En las últimas semanas hemos venido informando sobre hechos de violencia ocurridos en la provincia, así como las cifras que expresan una realidad preocupante. La información de los sucesos que aparecen en la sección Policiales de este diario, a veces en contexto pero mayormente cruda, porque así lo impone el fragor implacable de la Redacción, merece analizar, cuestionar y generar interrogantes que ayuden a encontrar respuestas.
Informar y pensar la violencia
Datos: sucedieron 38 homicidios en la provincia, de los cuales 17 tuvieron lugar en Concordia. De estos, solo uno fue en ocasión de robo y el resto por violencia entre personas conocidas por un conflicto previo. Hubo cuatro femicidios (en un caso doble) y un transfemicidio o travesticidio en Paraná. De los más de 40 acusados, solo dos son menores de edad.
Opinión: la responsabilidad del Estado es ineludible en cada muerte. Desde aquellas donde un pibe sumido en el consumo de drogas mata ante una disputa ínfima, hasta el femicidio en el cual, aunque no exista denuncia previa de la víctima, no se actuó lo suficiente para concientizar y prevenir. Esto no implica menospreciar el trabajo que realizan los organismos abocados a trabajar en cada problemática, pero evidencia que sigue siendo insuficiente. A su vez, uno de los poderes del Estado, que es la Justicia, ha demostrado su costado desalmado en algunos casos, como al enviar a su casa a un asesino que luego mató a tres personas, o el abandono a su suerte de un chico que no paraba de robar, atravesado por las adicciones, quien luego asesinó a un hombre en su barrio.
Este último caso es el de Lucas Bentancourt, por el que está imputado Genaro Gutiérrez, de 19 años. Lo planteado públicamente por su familia, es ejemplar: “La responsabilidad no es solo de Genaro Gutiérrez. También es de aquellos jueces que no tomaron en cuenta los informes profesionales que planteaban que este chico era peligroso”, dijo la hermana de la víctima al diario El Día. El hermano expresó: “Yo estoy enojado con este chico, pero más enojado estoy con la Justicia. Venía delinquiendo desde hace nueve años, y ¿justo tuvo que pasarle esto a mi hermano para que quede preso? Están todas las leyes para que puedan internarlo, pero te dicen que en Entre Ríos no hay lugar para la internación”.
El sociólogo Javier Auyero y la maestra María Fernanda Berti, en el libro La violencia en los márgenes, producto de una investigación en un barrio del conurbano de la provincia de Buenos Aires, sostuvieron que esta forma de resolver conflictos, a matar o morir, “no es producto de un comportamiento individual desviado, sino de un contexto más amplio que diversos autores denominarían ‘violencia estructural’, contexto que incluye las perniciosas intervenciones estatales”.
Los números de la violencia interpersonal ocurrida principalmente en zonas periféricas de cada ciudad no pueden analizarse sin compararlas con las cifras recientemente publicadas por el Indec, sobre el dramático aumento de la pobreza en Argentina a más del 32%, y a lo difundido por el Observatorio de Pobreza del Centro de Investigaciones Participativas en Políticas Económicas y Sociales (Cippes), que nos enrostra que más de la mitad de los chicos entrerrianos son pobres. A su vez, se ha indicado en un informe del Indec en marzo que Concordia es la segunda ciudad más pobre del país (entre las relevadas), lo que debería contextualizar cualquier análisis de la situación de violencia en esta ciudad. El contraste de la población con el “buen pasar” de los políticos que han tenido proyección provincial desde esa ciudad tampoco debería quedar al margen de la reflexión.
“La agresión colonial se interioriza como Terror en los colonizados. En el momento de impotencia, la locura homicida es el inconsciente colectivo de los colonizados. Esa furia contenida, al no estallar, gira en redondo y daña a los propios oprimidos. Para liberarse de ella, acaban por matarse entre sí: las tribus luchan unas contra otras al no poder enfrentarse al enemigo verdadero. Reclamar y negar, a la vez, la condición humana: la contradicción es explosiva. Y hace explosión”. Esto sostiene Jean Paul Sartre en el prefacio a Los condenados de la tierra, de Franz Fanon, y así abre una puerta para pensar más a fondo estos problemas, mientras seguimos informando, a secas, lo que (nos) pasa.















