Entrevista Julio Francioni: "Para mí, venir a vender a Entre Ríos es una bendición de Dios"

Entrevista con Julio Francioni, vendedor. El velador y la bomba. El trabajo y la policía. Los buenos tiempos del uno a uno y los actuales.

11 de octubre 2026 · 09:07hs

Seguramente quienes abordaron algún colectivo en la terminal de ómnibus de la capital provincial en los últimos 41 años, especialmente los que lo hacen con más frecuencia, se encontraron con la dulce oferta comercial de Julio Francioni, cuya presencia luce impecable desde siempre. Por eso, a la par que vende una docena de alfajores santafesinos o un chocolate, el popular Pipo devuelve saludos a los cuatro vientos a pasajeros, playeros, choferes, colegas y clientes de antaño.

Enfermedad, bomba y supervivencia

—¿Dónde naciste?

—En Santa Fe, en la zona de Alto Verde, cercana al puente colgante, donde viví hasta, creo, los dos o tres años, cuando nos trasladamos a El Triángulo, próximo a la villa La Lona y donde viví hasta los nueve años. A los seis meses tuve meningitis, mi mamá fue a una señora que sanaba, me llevó al hospital de niños y después estuve con tratamiento psiquiátrico para rehabilitación hasta los cinco años.

—¿Cómo era la zona donde vivías?

—La parte de atrás de la UTN, hacia avenida General Paz, que pertenece al barrio Sargento Cabral. Vivíamos cerca de las vías del tren, donde se formó la villa, con ranchitos de paja y adobe, chapa y cartón, y piso asentado.

—¿Qué veías al salir de tu casa?

—Había algunas casas de material.

—¿Qué lugares te atraían?

—Lo más cercano era el balneario, en la costanera, con dos espigones; también estaba la alfombra mágica, juegos y la zona de camping.

—¿Qué visión tenías del centro?

—Estaba lejos, a unos cuatro kilómetros, aunque a veces íbamos caminando o en bicicleta.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mi papá comenzó con la palanca, vendiendo pescado y luego helados, y luego tuvo una moto Siambretta. Mi mamá trabajaba en casas de familia.

—¿Recordás algo de la etapa de la enfermedad?

—No mucho, aunque sí los aparatos que me ponían en la cabeza para el tratamiento, porque generaban un zumbido en el oído, que luego se iba, pero que sentí hasta que fui grande. A los ocho años me mandaron a la Escuela Luis Drago, estuve unos meses y se dieron cuenta de que tenía un poco más de capacidad que los otros chicos, me pasaron a primer grado y terminé séptimo a los 16, en una escuela integrada, sin repetir ningún grado. Después me anoté en la Escuela Belgrano e hice un año de secundaria, a la noche, donde aprendí dibujo técnico.

—¿Qué te gustaba?

—Matemáticas, Lengua y Ciencias Naturales, y dibujar caricaturas.

—¿A quién dibujabas?

—A Patoruzú, Patoruzito y Condorito. A mi papá le gustaba mostrarlas a los vecinos.

—¿Nunca pensaste en venderlos?

—No.

—¿A qué jugabas?

—Al hándbol, en la escuela, y en el barrio, a la pelota, pero era muy alto, así que durante unos meses jugué de arquero.

—¿Cuáles fueron los primeros pasos en el oficio?

—Desde los cinco años colaboré con mi familia. Con mi papá, a los nueve años, en 1976, juntábamos botellas e íbamos a un taller donde nos regalaban chapones que vendíamos en un corralón. Una vez los estábamos acomodando en el triciclo panadero y vio que en la puerta de una casa había un velador, me dijo que lo buscara, lo cargué sobre los chapones y vi que de una pila grande salía un cañito conectado a otro, el cual bajaba a una bolsita. Me llamó la atención y desconecté el cañito. Seguimos caminando y mi papá me dijo que lo hiciera por la vereda, porque le parecía que no era un velador. Llegamos a un taller, mi papá le dijo al dueño “mirá lo que encontramos” y le contestó, con los ojos grandotes, “sacá eso, que es una bomba”. Vino la policía y la brigada de explosivos, y nos llevaron a la comisaría a declarar. Al otro día pasamos nuevamente por la casa, golpeé, le dije al señor, un militar, que habíamos sacado una bomba de la puerta de su garaje, tomó la billetera y me dio $50.000, lo cual nos sirvió para comer durante más de una semana. Después me dijeron que en la bolsita había nitroglicerina, con un dispositivo para hacerla explotar.

