"El psicoanálisis se mete como una peste y no se puede sacar"

Entrevista con la psicoanalista y escritora Manuela Mantica. Vivir en el correo. Un taller y después. La academia que no enseña. Desfase entre decir y hacer
24 de mayo 2021 · 19:54hs

Fiel a los formadores que la marcaron en cuanto a hacer un enfoque y práctica del psicoanálisis accesible, la licenciada Manuela Mantica lo atraviesa tanto en los talleres de escritura y letras que ofrece como en una de sus aficiones, el rock. “Para la academia, Freud y Lacan “son difíciles” y te los presentan como que no los entenderás”, critica, mientras propone “popularizar el psicoanálisis sin vulgarizarlo y que se vuelva una cuestión del pueblo”.

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Cartas y postales para una tía

—¿Dónde naciste?

—En San Justo, Santa Fe, donde viví hasta los 17 años, cuando me vine a estudiar Psicología a la Uader.

—¿Cómo era tu barrio en la infancia?

—Vivía en el segundo piso del correo porque mi papá era jefe, así que con mi hermano andaba entre cartas y carteros. Cuando tenía 13 años, mis papás se separaron y nos mudamos a otro barrio. Esperaba que se separaran porque se peleaban mucho y comencé a tener otra relación con mi papá.

—¿A qué jugabas?

—Era muy tranquila y maestrita, recién me rebelé en la adolescencia. Mi hermano, de quien hacía de madre, era más terrible. Iba a una escuela chica y muy linda. Mis dos abuelas son maestras y una de ellas me dio clases en séptimo grado. Me gustaba andar en bicicleta y era la mimada de mis abuelos maternos.

—¿Influyó vivir en el correo en tu afición por la escritura?

—Recién ahora lo advierto.

Ser monja y un taller de escritura

—¿Revisabas las cartas?

—No recuerdo, aunque nos mandábamos cartas y postales con mi tía Soledad, que estudiaba Psicología en Rosario. Nací cuando tenía 14 años y no quería tener una sobrina, pero luego tuvimos una identificación muy fuerte. Una vez le dije que quería ser monja para ayudar a la gente, lo cual está en el imaginario cuando comenzás a estudiar Psicología, y es una ilusión. Devine en psicoanalista, no creo en esa ilusión y me sigo formando en Rosario con Ángel Fernández.

—¿Lo de monja lo sentías como una vocación?

—Estaba ligado querer ayudar, pero no era bautizada, lo cual hice a los 12 años, porque mi viejo es ateo.

—¿Leías?

—Sí, un montón cuando era chica y luego dejé durante mucho tiempo; siempre escribía y a los 15 años mi mamá me anotó en un taller de escritura con Nicolás Michea, lo cual fue un antes y después.

—¿Sobre qué escribías antes del taller?

—Eran cuestiones reflexivas y también lo hacía para los actos escolares. La del taller era una escritura con la cual hoy no me reconozco, más allá de que editamos una antología gracias a un proyecto con el cual ganamos. Estaba descubriendo mi estilo y registro.

—¿Qué te inspiraba?

—La escritura siempre es sobre los mismos temas: el amor, la familia, la amistad, crecer… y siempre ando en eso. ¿Qué poeta o escritor no habla sobre eso? Más allá de que cambie el registro.

—¿Qué te llevaba a leer el hecho de escribir?

—Nicolás nos recomendaba mucho a (Oliverio) Girondo y (Mario) Benedetti, a quienes siempre vuelvo, y escuchaba a Spinetta, aunque luego comencé a escuchar a Charly García y mi vida fue otra.

—¿Qué materias te gustaban?

—Me encantaba Lengua y Psicología, en la cual me enteré de que existía Sigmund Freud, y también una materia muy linda, Cultura y Estética, en la cual estudiábamos todos los movimientos artísticos y conocí el surrealismo. Escribir es una forma, también, de dibujar y pintar.

Psicoanálisis, letras y otro taller

—¿Qué entendiste del pensamiento de Freud?

