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Nostalgia, épica y golpes de efecto en "Star Wars: El ascenso de Skywalker"

El filme dirigido por J.J. Abrahms y recientemente estrenado, viene a cerrar la saga que George Lucas inició en la década de 1970.

Domingo 22 de Diciembre de 2019

La expectativa era mucha. El estreno de Star Wars: El ascenso de Skywalker marca el fin (al menos en el cine) de la saga galáctica más famosa de la historia. No se trata del fin de la franquicia, que ya tiene productos de todo tipo tanto en la pantalla grande como en el streaming, pero sí del cierre de la última trilogía y del universo que craneó George Lucas en 1977, y que se desarrolló a lo largo de nueve películas.

La tarea que se le presentaba al director J.J. Abrams no era sencilla, y por eso la primera impresión sobre este noveno episodio es que parece muy simplificado.

Abrams prácticamente ignora la película antecesora de Rian Johnson (Los últimos Jedi, de 2017, que fue polémica en varios sentidos) y hace y deshace a su antojo ya desde los primeros minutos. El viejo y repulsivo emperador Palpatine, por ejemplo, ahora reaparece inexplicablemente con vida, y su figura será central en la trama.

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Sin caer en los spoilers que tanto preocupan en estos días, sí se puede decir que el realizador se apoya en los personajes que él mismo delineó en El despertar de la fuerza (2015), y que aquí la joven Rey (Daisy Ridley) se convierte en la protagonista absoluta. Rey continúa su entrenamiento Jedi con la general Leia (sí, hay imágenes “rescatadas” de la fallecida Carrie Fisher) mientras la Resistencia apenas sobrevive. Pero el Lado Oscuro acecha con Palpatine y Kylo Ren (Adam Driver), entonces Rey, Finn, Poe y Chewbacca se embarcan en otra misión a todo o nada.

Con un timing envidiable (hay que reconocer que la película no tiene baches y nunca aburre), Abrams despliega todos los recursos disponibles para entretener y estimular: hay acción, suspenso, humor, poderes ocultos, reapariciones, revelaciones, batallas épicas y referencias nostálgicas para repartir. Todo alimentado por la gloriosa música de John Williams, que (también hay que reconocer) se torna demasiado estruendosa en algunos pasajes.

Siempre estuvo claro, aunque en este episodio es más evidente, que la elección de Daisy Ridley para interpretar a Rey es un tremendo acierto de casting. Su personaje logró vibrar desde un principio, y en gran parte es por su talento y su carisma. En la vereda de enfrente, Adam Driver tiene todos los matices para personificar a un villano ambivalente. Los cruces entre ellos son el alma de la película.

Varias de las escenas más fastuosas de la película ocurren mientras la trama se sostiene sobre esa esperanza latente, que la Fuerza, esa otra gran protagonista invisible de la historia, actúe de la manera correcta.

Las malas noticias de El ascenso de Skywalker llegan más sobre el final, cuando J.J. Abrams abusa de las vueltas de tuerca y los golpes de efecto. Tanta trampa desdibuja un cierre que podría haber sido más honesto y más fiel a los personajes. Además, la simplificación de los desarrollos que atraviesa toda la historia se hace más patente cuando llega el momento de las resoluciones. En compensación, el director evita la gravedad de los mensajes y entiende a Star Wars desde el espíritu más puro la aventura, un sello que nunca debería haber perdido.

Finalmente, algunos especialistas comentaron que no se puede negar que la última película de la saga Star Wars tiene momentos brillantes de espectáculo y de combate, no obstante, no están de acuerdo en que Abrams haya reducido toda la saga a eso, cuando en las primeras cintas de la franquicia había más por explotar y en la nueva trilogía no se hizo.

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