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Entrevista con Fernando Valentino, baterista, tarotista y poeta

"El tarot abre la intuición y genera momentos mágicos"

Nació en Libertador San Martín y se dedica al tarot. Católicos sacudidos por el rock. El faro de Bonzo. Sentires y escritura. Un libro convertido en oráculo.

Domingo 11 de Abril de 2021

Fernando Valentino logró entramar distintos universos aparentemente inconciliables y antagónicos como el del rock, el yoga, la poesía y el tarot a partir de una necesidad sintetizada en la expresividad artística. El baterista de Mandrágora y tarotista desmenuza ese proceso y fundamenta su mirada de lo oracular, no atada a rigideces o dogmatismos esotéricos.

Un par de pasos y el monte

—¿Dónde naciste?

—En Villa Libertador pero soy paranaense.

—¿De qué barrio?

—Paracao.

—¿Cómo era en tu infancia?

—Muy tranquilo; hacías un par de pasos y había monte, lo cual con el tiempo se fue poblando. Cambió bastante pero sigue siendo relativamente tranquilo.

—¿Lugares de referencia?

—La placita San Pedro y el club Paracao.

—¿Había un límite que no podías trasponer?

—Hacia el sur, la zona de Gaucho Pobre y también hacia Las Piedras, por lo peligroso.

—¿A qué jugabas?

—Mucho a la pelota, hasta la noche, a la escondida y hacíamos carrera de bicis.

—¿Qué actividad laboral desarrollan tus padres?

—Mi papá fue colectivero muchos años y ahora vende alimentos, y mi madre hizo varias cosas: fue masajista y ahora es counseling.

Iglesia, Pink Floyd y batería

—¿Tuviste alguna afición?

—Desde la adolescencia me dediqué mucho a la música, jugaba con la guitarra, estudié batería y tuve bandas, y también desde chico escribo mucho. Con mi primo escuchábamos Pink Floyd pero recién cuando fui grande me di cuenta de lo que era. Mi abuelo era acordeonista.

—¿Por qué la batería?

—Vi tocar en una iglesia evangelista, me metí y tuve tres profesores, aunque luego seguí tocando rock, y mi primo también estudiaba. Nico Hernández, uno de los profesores, me influenció bastante. Hoy doy más clases que tocar.

—¿Las primeras sensaciones con el instrumento?

—Las de tocar en vivo y hacer música con mis amigos. Formamos una banda con músicos aprendices del barrio que sonaba un desastre (risas) pero era divertido.

—¿Referentes mundiales?

—(John Herny) Bonzo (Bonham), de Led Zeppelin, por su forma disruptiva de tocar y la energía de la banda.

—¿La energía no es característica propia de cualquier baterista?

—Esa energía puede ser más intensa o más suave, según el estilo musical. En la adolescencia tenía mucha energía, la canalizaba por el lado del punk y no tenía tantos matices. Con el tiempo agudicé el oído y busqué otras formas y estilos de tocar, hacerlo más suave, evitar el ruido e ir por lo armónico.

—¿Cuáles son las claves técnicas de ejecución?

—Mi búsqueda fue natural y se dio solo, por haber tocado mucho tiempo y conectarme con otros músicos. Soy muy intuitivo para tocar.

—¿Un recital?

—Un montón… La primera vez tocamos temas de rock en una escuela católica y después nos preguntaban “qué quería decir esa letra” (risas). Incomodamos un poco (risas). Con Mandrágora logramos un sonido que me hizo sentir conforme.

Escritura y emociones

—¿Siempre fue una vocación a desarrollar?

—Quería ser y soy escritor.

—¿Leías?

—Sí, mi mamá, siendo adolescente, me regaló El lobo estepario y me marcó bastante, al igual que El diario de Ana Frank, que me prestó mi abuela, cuando era niño.

—¿Qué entendiste de El lobo estepario?

—No mucho (risas) pero me gustó el desarrollo, el misterio y los símbolos. Debiera releerlo.

—¿Qué imaginabas como escritor?

—Lo decía por decirlo, pero con el tiempo me di cuenta de que me gustaba. Lo hacía para descargar sentires, con el tiempo lo fui mostrando, e hice blogs en Internet y grupos de poesía.

—¿Qué te inspiraba?

