Miradas
Miércoles 11 de Julio de 2018

Lógica asesina

Recién cuando tenga 54 años Nahir Galarza habrá terminado de pagar los dos disparos que le dio a Fernando Pastorizzo la madrugada del 29 de diciembre de 2017. El 3 de enero confesó el crimen, y seis meses después la Justicia entrerriana decidió condenarla a cadena perpetua por considerar que había una relación entre ambos jóvenes y que los disparos fueron efectuados a conciencia. La celeridad de la Justicia es siempre elogiable, pero también resulta toda una novedad si se tienen en cuenta los tiempos de la Justicia en general, y en particular, para condenar femicidas.

En Santa Elena hace dos años esperan saber quién mató a Gisela López. En Paraná, en 2016 Jessica Do Santo fue asesinada y desmembrada un matorral del Parque Varisco, pero de su asesino no sabemos nada. Casi al mismo tiempo en que Nahir recibía una "sentencia express", en la provincia de Buenos Aires uno de los policías responsables de la muerte de Natalia Mellman era absuelto, mientras que el resto de los autores de ese crimen goza de salidas transitorias. Caminan libremente por la misma ciudad donde hace 17 años secuestraron torturaron, violaron y asesinaron a la adolescente de 15 años. Y caminan tranquilos, nadie los reconoce. Se sabe que la noche del crimen festejaban el cumpleaños del (aún) comisario Carlos Grillo y que Natalia, elegida al azar, fue su regalo. De ellos sabe lo justo y lo necesario: que son monstruos capaces de ahorcar a una nena con el cordón de su propia zapatilla y que, cada tanto, sus caras anónimas se mezclan entre nosotros.

De Nahir, en cambio, sabemos todo. La cantidad de materias que aprobó en la facultad y que fue fanática de Justin Bieber hasta detalles de su intimidad expuestos y reproducidos hasta el hartazgo, servidos en bandeja a los medios de comunicación por su propio entorno.

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Quizás por lo excepcional del caso donde quien mata es una mujer, Nahir se convirtió en la estrella del relato policial argentino, y pronto en el fetiche de la mayoría de las redacciones del país. En medio de una crisis generalizada, los medios que viven de espectacularizar la violencia y transformarla en mercancía, parecen haber alcanzado el límite del absurdo: "Así lucirá Nahir Galarza cuando recupere su libertad", decía el título de una nota cuyo único contenido era una foto de la adolescente con un filtro que le sumó algunas arrugas a su cara.

Al femicida de cada día históricamente se lo protegió disfrazando el crimen de pasión, celos y otras emociones derivadas de un supuesto amor excesivo. La mujer asesina, en cambio, es una asesina a secas. Un peligro para la sociedad, una mutación de la naturaleza, porque la mujer tiene un mandato exclusivo y fundamental que es dar vida, no quitarla. De sangre fría, perversa, peligrosa; los relatos sobre ella construyen el perfil de alguien que representa el mal sin lugar a atenuantes. "Diabólica", tituló el diario Clarín.

Cada imagen que circula de Nahir pone en primer plano a la villana perfecta. Una belleza estereotipada, de mirada perturbadora y sonrisa perversa. Un personaje de película de terror que fue socavando la empatía con la joven homicida de Gualeguaychú día a día hasta reducirse a cero. A nadie parece importarle que el propio fiscal haya sugerido la idea de proyectar en la sala un video de la pareja teniendo relaciones sexuales, y a nadie escandaliza que Nahir haya frenado esa humillación con una amenaza explícita de suicidio; tampoco que esta semana alguien haya puesto en circulación ese video. "Se filtró", titulan, como si el archivo circulara por voluntad propia, como si no supiéramos que nuestro verdadero deporte nacional es pegarle patadas a quien ya está en el suelo.

El caso viene a llevar al extremo la asimetría con la que los medios y la justicia abordan los crímenes de género. Periodistas, panelistas y opinólogos de redes sociales, parecen haber estado esperando un caso similar para sacarse las ganas de gritar "Nadie menos" como si se tratara de una revancha, ante un movimiento de feminista joven que crece, llena las calles y les grita goles en la cara.

Nadie niega que haya mujeres violentas u hombres víctimas de esa violencia, sucede que la incidencia de esos casos, por su magnitud, no representa un problema social verdadero, y en tal caso, el patriarcado también se transforma en el verdugo de los hombres que, por vergüenza, no se atreven a pedir ayuda porque -buen día, buen día- la lógica patriarcal es una lógica asesina, una navaja recién afilada que somete y amenaza a todos.

El crimen de Fernando Pastorizzo también se inscribe en esa lógica. El femicidio que ocurre cada 29 horas nos está dando la oportunidad a los medios para recordar, cada vez que sea posible, que las relaciones construidas alrededor de la posesión del otro suelen terminar en tragedia. Pero lamentablemente, los medios hegemónicos están más interesados en contar la realidad como ficción, como algo que le ocurre a otro y nunca a nosotros, nunca en nuestra casa, nunca en nuestra cama. Y la opinión pública suele caer en la trampa; así, mientras algunos estén más ocupados en delinear malvadas de novela y asesinos que aman demasiado, cuestionarnos cómo comenzamos a construir relaciones sanas y libres seguirá siendo trabajo casi exclusivo del feminismo.

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