Miradas
Domingo 01 de Julio de 2018

Canalizadores del descontento

Según Paulo Velasco, profesor de relaciones internacionales en la Universidad Estatal de Río de Janeiro (UERJ) especializado en América Latina, los millonarios presidentes "acaban no influyendo tanto en el resultado económico o el desarrollo del país".

No hace tanto tiempo, unos 300 millonarios tenían la mitad de la riqueza mundial. Hoy son ocho, según Oxfam y Forbes: Bill Gates (EE.UU.); Amancio Ortega (España); Warren Buffett (EE.UU.); Carlos Slim (México); Jeff Bezos (EE.UU.); Mark Zuckerberg (EE.UU.); Larry Ellison (EE.UU.) y Michael Bloomberg (EE.UU.).

Los ocho hombres más ricos del mundo acumulan más riqueza que la mitad de la población más pobre, unos 3.600 millones de personas. La tendencia indica que mañana la riqueza se concentrará en cinco personas y no sorprendería que un día un solo hombre concentre más dinero que toda la población pobre junta. Ninguno de ellos se hizo rico por ahorrar monedas en una alcancía ni levantándose temprano para abrir las puertas de un taller.

La mayoría lo hizo con operaciones montadas desde un escritorio, evadiendo impuestos, pagando coimas, especulando en la bolsa, ejerciendo una competencia desleal, vendiendo información de sus clientes y haciendo lobby.

A pesar de esto, en general gozan de buena reputación, ya que la ideología dominante tiende a instalar que los magnates se hacen trabajando y por ello nadie los señala como vagos, corruptos ni ladrones. Sin embargo, en los últimos años y a nivel global, varios representantes de la élite multimillonaria empresarial han decidido salir de su zona de confort para exponerse en la política: el fenómeno mundial de los millonarios presidentes va en aumento, hombres que se hacen en términos institucionales de un poder que fácticamente ya tenían.

Todo esto se da en un contexto de alejamiento del electorado con los partidos y candidatos tradicionales, que favorecen la consolidación de nuevas fuerzas políticas y posiciones ideológicas reaccionarias, que en la mayoría de los casos surgen más por descontento e indignación que para dar una solución real.

Los millonarios presidentes –y los millonarios ministros– han capitalizado el descontento y lo han sabido canalizar para poder acceder a ocupar funciones claves en la política. Haciendo gala de su éxito empresarial se impusieron el ámbito electoral. Mauricio Macri en Argentina, Horacio Cartes en Paraguay, Pedro Pablo Kuczynski en Perú (cuyo mandato terminó en marzo); Juan Carlos Varela en Panamá, Sebastián Piñera en Chile, Donald Trump en EE.UU. –todos ubicados del lado derecho del espectro político– se beneficiaron del descontento de muchos con la política tradicional, prometiendo soluciones tecnócratas, promercado y mano dura, tildando de demagogia cualquier mínima expresión de sensibilidad social que sus predecesores hubieran tenido.

Reventaron las urnas gracias a premisas del sentido común como "no van a robar, porque no lo necesitan" y "van a administrar bien el país, porque así lo hicieron con sus empresas". Sin embargo, y afortunadamente, hay quienes difieren. "Al que le guste mucho la plata hay que meterlo en la industria o
en el comercio, no en la política", dijo el expresidente uruguayo José Pepe Mujica en una charla con BBC Mundo poco después de concluir su mandato.

En una empresa, las decisiones se toman en función de la pérdida y la ganancia; la propiedad privada y el mercado. Justamente, bajo esta lógica han estado gobernando sus respectivos países estos mandatarios; y todos bajo la sospecha de beneficiar con sus medidas a empresas privadas y no precisamente al Estado, ni mucho menos al pueblo.

Hasta ahora, ninguno ha podido sostener en la práctica ni una sola de sus promesas de campaña. Es que transformar realmente un país no es tarea fácil y slogans como "pobreza cero" o "inseguridad cero" son realmente promesas vacías, incluso vacías de intención.


Según Paulo Velasco, profesor de relaciones internacionales en la Universidad Estatal de Río de Janeiro (UERJ) especializado en América Latina, los millonarios presidentes "acaban no influyendo tanto en el resultado económico o el desarrollo del país". Por el contrario, lo afectan negativamente. Y mucho.

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