—El malestar o tratar de entender qué me pasaba. Ahora escribo para conocerme.

—¿Te gustaba alguna materia de la Secundaria?

—No fui muy amante de la escuela ni me fue muy bien. Me gustaba Plástica y Música, también la Matemáticas, pero no la entendía.

El viaje de los malabares

—¿Qué hiciste al terminarla?

—Estaba mucho con la música. Acordes Vulgares, la banda de la adolescencia, duró cinco años; terminé la Secundaria y estudié cocina pero no me pude integrar a lo académico, luego viajé por el norte, Bolivia, parte de Perú y Brasil, para encontrar otras formas de vivir, así que practiqué mucho circo, malabares, y trabajé en la calle. Y volví con otras búsquedas.

—¿En qué te cambió?

—Recibí mucho de otra cultura totalmente distinta; pasé por muchas situaciones en las que me encontraba totalmente solo, sin poder generar dinero, sintiendo el extremo de no tener nada, sabiendo que acá tenía todo, entonces volví valorando ciertas cosas que había dejado. Volví con más energía para ponerle a la música y al circo, buscando hacer más raíces. Y se generó Mandrágora, casi sin conocernos, hasta hoy, aunque no estemos ensayando activamente, porque estamos trabajando en un disco.

—¿Escribiste un diario?

—Sí, tenía un cuaderno donde escribía sobre distintas temáticas.

—¿Nunca has publicado?

—Libros no; sí fanzines autogestionados y hechos a mano, y mucho en Internet, en blogs, Facebook e Instagram.

Yoga, rock y expresión

—¿Cómo se ha mantenido la banda?

—Gracias a la comodidad de la música que hemos hecho y por la amistad que se fue dando, casi familiar.

—¿Un momento importante?

—Cuando comenzamos a trabajar en el disco, porque tuvimos que pulir muchas cosas, seriamente. Sonamos impecable, por un trabajo muy duro.

—¿Qué están haciendo actualmente?

—Estamos en el proceso de masterización de un disco, que ha sido lento y todavía no tiene nombre. Estuvimos muy dispersos por la pandemia y nos estamos reencontrando.

—¿Continuaste con lecturas del tipo de la de Hermann Hesse?

—Sí, tendría que recordar… busqué lo espiritual, esotérico y la filosofía oriental, impulsado por el conocimiento, otros lugares y aventuras.

—¿Practicaste o estudiaste alguna disciplina al respecto?

—Me llamó la atención el yoga y busqué por ese lado.

—¿Cómo lo conciliaste con el rock?

—Hasta hoy siento la contradicción, porque me gustan muchas y diversas cosas. Lo que une a todo es la expresión artística de ciertos lenguajes en determinados momentos.

—¿Te modificó el yoga, físicamente, como baterista?

—Sí (risas), bastante, por saber qué pasa en todo mi cuerpo cuando me siento a la batería, ser más consciente de los movimientos y postura, y estar más concentrado. El yoga me generó una contradicción con el circo, porque te exige mucho movimiento y estiramiento presionado, mientras que el yoga es más tranquilo.

—¿Y para ejecutar los malabares?

—Siempre me resultaron bastante fáciles por la coordinación que tenía para la batería.

Lenguaje y significados

—¿Cuál fue la primera relación con el tarot?

—Nunca me llamó la atención, más allá de que me habían hecho dos lecturas y tenía contactos con la idea del oráculo, aunque vinculado con el juego desde chico. La primera lectura me la hizo una persona desconocida, acertó mucho en lo que me dijo y me movilizó. La segunda me la hizo un conocido, así que me sentí un poco descreído. También me había hecho tiradas con runas. Después fue una chispa que se encendió y me metí de lleno, cuando ya estaba vinculado con la Astrología. Entré a una librería, vi un montón de mazos y recordé una sensación de la infancia, cuando fui a comprar unas cartas de Shugi Do (anime). Fui a otra librería, encontré un el libro Sanación por los árboles (de Antonio Iborra), vi que estaba relacionado con el tarot y lo compré, a partir de lo cual me metí de lleno.

—¿Te impactó la relación árboles-sanación?

—No tanto, sino que fue un primer vistazo de las energías de las cartas, así que abría el libro al azar y lo utilizaba como oráculo, porque no tenía cartas. Me llamaba la atención la sincronía con lo que me sucedía en el momento y también por el arte de las cartas.

