, corporaciones, aulas, poderes del estado, incluso en empresas periodísticas, y que a los periodistas nos asiste el derecho de levantar el índice o bajar el pulgar, sin más.
El peligro es mayor cuando, saturados de trabajo, muchos de nosotros perdemos la serenidad necesaria para analizar las cosas con detenimiento y criterio, de modo integral. Fama fácil y laudo ligero se potencian mutuamente, y hacen de nosotros (no siempre) un estorbo para la comprensión.
A la sociedad le convendría cuidarse de nosotros, si se nos permite este guiño desde la cocina. Y saber que mientras vivamos de la propaganda y la propaganda engañe, no será el nuestro un nidito para la verdad.

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