La mujer teje, y porque teje está en la trama revolucionaria

Roles en el campo de batalla y en la reunión clandestina, y también en la ninguneada composición anónima y comunitaria del día a día.
29 de mayo 2021 · 18:29hs

Las comunidades en nuestro suelo tienen más de diez milenios de existencia. Aquí nomás, en el litoral. De dos mil años a esta parte encontramos vestigios muy explícitos de esa vida comunitaria, en las islas del delta por ejemplo.

El estado-nación, en cambio, es un invento moderno que hizo buena fama en Europa porque llegó a sustituir la mala fama de los feudos, pero aquí en cambio no había feudos, de modo que sus aportes a las comunidades del litoral pueden conversarse un rato.

En la vida comunitaria, el que pesca no es más importante que la que cosecha el maíz. El que combate no es más importante que la que decide el lugar donde se establecerá la familia. Las funciones suelen ser complementarias, y cada cual en lo suyo adquiere un cierto predominio, pero lo pierde en el “territorio” del otro.

Así las cosas, las sociedades ancestrales mostraban distintos modos de organización y por lo que se conoce no eran necesariamente patriarcales. El arribo de una sociedad patriarcal guerrera como la europea al Abya yala (América) trastrocó los roles y tanto en la lucha como en el trabajo adquirió una función importante el varón. De manera que la emancipación de la mujer tiene una historia distinta en los distintos continentes. Pero como sigue predominando la mirada eurocentrada, la fecunda vida social en nuestro suelo suele diluirse en la indiferencia.

Mujer y negra

La valoración del rol de la mujer en la historia es un proceso fundamental para lavarnos hoy del mandato patriarcal que adjudica casi siempre el papel protagónico al varón.

Eso se comprende cuando decimos Mariquita Sánchez de Thompson, decimos Juana Azurduy, decimos Gregoria Pérez, decimos María Remedios del Valle, en este último caso mujer y además de familia esclavizada, a quien han llamado madre de la patria para mostrarnos la misma realidad pero desde otro ángulo. ¿Que la patria tenga madre en vez de padre, y que sea negra? Es una verdad, aunque parezca mojarle la oreja a la ruda historia patriarcal.

Mujeres guerreras, mujeres letradas, mujeres enfermeras, mujeres que entregaban sus bienes a la revolución, que prestaban distintos servicios en las guerras. En resistencia contra la necesidad de ese estado macho blanco de nombrar un padre de la patria.

Hace pocos días escuchamos a la profesora Mirtha Campoamor señalando algunos aspectos de esta revalorización, en una entrevista con el periodista Lautaro Alarcón, en LT 14 de Paraná. Allí la estudiosa abonó esa otra mirada más abierta. Apuntó por caso la actitud de mujeres que no sólo prestaban una casa para estrenar el Himno en los alrededores de 1810, o secundaban a los varones, sino que ejercían presencia activa central en el proceso revolucionario.

Aquí nos detenemos en algunos aspectos que trató en su interesante aporte esta investigadora de un centro artiguista.

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Gregoria Pérez. Una mujer que comprendió el momento revolucionario y, asumiendo el riesgo, puso todo a disposición.

Gregoria Pérez. Una mujer que comprendió el momento revolucionario y, asumiendo el riesgo, puso todo a disposición.

Invisibilizadas

Campoamor dijo que muchas mujeres eran invisibilizadas no sólo por ser mujeres sino porque estaban dentro de las clases llamadas subalternas, humildes. Y resaltó también el rol de la mujer campesina ante la ausencia de varones reclutados para la guerra.

Tenemos pues que, mientras señores de buen vestir y recursos económicos y lugar para el heroísmo parecen forjar la historia con nombre y apellido, todo un pueblo parece espectador nomás; pero resulta que es un pueblo que conversa, ama, siembra, carnea, elabora tanto los alimentos como la ropa, construye las casas, canta, baila, pinta, juega y combate, sin nombre ni apellido bien registrados; mujeres y varones.

En nuestro territorio esas clases subalternas eran mayoría en el campesinado y en los barrios, pero formando parte de la sociedad, cuando los esclavizados y pueblos ancestrales ni siquiera eran tenidos en cuenta, como no fuera para tomar sus riquezas, sus tierras, su fuerza de trabajo. Mujeres y varones que, antes de 1810, resistieron 300 años a la invasión colonial capitalista eurocéntrica patriarcal genocida.

Comunitarismo

Las dos vías marcadas por la profesora Campoamor (los pueblos invisibilizados y las mujeres suplantando al varón en sus faenas) adquieren una magnitud especial, porque abren puertas a otro mundo.