La calle y la gente de antes

—¿Qué imaginabas ser cuando fueras mayor?

A los once años y durante algunos días de la semana comencé a vender en la calle, ajo, pimientos y limones, para ayudar a mi familia, y viajaba, solo, a Esperanza, Rafaela, Nelson, Humboldt, Laguna Paiva y Paraná. Trabajaba de mañana e iba a la escuela por la tarde. Mi vida siempre fue la venta, porque después continué con broches, manteles y cortinas, hasta los 13 años, cuando comencé en la terminal de Santa Fe con alfajores, hasta los 18 años, que dejé de viajar. A los 16 y durante un año y medio también trabajé con los trenes de la Estación Belgrano, pero luego se cerró. En esa época llevaba diez o quince docenas, y diez bolsitas de frutas, y las vendía en diez o 20 minutos. Los dueños del kiosco y del comedor comenzaron a quejarse y la Policía Federal nos perseguía, al igual que en la estación de colectivos, porque éramos muchos vendedores y hubo una denuncia de la Empresa Gayalí. Nos llevaban a la comisaría y me tenía que buscar mi mamá. Para mí era una lucha contra los policías, porque estaba trabajando y no robando.

—¿Tuviste otros problemas en la calle?

—No, eran otras épocas, y la gente respetaba y cuidaba a los menores, como si fueran otros padres. A los 16 años iba con mi hermano de 13 por el centro, le dijimos algo a unos jóvenes, nos rodearon cinco, lo golpeé a uno y salimos corriendo hasta la plaza España, nos siguieron y rodearon de nuevo, se me acercó otro, lo golpeé y disparamos.

—¿Qué aprendiste de estas circunstancias, que el común de los chicos de esa edad no?

—Rescato que ayudaba a mi familia, hasta los 19 años, cuando le dije a mi mamá que sólo les daría la mitad de lo recaudado. Esos años fueron como una aventura y un juego, y no me daba cuenta de que cargaba al hombro un fardo de ristras de ajos que pesaban más de diez kilos, y caminaba diez o quince cuadras, en cada localidad adonde iba a vender. Soy el hermano mayor y mis otros dos hermanos vendían estampitas y golosinas.

Un don y la moto

—¿Quién fue el mejor vendedor de la familia?

—Me tocó a mí. Cuando mi papá pudo comprar un carro y un caballo, vendíamos casa por casa, fruta y verdura.

—¿Qué aprendiste de él?

—Salía a vender con su mochila por la playa y ganaba premios que daba la heladería al mejor heladero. Para mí fue una base, porque teníamos ese don desde chicos.

—¿Qué alegrías tuviste asociadas al trabajo?

—Cuando pude comprar una moto, ya que desde los catorce años tenía bicicleta.

—¿Cómo era la relación con los pibes de tu edad?

—Yo era un poco orgulloso y había algunos a quienes no les simpatizaba. Una vez unos jovencitos me reconocieron en barrio Sargento Cabral y nos cascoteamos, aunque ahora nos encontramos y recordamos esos momentos.

—¿Cuándo te diste cuenta de que eras buen vendedor?

—Después de los 18 años, cuando comencé a vender en los colectivos. Un vendedor que trabajaba en la terminal me enseñó a hablar arriba de los colectivos, pero no me animaba ante mucha gente. En un bar hizo como que estuviéramos en el colectivo y me hizo repetir “señores pasajeros, tengan buenos días; les vengo a ofrecer los mejores y tradicionales alfajores santafesinos, de dulce de leche con tres tapas, y de muy buena calidad. Muchas gracias por su atención y que tengan un feliz viaje.” Aprendí y me dijo que buscara otro lugar, así que en 1984 vine a Paraná.

