Se está terminando un año excesivamente extraño, con una pandemia inédita que está imponiendo nuevas pautas de la vida en sociedad. El balance en términos sanitarios, reflejado en personas enfermas de coronavirus y aquellos que perdieron la vida, está todavía sujeto a la dinámica que tendrá el Covid-19 en los próximos meses. Poder predecir cómo se comportará el virus será quizás el mayor desafío que tendrá por delante la ciencia, mientras se espera la llegada de una vacuna que revierta el estado de incertidumbre.
La lógica de la mezquindad
Pero también es bueno tomar conciencia de que en simultáneo con la agenda sanitaria también sucedieron cosas que merecen ser analizadas. En el plano político y social se deberán tener en cuenta varios fenómenos relativos a las condiciones de vida de la población. Quizás el que se está yendo haya sido el año donde más se profundizó la desigualdad social desde una perspectiva económica, con mayores índices de pobreza y desempleo. La caída de la actividad productiva tanto en el plano formal como informal reformuló todos los planes del gobierno nacional, debiendo instrumentar políticas de asistencia y programas sociales destinados a morigerar a los sectores más afectados. Los predicadores del mal dirán que se fomentó un festival de planes a diestra y siniestra, pero son los mismos que se olvidan de que el macrismo recurrió a la misma estrategia.
El acierto de Alberto Fernández en el comienzo de la pandemia fue haber construido una alianza simbólica con la oposición, que por las circunstancias de la coyuntura se fue desgastando y pudieron más los personalismos dentro de cada espacio.
En esa línea resulta interesante analizar el caso de Horacio Rodríguez Larreta, ladero inseparable de Macri, que fortaleció su imagen en su acercamiento al albertismo. Pero del amor al odio, siempre hay un paso. Aunque no haya sido tan explícita la ruptura, la relación se enfrió cuando Larreta se enteró de que le habían recortados fondos de la coparticipación.
“El año está perdido”, dicen con razón los que perdieron en la pandemia. Son los mismos que no le perdonan a la clase política que mientras a diario se cierran negocios, la educación a distancia aumenta la desigualdad, y el trabajo escasea como nunca antes, algunos dirigentes ya piensen en cargos electorales para 2021.
Cuando arreciaban los contagios de coronavirus la exministra macrista Patricia Bullrich se paseaba por el centro porteño sin usar barbijo y estrechando abrazos a quien se lo pidiera. ¿Vale más un puñado de votos que minimizar la gravedad de una pandemia que le costó la vida a millones de personas?
En esa jungla también jugó su papel Cristina Fernández, que fiel a su estilo frío y calculador, se posicionó como el contrapeso del Presidente en el manejo del poder. Lejos de las lecturas descabelladas que la muestran enfrentada a Fernández, CFK evitó cualquier tipo de conflicto y solo respondió los ataques cuando era necesario. Una manera de sostener su bajo perfil en la gestión, pero teniendo siempre claro que en su figura anida buena parte del capital político del proyecto del Frente de Todos.
Todos haciendo su juego, bajo las reglas del sistema democrático, que no siempre contempla las necesidades de los sectores más vulnerados. La clase política jamás podrá sentirse interpelada por esa realidad, porque nunca la vivió en carne propia. Porque la historia de nuestro país nos enfrenta a cada momento con las mismas crisis dramáticas, donde los perdedores son siempre los mismos. Los de abajo siempre se quedan con las migajas que les sobran al poder, y ese reparto nunca termina siendo equilibrado.
Al fin de cuentas todo se simplifica a una lógica mezquina, dentro de un sistema cada vez más desigual que plantea estar de un lado o del otro, una constante en un país que siempre está cuestionando su historia. Con las secuelas de la pandemia todavía latente, los argentinos tendremos el desafío de empezar a tender puentes solidarios con los que no tienen trabajo, los que nos tienen recursos para estudiar, ponerse en el lugar del otro. Un balance que nos dejará muchas cuentas pendientes.

















