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UNO de Corazones: Marcos y Juani

Un amor nacido de un encuentro en Plaza 1° de Mayo.

Sábado 06 de Junio de 2020

Una tarde serena de abril me senté en un banco de Plaza 1° de Mayo a detener el tiempo en mi memoria y recordar las cosas tan hermosas que hicieron de mi ancianidad un espacio de gratitud y regocijo por las bellas cosas y no tan bellas, esas que hicieron de mi vida un lugar gratificante y noble. Luego de un rato, llegó a mi banco y tomó asiento una bella dama de piel cetrina y de indelebles arrugas en su rostro que glorificaban una vida sana, ingenua y sufrida.

Un principio de saludo ambientador nos alentó a los dos a dirigirnos la palabra con ese respeto y encanto que nos caracterizaba en la lejana y divina juventud, esa costumbre de empatizar unos con otros. Adelanté mi apuesta y dije: Hola, ¿cómo está señora? Mi nombre es Marcos, ¿y el suyo?

—Ahhh, mucho gusto –expresó con esa transparencia que dice en silencio “tragame tierra”– Me llamo Ramona Juana, pero como de joven no me gustaba, me empezaron a decir Juani y así más o menos pasó.

—Pero señora, no es feo llamarse Ramona, es un nombre muy lindo. Proviene del catalán y significa buena amiga, protectora, consejera.

—Sí, pero igual no me gustó mucho nunca. Mamá, que vive aún y está muy bien con sus 100 años, me asegura que mi nombre es de suerte y gratitud.

—Qué lindo señora que tenga su madre viva, es una bendición.

—Sí, y usted viera qué lucidez que tiene, yo tengo 83 años y cuando no me acuerdo de algo se lo pregunto a ella, y me responde en el acto.

Tal vez por la soledad, la falta de comunicación con damas desde hacía tiempo, o quién sabe qué otro misterio, de repente comencé a sentir una atracción mágica por ella, y advertí desde mis adentros que no era solo yo, que éramos los dos quienes lo sentíamos.

—Juani – dije, como animándome a vencer mi timidez consuetudinaria–, deseo tratarla más, usted me parece y siento que es una dama encantadora. Me atraen sus manos rugosas y transparentes, las que dejan traslucir su vida de trabajo y constancia en lo que hace.

—Señor, usted me sorprende –dijo Juani con una especie de santidad y temor. No estoy acostumbrada a relacionarme con extraños.

—Llámeme Marcos, por favor, no me haga sentir tan distante.

—Sí, pero no acostumbro a conocer hombres de este modo tan rápido.

A partir de ese momento comenzó a brotar en mi alma un algo inmenso, porque sabía que detrás de sus excusas de antaño su mirada profunda y llana como el cielo me decía que no era reticente a mi conmoción, a mi incipiente locura, a mi sorpresa apasionante de haberme ocurrido el encuentro con una mujer hermosa, sensible, respetuosa, sociable. Todo mi ser estaba naciendo a un férvido alborozo, lo que llegó a impulsar mi sangre por las latentes venas de mi cuerpo y de mi alma.

La tome de la mano, quedó y rígida y me dijo:

—Usted se apura demasiado Marcos, no acostumbro a estas cosas, sin antes hablarlo con mi madre y mis hermanas, deme tiempo. Además me gustaría que en mi casa lo conozcan, no sé nada de usted, ignoro si es casado, viudo, separado.

—Juani, confíe en mí, ya lo sabrá todo a su debido tiempo, como usted lo dijo.

—Sí, Marcos… Confío en usted pero no me ha dicho cuál es su estado civil.

— Juani, usted no me entenderá, pero igual se lo diré: soy viudo en el sentir, separado en el entendimiento, enemistado en la desconvivencia, desgraciado en mi interior, triste y solo cuando la veo a mi conviviente, amargado por la distancia tan corta y tan larga de la rutinaria y cruel realidad.

—Ahhh, bueno… si es así todo podría ser, pensé que era casado.

—Juani, todo depende de cómo usted quiera verlo, si me entendiera como lo deseo le aseguro que restaría importancia usted a mi estado civil.

—Bueno Marcos, ¿le parece bien de venir a casa a conocer mi madre especialmente y a mis hermanas?

—Sí, Juani, con mucho gusto, pero solo con una pequeña condición.

—¿Cuál condición? –espetó.

—Pidale a su mamá que no me hable de mi estado civil porque me hace mucho daño y estoy tomando coramina para sortear esta terrible situación, por lo tanto no quiero hablar de lo que tanto me daña.

—Lo espero, entonces. Vivo en calle Los Aromitos y Bengalas, mañana a las 14 y 30, ¿le parece?

—Sí, Juani, y desde ya que me siento enamorado

—¡Ay, qué loco!

Esta historia fue enviada por uno de sus protagonistas, que prefirió usar su seudónimo, Edgar Lima. Vos también podés enviarnos tu historia a unodecorazones@uno.com.ar.

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