En la otra orilla

—¿Cómo resultó ese cambio?

—Ya conocía porque había venido a vender otros productos algunas veces. Como no conocía el movimiento de la terminal, subía a los colectivos urbanos en la zona de la catedral. La primera vez me temblaban las piernas y las manos, hice el ofrecimiento en el primer colectivo, vendí una docena y resultó una curiosidad porque no había vendedores de ese tipo. En una hora y media vendí siete docenas, agregué golosinas, y por día subía a 20 o 30 colectivos, hasta que luego de dos años fui a la terminal. La gente de Santa Fe tiene buena disposición y atención hacia el vendedor pero no tanto como la de Paraná, y por eso vienen vendedores de flores, salames y bolsitas. Vender en Entre Ríos es una bendición de Dios.

—¿Cambiaste de rubro alguna vez?

—En dos oportunidades me quisieron contratar para vender jubilaciones privadas, en la época de las AFJP, pero no me decidí por temor de que las empresas se fueran y yo quedara mal. Me ofrecieron sueldo, comisión, traje y corbata. En otra oportunidad, pasada la época de Menem, en la cual estaba floja la venta, pensé en dejar y conseguirme un trabajo con patrón, pero un sueldo alto era, a plata de ahora, entre $1.200.000 y $1.500.000, y uno bajo, entre $700.000 y $800.000. Yo ganaba como los sueldos altos, así que decidí seguir vendiendo.

—¿Cómo comenzaste en la antigua terminal?

—Hubo un conflicto porque comencé a hacerle la competencia a una señora, Elisa, La Rusa, quien vendía alfajores y golosinas desde hacía trece años y no quería que yo subiera a los colectivos, hasta que con los años, comenzó a tolerarme. Le propuse que subiéramos a un colectivo cada uno, pero me pellizcaba, pegaba y echaba a Santa Fe. En esa época se vendía mucho. En la terminal nueva me amenazó, me dijo que me sacarían en camilla, pero siempre la traté con respeto, más allá de los roces que tuvimos. En un momento volví a Santa Fe, había mucha competencia allá, volví, ya había fallecido La Rusa, estaba una ex empleada de ella, me conocía, me dijo que no pelearíamos y nos distribuimos los colectivos. Pasado unos años, enfermó de cáncer y, gracias a Dios, pude ayudarla durante varios meses, ya que vivía con su hijita y no tenía otro ingreso. Finalmente falleció.

—¿Acordaban con las empresas o con la municipalidad?

—Con las empresas, porque los colectivos no pertenecen a la municipalidad, lo cual nos benefició. Nunca tuvimos problemas con los choferes ni con los pasajeros, y si no nos dejan subir, es por voluntad del chofer o de la empresa.

—¿Qué cambió con la nueva terminal?

—Fue una nueva etapa y entre los vendedores tuvimos que tener más precaución y cuidado, porque la maneja un privado. Fue comenzar desde cero, nos conocimos con la empresa concesionaria, nos afianzamos y siempre tuvimos el cuidado de no vender fuera de los colectivos, por los negocios. Tenemos un respeto mutuo.

—¿No hay problemas?

—Salvo en una oportunidad, cuando uno de los kiosqueros quiso poner una vendedora.

De la convertibilidad a hoy

—¿Cuál es el producto que más mantuviste a lo largo del tiempo?

—Los alfajores santafesinos, los turrones y chocolates, que antes se vendían muy bien pero ahora están muy caros. Fui agregando obleas de chocolate y frutas, y para fin de año, turrones fiesta y budines.

—¿Dónde comprás?

—En las distribuidoras de Santa Fe, los alfajores, y también de acá, según los precios.

—¿Cuál fue la mejor época?

—Fue variando: en 1994, con Menem y el uno a uno del peso con el dólar, se vendía mucho y se notaba que la gente estaba bien e invertía. Había propiedades de USD 25.000. Aproveché y pude hacer mi casa propia en la zona de barrio Centenario, donde había comprado el terreno.

