Paula Eder/ De la Redacción de UNO
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Los descalzos, crónica de un viaje de ida
Pasó otro recital del Indio. Otra misa, otro ritual ¿será capaz, el periodismo vernáculo, de encontrar nuevos sinónimos dotados de la mística que envuelve al Hombre? Doscientas personas escucharon al Mohicano y a un puñado de respetuosos profesionales tocar las canciones de “Pajaritos, bravos muchachitos”, su último disco. También se presentaron tres de los exredondos y el público deliró, aunque no mucho. Entiendo que hubo una explosión que no fue, que se diluyó en la ilusión (inocente, de quinceañera) de que de un momento a otro, los tachos iluminaran a Skay, con su misil encordado y que completara el rompecabezas redondo. “Skay skay skay bsh bsh skay”, era murmullo de los descalzos, tensos. Claro que no pasó. Algunos dicen que fue movida predecible, que se hizo ya muchas veces y que aquello preanuncia un regreso no muy lejano de la mítica banda. Entre tanto fuego, un poco de humo era inevitable.
Cientos de crónicas se escribieron sobre #ElIndioEnGualeguaychú; la gente, los impuestos y el barro. Y el resto se dijo en las redes sociales, donde miles de zapatillas sucias fueron exhibidas como un trofeo de guerra de quien, en honor a la pasión le hizo un desaire a la comodidad. Porque a la epopeya de viajar miles de kilómetros a dedo, con cara de buenito y un par de sánguches de milanesa en la mochila, se le sumó el tener que volver a casa descalzo y con frío. Dicen que días después del recital, cuando el sol secó el barro y hubo que remover la tierra, brotaron miles de zapatillas. Entre ellas, seguramente habrán estado las de Martín Pratto, un sancarlino del que hace 13 días no se sabe nada; algunos aseguran que lo vieron descalzo, acompañando a unas salteñas que vendían pulseras para comprarle zapatillas. Gente así, descalza, sucia, pero extrañamente feliz, mostraba la madrugada posterior al show.
Si bien algunos todavía no han regresado, en esta etapa de Solari los recitales casi no dejan muertos ni heridos. Apenas unos actos vandálicos y dos personas que perdieron su vida en situaciones ajenas al recital, según la prensa se ha encargado de señalar una y otra vez. Lejos quedó Walter Bulacio, los titulares catastróficos y los pibes corriendo para no ser alcanzados por la montada y los gases lacrimógenos. Tal vez después de Cromañón, alguien se dio cuenta que nadie iba a volver a tolerar un muerto en un recital de rock.
Pero otra vez, las voces que surgen de internet vienen a poner en crisis el relato del sueño entrerriano y ricotero. Basta googlear: “Terminal de ómnibus + Gualeguaychú + Indio Solari + destrozos” para comprobarlo. Antes y después del recital se llenaron páginas con los exorbitantes números del recital. Ochocientos puestos sanitarios, 1.200 agentes de policía, y otros cientos de agentes de Tránsito. ¿Fue suficiente? Sería oportuno saber qué piensan de este enorme esfuerzo institucional a disposición del evento, quienes hartos de esperar en la ruta colapsada, abandonaron los autos en la banquina y caminaron 20 kilómetros para llegar al Hipódromo. Del hombre que, aseguran los fanáticos, murió desnudo dentro de un charco, hipotérmico y ahogado en su propio vómito, no ha sido necesario hablar, hasta ahora. ¿A quién se le ocurriría? Habiendo regalado el Indio tanta frase políticamente correcta, y tanto récord de entradas vendidas.
Tiene 65 años pero lo que muestra arriba del escenario hace pensar que tiene varios recitales más por dar. Para muchos, el recital, musicalmente, no fue de lo mejor. Que no tocó algún que otro clásico, que podría haber hablado un poco más. Que por agradecer tanto aguante, tanta familia con bebés y abuelas abajo de la lluvia, podría haber tocado uno o dos temas más. Son reclamos que la familia ricotera hace por lo bajo aunque se sabe que, no importa qué pase, la historia se volverá a repetir. Es costumbre que cada tanto, la “misa india” reúna al grupo de amigos más grande del mundo que, quizás sin darse cuenta, sean los verdaderos protagonistas del show.













