Carlos Saboldelli/ Especial para UNO
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No me nombren que es pecado
En principios de aquel diciembre de 1833 un calor prematuro y una víspera de Fiestas acompasaban el mes en la costa del Gualeguay de esos años. José Fernández era el médico y cirujano del lugar, uno de los pocos que ejerció la Medicina en la tranquilidad de la ciencia. Una notificación de las autoridades militares le requerían al galeno la inspección de un cuerpo que, yaciente, aguardaba su autopsia.
Don Rafael Riquelme estaba acostumbrado a mandar y, en esos momentos, a administrar justicia en su carácter de Juez Comisionado en toda la jurisdicción de esa costa del territorio entre los ríos. Quién pudiera decir si el ejercicio de tamaña responsabilidad en aquellos años pudiera ser tildado de arbitrario, aunque lo cierto era que administrar la cosa pública y resolver conflictos del comercio o familiares le habrán generado a Rafael algún sentimiento de superioridad y poder indiscriminado.
Talón de Acero era muchas cosas, pero si a alguien le preguntaran, seguramente lo definiría como un hombre de por ahí nomás. Su verdadero nombre era Cosme Barrenechea, con ese renombre vasco distintivo pero sin presunciones. Tipo del campo, acostumbrado al trabajo mal pagado, pero sobre todo abusivo. Cosas de la época, seguro, porque faltaba mucho para que alguien pretendiese equilibrar aquello. Lo que sí había y muy novedoso, fueron alambrados y postes. De aquellos que demarcaban campos enteros, bajo títulos insuficientes pero poseídos por la trampa, vileza y fuerza. Esos que a sujetos como Talón de Acero lo empujaban cada vez más lejos, buscando eludir fronteras que el progreso le imponía. Cosme Barrenechea se llamaba ese hombre, y las costumbres rústicas lo iban dejando nominado con aquel apelativo risueño: Talón de Acero.
¿Qué cosas pueden transformar el equilibrio de un hombre con tal fiereza que pueda liberar su parte más oscura? Tal vez dinero, quizás cuestiones de polleras o alguna cuestión ancestral de sangre y familia. Vaya uno a saber hoy (180 después) cuál fuera la motivación porque las actuaciones y expedientes que se conservan en el Archivo Histórico no tienen esos datos complementarios. Por el contrario, las declaraciones sumarias fueron levantadas por personal militar con un escueto resultado que apenas trasluce las versiones de tres testigos y un médico. Aún así, las declaraciones de la viuda y de unos empleados del Comisionado Riquelme dejan entrever las causas o quizás, la subyacencia de los hechos.
Para mí que el Comisionado se dejó llevar por la posibilidad concreta de que nadie apelara sus decisiones, arbitrarias o injustas. Que muy pocos habrán osado contradecirlas al punto de dejarlo hacer nomás, residiendo en él causas y efectos, hechos y condenas, pretensiones y castigos. ¿Arrogancia? ¿Prepotencia? No son estas definiciones de un proceso criminal, sino más bien sensaciones que estos papeles amarillos parecen esconder. Porque el Comisionado Rafael Riquelme llamó a Mariano Ocampo (uno de sus ayudantes) y le dio precisas indicaciones para que clavase cuatro palos de madera, destinados a estaquear un reo. Así nomás.
Talón de Acero quizás no comprendiese la culpabilidad de sus actos. Nadie pudo ni podrá saberlo. Pero alguien apareció con la novedad de su condena, más humillante que fatal. Lo cual por cierto no es una medida a considerar, habida cuenta que aquellos sujetos quizás pudieran entender la muerte menos que un presagio y más que un don. Porque muerto era una cosa, pero tirado al sol, atado con unos tientos de pies y manos hasta que la piel reventase por culpa del sol, la deshidratación y la furia doblegada, era una cosa muy diferente. Eso era herir su hombría (al fin de cuentas qué otra cosa más tendría Talón de Acero en su acervo humano), y eso tal vez lo excediese. Porque morir sucede una vez apenas, pero la humillación es para siempre.