—No sé si alguna vez se entiende algo y si es el propósito, solo recuerdo la mención que hizo la profesora y tampoco hablaba de ello con mi tía. En primer año de la facultad comencé a darme cuenta de que podía hacer un encuentro entre el psicoanálisis y las letras, pero acá no conocía el ambiente ni sabía si había talleres de escritura.

—¿Mantenías el hábito de la escritura?

—Hace tres años trabajaba en una tienda de ropa, siempre iba a comprar una chica, nos pusimos a hablar, me dijo que era docente de Letras en la Escuela Normal, nos hicimos amigas y en chiste le dije “hagamos un taller de escritura”. Se rió, a los tres días volvió, dijo “lo podemos hacer” y comenzamos con el taller Nos/Otros en el texto.

—¿Cuándo eras más chica pensabas en darle un desarrollo profesional?

—No, estaba ligada a una catarsis, pero luego comencé a entender el estatuto de ficción que también tiene la vida, lo cual me permitió moverme con más libertad en la escritura y salirme de la melancolía. Cuando comenzamos el taller con Belén (Zavallo) también era un espacio para escribir nosotras, además de ser las coordinadoras pero hubo un quiebre cuando hice mi tesis de Psicología, sobre la relación de la función psíquica de la escritura y lo femenino, y elegí a tres poetas contemporáneas (Natalia Litvinova, Silvina Giaganti y Tamara Tenembaum) recomendadas por Belén, que fue cuando volví a la lectura, más allá de lo académico. Lo justificamos con mi directora de tesis, me fue re bien y comencé a entender la escritura como un trabajo. Entrevisté a Natalia Litvinova, biolorrusa que vino a Argentina a los diez años, y hago un taller de escritura con ella. El año pasado con Belén nos vimos obligados por la pandemia a la virtualidad, así que no leemos más en el taller y somos coordinadoras, para lo cual leemos, investigamos y buscamos autores.

Discurso académico y ruptura

—¿Entendiste la esencia del psicoanálisis en la facultad?

—Sí y no, porque producir un corte con lo académico, un saber que se presenta como un todo, es un trabajo complicado que estoy haciendo. El primer encuentro fue en la materia Problemática Epistemológica de la Psicología, en la cual se plantea una relación entre el romanticismo y el psicoanálisis, y también se planteaba lo de la escritura, aunque en ese momento “no la cachaba”, hasta que continué leyendo. El momento clave fue en cuarto año, en Orientación Vocacional y Laboral porque nos introdujeron en la perspectiva clínica, me enteré un poco más de lo que es el psicoanálisis, comencé a ser auxiliar docente y luego gracias a Javier Pérez pude hacer otras lecturas porque nos presentó la lectura de Freud de una forma distinta a lo académico. Para la academia, Freud y Lacan “son difíciles” y te los presentan como que no los entenderás. Sin embargo Javier lo facilitaba y trajo a Ángel Fernández, de Rosario, a la presentación de un libro, quedé deslumbrada con lo que dijo y ahora estoy haciendo un curso anual de psicoanálisis con él. Fue un nacimiento.

—¿Qué fue clave para elegirlo teniendo en cuenta los desarrollos actuales de tantas otras corrientes?

—Fue por las personas con las cuales me fui encontrando. Lo que sucede con el psicoanálisis es que se te mete como una peste y no te lo sacás (risas).

—Gracias por el título para la entrevista.

—(Risas). ¡No te lo sacás!

—¿Por qué?

—Si vas a hablar con un psicoanalista es una experiencia que produce un movimiento en el cuerpo que no te pasa con otras cosas, vivís mejor, te das cuenta de que vivís como hablás, dejás de creer que te vas a curar, ya que creerlo es algo que te arruina, más allá de que la Psicología crear un poco en eso. El psicoanálisis te pone a trabajar por el deseo y también es una ruptura con el discurso capitalista, más allá de que en la facultad no se enseña a (Oscar) Masotta o Germán García (*), a quienes estoy estudiando ahora.

Decir, hacer y escribir

—¿Qué has resuelto gracias al psicoanálisis?