—¿Qué se puede considerar hoy una buena venta?

—En aquella época, vender entre 25 y 30 docenas de alfajores por día, mientras que actualmente son 15. Este año, más allá de que la economía está en baja, hay poco consumo y caída del poder adquisitivo, hay esperanza de que mejore en cualquier momento, así que hay que sostenerse.

—¿Cómo reacciona la gente, en general?

—A los pasajeros hay que tenerles un poco de paciencia y que vean los productos, porque si uno los apura, no compran. Primero los reparto para que los vean, vengo hacía adelante y hago la exposición.

—¿Hay menos frecuencias de salidas?

—Desde hace unos años viene bajando mucho, por el costo del boleto; durante la semana había gente que viajaba varias veces, mientras que ahora lo hace sólo dos, una o cada quince días. Únicamente quien está cerca, a una hora o una hora y media, del lugar de trabajo, viaja diariamente. Recuerdo que para los fines de semana largos había empresas con hasta tres o cuatro coches completos a la misma hora, mientras que ahora es sólo uno, y a veces dos.

“Si ganara mucho dinero en el Quini no me haría más feliz”

El veterano y otrora prematuro comerciante describe su actividad diaria, gracias a la cual forjó vínculos que exceden largamente lo meramente comercial, lo cual se evidencia en el trato que recibe de propios y extraños, y logró una situación económica con la cual se siente por demás conforme.

—¿Cómo es tu rutina laboral diaria?

—De lunes a sábados, y a veces los domingos, por ocasiones especiales como fines de semana largos o si la gente cobró en esos días. Hay días que comienzo a las 10.30 u 11, hasta las 20.

—¿Hay reclamos de tu esposa?

—A veces me dice que me quede algún día a descansar, así que, me quedo un domingo o feriado.

—¿Qué estación te conviene: invierno o verano?

—El verano beneficia un poco porque viaja más gente y se vende un poquito más; en invierno viaja menos gente pero se venden muchas golosinas con chocolate, así que más o menos reditúa igual que en verano.

—¿En cuáles se vende más: viajes provinciales o interprovinciales?

—En Etacer y Fluviales hay días que viajan muchos estudiantes, andan con lo justo y entonces no se vende tanto. Entonces vendo en los que van a Viale, María Grande, Villaguay, Santa Elena, La Paz, Gualeguay, Concordia y Gualeguaychú, en los cuales viaja gente que me conoce.

—¿Tenés clientes muy antiguos?

—Hace un tiempo unos clientes, jubilados, me dijeron que viajaban cuando eran jóvenes en Fluviales y Etacer, o llegaban desde Crespo. Me compraban cuando eran estudiantes y luego cuando comenzaron a trabajar. Se casaron, tuvieron hijos y se jubilaron.

—¿Una anécdota?

—Como siempre ando bien vestido, afeitado e impecable, una pasajera me confundió con el chofer o el azafato, me preguntó cuántas horas demora el colectivo en llegar a Concordia, le dije que eran aproximadamente más de cinco horas, comencé a hacer la oferta y se dio cuenta de que era un vendedor.

—¿Qué te gusta hacer cuando no trabajás?

—Escuchar música, sobre lo cual tengo mucho conocimiento y estudié, y me gusta pasear.

—¿Unión o Colón?

—Colón.

—¿Tres decisiones si esta noche ganaras un buen Quini?

—Mucho dinero no me haría más feliz porque durante todos estos años de trabajo he manejado mucho dinero y me hice la casa. Me gustaría ayudar un poquito a quienes de la familia pasan por algún problema económico; ayudar a otros, anónimamente, para que mejoren, y pasear un poco.

—¿Primer destino?

—El sur, la Patagonia, porque sólo conozco Bariloche.

—¿Qué comprarías?

—Una camioneta no muy grande o un utilitario, para el grupo familiar.

—¿Qué te hace feliz?

—Andar bien de salud y poder trabajar, porque sin salud, no se puede. A veces se tienen muchos bienes materiales pero se está enfermo. Tienen que estar las dos cosas.

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