Hoy por Hoy
Lunes 17 de Septiembre de 2018

Bonadio, supermartes y recuerdos

La decisión del juez Claudio Bonadio de procesar a Cristina Fernández es por estas horas, la noticia excluyente de los grandes medios y su agenda replicada casi invariablemente por los más pequeños.
Billetera mata galán, dice un refrán un tanto machista, pero muchas veces confirmado. ¿Cuadernos mata recesión? Parece dudoso, salvo que se piense solamente en el esquema comunicacional como sostén de la política; lo que a la corta o a la larga, se demuestra que no es así. Esto no tiene que ver con la culpabilidad o inocencia de la expresidenta, cuya dilucidación corresponde a la señora cuya venda sostienen el fiscal Stornelli y el juez Bonadio.
Es en otra dimensión, en la de la calle. Dicen las encuestas que el núcleo duro del kirchnerismo oscila entre el 25% y el 30%. A esos no les cambia la opinión el procesamiento, como tampoco se la cambia al 30% que adjudican de núcleo duro a Cambiemos. Del otro 40%, un porcentaje importante cree que las noticias de la causa se usan para intentar tapar los temas económicos. No quiere decir que no pueden creer que hubo un mecanismo de coimas. Es más, podría decirse que eso está demostrado desde el día de los bolsos de José López.
Pero mientras esto sucede en la tevé, esperamos con angustia otro supermartes en el que la presión de los tenedores de Lebac que salen del mecanismo podrían llevar el dólar aún más alto y los precios seguirán ese derrotero, generando pobreza y exclusión.
El Messi de las finanzas está cubierto: el presidente del Banco Central, Luis Caputo, pasó sus Lebac a dólares antes de la corrida, cuando la divisa norteamericana cotizaba a menos de 20 pesos. Otros ministros, que también la pisan, mantuvieron su dinero fuera del país por falta de confianza en el gobierno de Mauricio Macri.
Cruzamos los dedos para que la bomba no estalle este martes e incluso pedimos que la cosa se encamine, aunque sea por los carriles que imagina el gobierno bajo la tutela del FMI.
Sin embargo la falta certezas sobre la situación real resulta agobiante. En el mensaje del 29 de agosto, previo a la disparada del dólar, Macri habló de un acuerdo con el FMI que el organismo negó esa misma tarde. Las felicitaciones de Angela Merkel de la semana pasada no eran tales, sino un llamado para pedirle por favor a la premier que Alemania no vote en contra de Argentina en el FMI, pese a sus metas incumplidas desde el vamos.
El pedido que ahora hace el gobierno argentino es que se adelanten los desembolsos de los próximos dos años (2020 y 2021) para gastarlos ahora; y la objeción del Fondo no pasa por la situación que genera el ajuste en el país, sino porque a esos dólares los fugan. Claro, nos dejan la deuda. Tal vez por eso, porque la deuda crece y queda, el Fondo acceda al pedido.
Al cabo de dos años de gestión de Raúl Alfonsín, y esperando una lluvia de inversiones, el gobierno reconoció la deuda tomada por la dictadura y el FMI accedió a financiar al país. Las inversiones no llegaron y la fuga de divisas continuó hasta que en febrero del 89 el presidente del Banco Central, José Luis Machinea, dijo que no había reservas internacionales de libre disponibilidad para seguir vendiendo dólares, y tampoco se podían pagar los intereses de la deuda.
En una columna reciente, Horacio Ravelli recordó que ese día el tipo de cambio oficial era de 17,62 australes. En abril, Juan Carlos Pugliese asumió en Economía, el dólar pasó los 100 australes, y el 9 de julio de 1989, ante la finalización anticipada del mandato, se estableció en 650 australes. En abril del 91 –dos años y piquito después– el tipo de cambio determinado por el plan de Convertibilidad fue de 10.000 australes por 1 dólar.
La situación tiene puntos de contacto con la realidad actual. El gobierno se endeudó vertiginosamente en dólares (de 222.703 millones de dólares a 352.481 millones sin contar lo del FMI) y según parece, el Fondo le seguirá prestando, por lo cual al ajuste (entendido como garantía de pago: vivir con lo que producimos" es el eslogan) continuará indefinidamente, en la búsqueda de un superávit inalcanzable.
El ciclo se cierra cuando ya no haya reservas para vender, y el FMI y sus socios venga a cobrar lo suyo, en especias.

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