—No sé si resolver, pero me permite vivir mejor. Te enterás de que lo que decís no condice con lo que hacés, que hay un desfase entre las palabras y las cosas… se trata de acercar eso. A mí me facilita acercar lo que quiero con lo que digo, aunque no es algo que se hace de un día para otro.

—¿Qué desfase lograste minimizar?

—El de no poder acercar el trabajo a lo que quiero, comenzar a trabajar de lo que se quiere es un trabajo. Cuando trabajaba en la tienda de ropa fue todo un trabajo dejarlo, por las garantías que me daba. Con ese movimiento me di cuenta de que el dinero tenía que ver otras cosas. El viernes hicimos una edición especial de un ciclo que hacemos con una amiga y se llama Psicoanálisis y rock, y precisamente hablamos de la dialéctica entre “el billete falso” y “la plata verdadera”, que es la que acerca el trabajo con el deseo, y lo aleja del trabajo alienado. A veces es imposible, tenemos que laburar para tener guita, pero podemos cambiar la relación con el dinero. También me pasa con la escritura, en cuento a entender la como un trabajo, fue un movimiento, comencé a hacer el taller con Natalia Litvinova, escribo ahí y me corrigen.

—¿Cómo es tu acercamiento entre escritura y psicoanálisis?

—Freud trabaja mucho en el multi interés del psicoanálisis, y conversa con artistas como Goethe y Da Vinci. Germán García dice que hay que situar al psicoanálisis entre la vanguardia, pues está más cerca de la poesía que de la Medicina, y Freud dice que “cuando muera el último hombre morirá el último poeta”. Todos tenemos un poeta adentro. Lo que hace un camino analizante es llevarte a hacer un esfuerzo de ficción; por el psicoanálisis me enteré que tenía que ficcionar un poco y dejar de creer que las cosas que pasaban eran verdad, con lo que comenzás a divertirte más. Eso es escribir.

—¿Cómo te cambió la escritura ese darte cuenta?

—Es una pregunta que no sé cómo responderte (risas) porque en el taller me pasa que Natalia me marca “esto es distinto”, pero no sé por qué, aunque hay una producción muy relacionada con lo que sueño. Una compañera me dice que si no puedo escribir, “soñá y escribí”, y que si no puedo soñar, “escribí; escribí como sea”. Cuando tengo estas devoluciones, puedo marcarlo, pero si no me cuesta darme cuenta del cambio. Mi registro fue cambiando desde lo reflexivo, pero es una marca que tiene, y es un trabajo llevarlo hacia lo sencillo, lo cual también hago con el psicoanálisis: poder decir de manera sencilla. El lema del curso que hago en Rosario es “popularizar el psicoanálisis sin vulgarizarlo”, que se vuelva una cuestión del pueblo y no algo burgués. Vuelvo a lo mismo: los temas del psicoanálisis son universales, los mismos de los cuales habla la poesía y el rock.

—¿Cuándo encontraste eso en el rock?

—Desde siempre pero se produjo un movimiento el año pasado. Mis viejos escuchaban mucho a Charly García y rock nacional, los domingos, pero lo hacían “sin escuchar”. En mí tuvo efecto y lo resignifiqué cuando me invitaron a hablar en un recital sobre erotismo y poesía, lo cual inauguró una producción para relacionar el psicoanálisis con otra cosa. Después de eso me dijeron que lo hiciera sola, conversé con una psicoanalista de Rosario, Koki Sarli, le propuse hacer un ciclo de psicoanálisis y rock, fue un proceso de escuchar de nuevo y se produjo un acontecimiento. Ahora estamos con dificultades para hacerlo presencial.

Psicoanálisis: un aparato de lectura

—¿Cómo nació el taller La fábrica de las palabras?

