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Curas Pedófilos

De hombres y dioses

Los casos de los curas condenados por pedofilia en Entre Ríos denota la doble moral de la institución religiosa, o mejor dicho el grado de hipocresía para silenciar por tanto tiempo delitos contra la integridad sexual de menores, que hoy siguen luchando contra sus fantasmas y manteniendo vivo el reclamo por Justicia.

Miércoles 27 de Marzo de 2019

La verdad es una construcción colectiva de un determinado momento histórico, que irrumpe para derribar ciertas creencias o mitos de nuestra sociedad. Ese modo de relacionarse con el mundo y con la vida terrenal muchas veces colisiona con estructuras de poder o movimientos vinculados a fuertes intereses que se guían por valores vacíos de transparencia y de credibilidad. Ese modo de entender el mundo bien podría aplicarse a las prácticas ejercidas por la Iglesia Católica, que de un tiempo a esta parte no hace más que encubrir a los hombres que llevan sotana, muchos de ellos denunciados y luego acusados de abusar de niños, adolescentes y también de mujeres en diferentes partes del mundo.

La búsqueda de la verdad terrenal atraviesa toda nuestra existencia, es hasta quizás una premisa filosófica, pero que no siempre se condice con los mandatos culturales de una sociedad degradada, sin valores y que funciona con total hipocresía entre lo que se dice y se hace.

Los casos de los curas condenados por pedofilia en Entre Ríos denota la doble moral de la institución religiosa, o mejor dicho el grado de hipocresía para silenciar por tanto tiempo delitos contra la integridad sexual de menores, que hoy siguen luchando contra sus fantasmas y manteniendo vivo el reclamo por justicia.

Primero con Escobar Gaviria y luego con Ilarraz, los jerarcas de la curia se dedicaron a esquivar a la Justicia, afectando el derecho de la víctimas a conocer la verdad. Todas las aberraciones y perversiones se justificaron en nombre de un Dios, desde Tortolo hasta Puiggari la diócesis de Paraná operó de la misma manera ante violaciones de los derechos humanos: ante las denuncias de vejaciones la respuesta era apelar a los protocolos canónicos, para asegurarse que los hechos no trascendieran a la opinión pública. La ropa sucia se lavaba entre cuatro paredes Todo era posible en nombre de la fe.

Hoy los casos de Pablo Huck y de Ernesto Frutos, vuelven a poner en crisis la credibilidad de la Iglesia y de los hombres que la conducen, por la denuncia de abusos y corrupción de menores contra Marcelino Ricardo Moya. La situación de vulnerabilidad que padecieron siendo adolescentes fue aprovechada por un Moya que gozaba de pleno poder y de popularidad en la Villaguay de los 90, según el testimonio de las víctimas en el juicio. La mecánica de los abusos siempre tuvo un idéntico patrón, casi como un déjà vu de la conducta de Ilarraz y Gaviria, donde el sacerdote comenzaba ganándose la confianza de los familiares para entablar el primer contacto con la víctima. Prefería a los varones por encima de las mujeres, organizaba viajes sin previa consulta para evitar miradas incómodas, algo así como un todopoderoso con licencia para satisfacer sus más bajos instintos. Todo lo hacía en nombre de Dios.

"La habitación de Moya era el lugar de encuentro habitual para los chicos que lo acompañábamos. Muchas veces, el sacerdote nos retenía en su cuarto con la excusa de utilizar la computadora para ayudarlo en diversas tareas (por ejemplo, tipear un texto, inventariar libros obsoletos) o bien, nos dejaba usar la PC para jugar o escuchar música en su minicomponente. Su habitación, por más pequeña que fuese, estaba siempre llena de chicos, y esta situación no era cuestionada por nadie", declararon los sobrevivientes ante el fical Ramírez Montrull.

En el juicio, en el que la Ficalía y la querella pedirán una condena de entre 15 a 20 años, se podrá complicar aún más la situación procesal del cura payador porque se espera el relato de nuevas víctimas de abuso. La valentía de los Huck, de los Schunk, de los Endrizzi, permitió conocer la verdad negada por los nuevos guías espirituales que pertenecen a la misma generación del papa Francisco, el mayor responsable por esta oleada mundial de sacerdotes acusados de graves delitos sexuales pero que se siguen sosteniendo en lugares de poder.

Del otro lado, la Iglesia de Paraná sigue ofreciendo arrepentimientos públicos solo para la tribuna, pero cuando fue necesario no actuó a tiempo, o prefirió callar sabiendo que se cometían atrocidades en nombre de un sistema de creencias. Amén.

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