La mujer cumplió un rol protagónico en las luchas, y eso debe ser reconocido, pero como la guerra era reservada a varones (sin ignorar presencias relevantes femeninas), como hasta hace poco ocurría en el fútbol, corremos el riesgo de mencionar mujeres para referirnos a un grupo minoritario, y a veces hasta forzando situaciones, atornillando así la dominación del varón. De esta manera, llamar la atención sobre esa participación, por valioso que sea y necesario, bien podría complementarse con una valoración adecuada del rol que la mujer ha cumplido en la comunidad, antes, durante, y después de las instituciones estatales; del estado-nación. Tanto en las sociedades invisibilizadas, como reemplazando a los guerreros, o ejerciendo tareas que antes, como ahora, suelen quedar menospreciadas cuando en verdad son fundamentales en la urdimbre cotidiana que sostiene la vida comunitaria, el comunitarismo. Incluida la crianza de la gurisada, tarea complejísima si las hay.

Si muchos estudiosos saltan de batalla en batalla, y quienes están al frente de los ejércitos son varones casi siempre, será un varón casi siempre el destacado. Ahora, esa lógica, ¿no es patriarcal? Entrar en esa lógica, naturalizarla, ¿no es una victoria de la historia más divulgada, patriarcal, colonial?

Muy distinto será mirar la historia de las comunidades: ahí veremos que la comunidad ha sido cultivada por mujeres y hombres por igual, y quizá más por mujeres, dado su rol en la vecindad.

La lógica patriarcal quizá no sea combatida con eficacia si dejamos como valores centrales la guerra y el estado; y si pretendemos recuperar allí el rol de la mujer. Porque el estado, y más puntualmente el estado-nación, antes que expresar a las comunidades las comprime y tergiversa. El estado-nación lleva en su ADN el patriarcalismo y la colonia y el racismo. Toma la nación dominante, generalmente eurocentrada, y la coloca de modelo, a cualquier precio. Ahí no se destacan las comunidades que buscan la paz y la armonía y cultivan el consenso y la diversidad, sino el individuo macho que toma el poder, impone, da órdenes, va a la guerra y se erige un monumento. Pero cuando miramos el conjunto y pensamos en la patria/matria, el paisaje se alumbra solo.

Mapa y tejido

Silvia Rivera Cusicanqui dice en un diálogo con Boaventura de Sousa Santos: “Yo planteaba la etnicidad ‘mapa’ como etnicidad masculina, y la etnicidad ‘tejido’ como etnicidad femenina, basada en la idea de una estructura bilateral de parentesco, donde hay cierto reparto de papeles, rituales, propiedad, etc.; pero a la vez hay un sistema de residencia patrilocal más dominante; entonces las mujeres de una comunidad han venido de otras comunidades, y tienen la capacidad de hablar con los de afuera, y seducir a los otros para incorporarlos… ellas se ocupan de conjurar la amenaza de disolución que significa el dinero, conjurar el malestar que introduce el dinero, por eso son capaces de tejer alianzas con otros, con la otredad. Eso hace que el tejido que proponen las mujeres sea mucho menos guerrero, más pedagógico, capaz de coexistir entre diferentes”.

En una entrevista de Ana Cacopardo dice Rivera: “el mapa sin tejido se vuelve guerra”. Y bien: en un mundo estructurado, con fronteras de hierro, con estados duros y uniformes, el tejido de las mujeres, el diálogo concreto, el intercambio, se nos presenta revolucionario. La comunicación por abajo, por encima, por las grietas, en la sociedad, sin depender tanto de estructuras corporativas o estatales, es un arma de poder sin medida. Es, como diría Bartomeu Meliá del sistema guaraní de reciprocidad: una memoria del futuro. Y en el centro: la mujer. ¿Cuántos saberes, cuántos modos, cuánta trama para contener con elasticidad los efectos de los atropellos, en las reuniones con prevalencia femenina; mientras los varones lustraban sus bronces?

Por extraordinarios que sean sus aportes, las mujeres en las batallas son minoría; las mujeres en la comunidad son, en cambio, protagonistas absolutas. Y cuántas veces más útiles a la vida, hay que decirlo, que las guerras mismas.

Y otra cosa: si vamos a poner en el broce a todos los que marcharon al combate, ¿qué haremos con las mujeres y los varones que, quizá más criteriosos/sas por ahí, se negaban a ese combate, como aquellos héroes de los desbandes de Basualdo y Toledo , que se sabían hermanos del Paraguay? ¿Acaso la violencia sube más fácil al pedestal que la armonía?

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