—Fue este año. El psicoanálisis es un aparato de lectura, entonces con eso leo la poesía. El año pasado armé un taller que se llamaba Puerto de palabras, en Parientes del Bar, en el cual intenté relacionar el río, el soltar las amarras y las palabras, las palabras que “pasan por la aduana”… Fueron tres ediciones y luego pensé en reinventar el nombre, poder llevar el taller a distintas partes y también hacerlo virtual, y la primera edición la hice en la playa municipal. Tuvo buena repercusión, la segunda edición fue virtual e hice otro en torno a la escritura como método de “enjuvenecimiento”.

—¿Qué desafío representa fabricar palabras en una realidad de pantallas omnipresentes y dominantes?

—El nombre lo saqué de un libro de cuentos para niños llamado La gran fábrica de las palabras, en el cual hay un mundo donde la gente tiene que pagar para comprar las palabras con las cuales quiere hablar, y son caras. Establezco la comparación de que cuesta decir lo que hay que decir y lo que hay que escribir, la escritura tiene un costo y hay que perder. Lo de la fábrica también me lleva a lo del trabajo, porque hay que dedicarse a la palabra.

—¿La gente quiere dedicarse a la palabra o la prefiere ya digerida, o en imágenes?

—No soy tan escéptica… porque pasan cosas cuando comenzás a hablar y escribir. Mi deseo es que el psicoanálisis llegue y toque.

—¿Por qué Freud en el siglo XXI?

—¡Qué hermosa pregunta! Siempre será Freud, porque es un maestro adelantado a su época y es nosotros, el pueblo; habló de los temas que nos atraviesan a todos, inventó un aparato que nos sirve para leer temas como el amor, la familia, la muerte, la guerra… y esos textos tienen vigencia.

—¿Qué espacios de difusión y actividades estás desarrollando ahora?

—El taller Nos/Otros en el texto está funcionando y La fábrica de las palabras es una vez al mes, y se pueden incorporar a través de Instagram, @manumantica, y el de Nos/Otros en el texto, @nos.otroseneltexto; además con Koki Sarli hacemos una columna en Rock en Ascenso, por Vorterix Paraná, los miércoles a las 18, y hago una columna mensual en el programa Puro Chamuyo, por FM Universidad.

(*) Oscar Masotta (1930-1979) fue psicoanalista, semiólogo, escritor y crítico de arte, entrecruzó audazmente para su época campos tan impensados como el pop, el estructuralismo, la moda y el marxismo, y fue reconocido mundialmente. Germán García (1944/2018) fue escritor, psicoanalista y maestro de analistas, y junto con Masotta cambiaron el destino del psicoanálisis en Argentina.

“Hay que diferenciar el aislamiento del encierro”

La licenciada Mantica rescata un texto de Freud para referirse al actual contexto, revaloriza la importancia del deseo y enfatiza en la necesidad de buscar alternativas ante la incertidumbre y la melancolía: “Hay que hacer algo”, resume con contundencia.

—¿Qué reflexión te genera, psicoanalíticamente hablando, lo social a partir del confinamiento?

—Es imposible separar lo individual de lo social. Cuando tuve que hablar sobre el aislamiento me pareció importante hacer una diferencia con el encierro. Freud dice en un texto de 1900, El tabú de la virginidad, que el verdadero encierro es cuando no podés hacer otra cosa que estar en tu casa, metafóricamente hablando. Que se cierren las puertas y ventanas de tu casa no significa que se cierren las relaciones con el mundo exterior, ya que se pueden inventar mil maneras. Todo depende de la relación con el deseo. Con el ciclo de Psicoanálisis y rock teníamos planeado hacerlo en vivo, en bares, pero se complicó con la situación actual. No lo haremos por ahora pero mientras tanto ¿qué hacemos? ¿Qué hacemos con la incertidumbre y la melancolía? Hay que hacer algo.

—¿Notás particularidades en quienes consultan, a partir del contexto actual?

—Los temas son universales, el amor, la familia, el dinero… más allá de las singularidades por lo que pasa. Hay ciertas modificaciones en cuanto a atender a algunos pacientes por teléfono. Lo importante es que haya alguien y alguien que escuche.

—¿No aparece más marcada la incertidumbre y el miedo?

—Por lo menos en los pacientes que vienen al consultorio, no.

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