—¿Cuál fue el primer mazo que compraste?

—El de Marsella, que no me gustó pero me sirvió para practicar. Fui a comprarlo, no me alcanzaba la plata pero el chico me dijo “llevalo”. No me gustaban los colores, comencé a investigar y experimentar sobre el mazo ideal y me llevó dos años, hasta que sentí por dónde era el camino esencial. Ahora, luego de tres años y medio, siento que encontré una cierta forma y seguridad dentro del caos.

—¿Te ayudó un autor o formación que hiciste?

—Hice algunos talleres y me conecté con gente que estudiaba, pero un quiebre fue al conocer el aspecto histórico, al igual que me llamó la atención el trabajo de Pablo Robledo (Córdoba), quien diseña y restaura mazos antiguos. Un autor que me cambió la visión es Enrique Enríquez, quien propone una lectura muy distinta, abierta y poética. Investigué mucho. Para mí, leer tarot es leer una obra de arte o dibujo, lo cual estaba en mí desde antes, ya que jugaba al oráculo desde niño.

—¿Hay un arcano con el cual sentís una identificación especial?

—Siempre me vinculé mucho con El ermitaño. Haciendo un cálculo numerológico podés sacar tu arcano personal y el mío fue ese.

—¿Por qué vinculás tanto el tarot con lo artístico, más allá de que la mayoría de los mazos son verdaderas obras de arte?

—Es algo muy arraigado en la humanidad desde siempre. Los oráculos se hicieron con fuego, dados, animales… El tarot fue creado como un juego en el siglo XV y comenzó a usarse como oráculo en el siglo XVIII, por una búsqueda esotérica. El ser humano siempre está buscando darle un significado al símbolo y el arte está muy presente, por eso el lenguaje simbólico del tarot a través del arte te conecta fácilmente con un lenguaje que va más allá de lo racional y verbal. Conectar con el arte es hacerlo con el más allá, sea con un dibujito en un mazo de cartas, escuchando una canción o un pájaro que vuela.

—¿Cambió tu expresión y necesidad artística por esto?

—En un momento se contrapuso mi búsqueda con la exteriorización musical, y el tarot me dio una conexión y expresión con otro lenguaje artístico. Pero no están muy separados porque el arte es muy movible y son distintas facetas para expresarme.

—¿Estás en las redes sociales?

—En Instagram, filo.optico y valentinolazuli.

Un juego lleno de intuición con poder de transformación

Lejos de atarse a una concepción rígida o clásica de la cartomancia, Valentino acude a un entrecruce de conceptos para obtener su mejor versión de dicha técnica. “Muchas veces te entrega lo inesperado, lo irracional y que rompe con lo que esperabas”, asegura el estudioso.

—¿Cómo definís el tarot según tu propia significación?

—Desde lo más racional, es un juego de 78 cartas, con 22 arcanos mayores, y 56 arcanos menores divididos en cuatro palos, como la baraja española. Desde un lugar no tan racional es una obra de arte muy magnética y profunda en la cual podemos vernos reflejados en lo cotidiano y lo trascendental, y que responde a la búsqueda filosófica no solo racional sino más sutil. No deja de ser un juego, con su poder transformador y que te conecta con el presente y te transforma.

—¿Te sorprendió encontrar algo de vos?

—Sí, genera muchas veces la experiencia de entregar lo inesperado, lo irracional y que rompe con lo que esperás, porque es una herramienta que trabaja con el azar. También abre la intuición y genera momentos mágicos.

—¿Puede ayudarle a quien tiene poco desarrollo intuitivo?

—Claramente, siempre y cuando esté abierto mentalmente, como cualquier disciplina artística.

—¿Enseñás?

—Sí, porque en ese espacio puedo liberar todo lo que investigo permanentemente. Además, en el proceso grupal se puede vivenciar más, con dinámicas experimentales.

—¿Te llevó a otros saberes o disciplinas?

—Sí, me conecté mucho con la Historia y la Historia del Arte, para contextualizarlo, sobre todo por su desarrollo en la Edad Media en Europa. Y también con la Filosofía, los contextos políticos, el dibujo, el arte gráfico, la pintura, la poesía y la escritura.

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