Hoy por Hoy
Miércoles 23 de Enero de 2019

Cuando la culpa siempre es del otro

La opresión en el pecho que causa ver las casas inundadas y a los centenares de familias reubicadas en galpones dentro cubículos separados por nailon negro, está muy lejos de la sensación propia de sentir el agua en las patas entrando en la noche mientras se tratan de rescatar las pocas cosas con que se ha podido amoblar la casa.
Muy lejos de quien observa la escena está el dolor de las madres que, a las apuradas, amontonan la ropa en bolsas de consorcio para que sean tiradas en un camión entre tantas otras cosas que no se quieren perder. Cómo acercarse siquiera a lo que siente ese padre que junto a su esposa sostienen a sus hijos fuera del agua tratando de quitarle dramatismo al momento del abandono del hogar.
El temor a que les roben lo que queda, la angustia de saber que hay que reconstruir todo, la desazón de saber perfectamente que cuando el agua se retire solo habrá destrozos, pestilencia y mucho trabajo por delante.
Mirar y opinar es fácil. Acercarse a la realidad de quien sufre una creciente es una cuestión bastante más compleja.
Donar un bidón de agua, un colchón, o meter monedas en la alcancía de algunas de las tantas campañas solidarias que circulan son algunas de las formas de sumar que tiene el ciudadano común. Y está bien que así sea. Todo ayuda.
Pero lo que realmente importa es lo que hacen quienes tienen poder de decisión sobre las obras que demandan los territorios que se inundan, o la reubicación de quienes todavía viven allí.
Y la mejor forma de colaborar desde el llano es no claudicar en el reclamo.
"Tenemos que estar enfocados en la emergencia y no en echarnos las culpas", remarcó el gobernador en las últimas horas. El único gesto de sentido común escuchado entre la dirigencia política entrerriana en el medio de una creciente que no da tregua.
Entre los demás lo único importante es sacarse el lazo del cuello para ponérselo a otro lo más rápido posible. Hubo acusaciones por mal manejo de los caudales de agua de la represa de Salto Grande, y a esto se sumaron denuncias cruzadas por la no construcción de casas para inundados, por las promesas incumplidas de unos sobre otros. Todo vale. Este es el momento preciso donde las miserias salen a relucir en su expresión más deplorable.
Una inundación siempre es caldo de cultivo para mosquitos, alimañas y enfermedades, pero una inundación en tiempos electorales es el ámbito ideal para la aparición de la pestilencia política, quizá el peor de los males para todos.
En plena campaña hay quienes no han dudado en sacarse fotos en medio de una zona inundada de Concepción del Uruguay criticando al gobierno por la falta de obras para prevenirlas y prometiendo que, si ellos salen elegidos, solucionarán todos los problemas. Lo hacen subiendo esas imágenes a las redes sociales, rodeados de emojis de gotitas de agua, caritas felices y bracitos haciendo fuerza.
No les importa nada de lo que les pasa a quienes debieron dejar esas casas que se ven bajo agua como fondo de sus fotos. Sólo quieren "mostrarse" como si estuvieran preocupados.
Tampoco se los debería culpar a ellos, porque están haciendo lo que les dijeron que hagan como estrategia de campaña: "Soluciones mágicas para problemas complejos". La gente lo cree, ya dio buenos resultados, ¿por qué no los daría también ahora?
Cómo culparlos si tienen razón. Ya funcionó una vez.
La culpa, si es que hay algo como eso, es de quien, sabiendo que hay cosas que no son así de sencillas de solucionar, decide aceptar esa mentira.
Ahora daría la impresión que solucionar el tema de las inundaciones es tan fácil como decían que sería el tema de bajar la inflación, o quitar el impuesto a las ganancias, o reducir la pobreza, o generar empleo.
Un poco de respeto es todo lo que se pide. Ni siquiera por el resto de nosotros, sino algo de respeto por quienes esta noche deberán seguir durmiendo en galpones comunitarios, sobre colchones prestados, rodeados de nailon y ansiando volver a sus casas.
Lo último que necesita esta gente son promesas de campaña.

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