Según surge de los actuados Cosme Barrenechea se arrimó hasta la misma casa del Comisionado dispuesto a saber la gravedad de los actos que se le achacaban pero, sobre todo, a dejar entrever que su condición de hombre le impedía aceptar la estaqueada. Allá fue el imputado, a golpear las puertas de la autoridad sin saber que en una apuesta con el destino se puede ganar y también perder. Aquel cuento de Jorge Luis Borges, titulado Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, reflexiona sobre la muerte y el destino, casi con la certeza con la que Talón golpeaba la puerta del Comisionado. Decía el escritor que “empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro.” A eso iba el Talón, a encomendarse a designios que nadie nunca tuviera entendidos.
A fojas tres del expediente la viuda Doña Juana Estanislada Aquino fue muy clara al explicitar esa situación “…Cosme Barrenechea avía abierto la puerta y dentro adentro…” (sic). Supongo que tal aseveración proveniente de una mujer en ese estado habrá potenciado la presunción de culpabilidad del reo, más allá del resto de las probanzas.
Cosme Barrenechea le espetó al comisionado por la pena de estaqueo. Nada dice en cuanto a que cuestionase lo que se le imputaba, sino tan solo la condena que le habían dicho. Estaqueado. El Comisionado no hizo lugar a la agresiva pero quizás impoluta pretensión de aquel hombre, desechando cualquier alegato y dando por sentado que su razón era suficiente cosa. Talón se imaginó tirado y atado sobre el suelo y el polvo. Pienso yo que su vista se habrá obnubilado y que su razón se extravió para siempre. El destino borgiano comenzaba a cumplirse.
El cirujano José Fernández terminó de observar la inercia extinguida de ese cuerpo. Supuso algunos hechos barbáricos hasta darse cuenta de que ese no era asunto suyo. Se sentó con la parsimonia de quien controla los sucesos y la tranquilidad de la sapiencia a escribir aquello que le habían pedido. Y en una hoja simple con letra cursiva, comenzó luego a dar parte de su autopsia. “Don José Fernández, cirujano de esta Villa. Certifico: que el día de fecha fui llamado por el Señor Alcalde Mayor Don Juan González de Cosio para reconocer el cadáver de Don Rafael Riquelme, Juez Comisionado de la Costa del Gualeguay, que el día anterior había sido herido, el cual, inspeccionado que fue le encontré dos heridas leves en la cara y en el antebrazo derecho pero en el bajo vientre tenía una de gran magnitud la cual, por su profundidad, expulsó los intestinos habiéndolos perforados cuya herida la considero mortal. Es quanto puedo informar en obsequio de la verdad”.
El Juez Comisionado llevó la peor parte, destripado a puñaladas por un arrebato de orgullo desmesurado y un cuchillo de pronunciada hoja.
Cosme Barrenechea, el apelado Talón de Acero, no pudo encontrar a nadie que creyera sus motivaciones, atenuara sus acciones ni mucho menos eximiera su nombre del condenatorio cadalso. ¿Quién podría entenderlo? Supongo que desde ese diciembre nadie más habría de nombrarlo otra o alguna vez (por su nombre o por su apelativo) en la Villa de la Costa del Gualeguay. Para qué, si seguro eso era desde ese momento un genuino pecado.
El entorno de la noticia
Apuntes sobre Infames y Condenados es una serie realizada a partir de la documentación física obrante en el Archivo General de la Provincia de Entre Ríos, Área Expediente Judiciales. El régimen jurídico vigente a principios del siglo XIX era aún la legislación española, establecido por las leyes de Partidas. Estas asignaban a los alcaldes competencia de jueces de primera instancia (en las causas civiles) o de instrucción (en las criminales).
Transcripciones: son textuales, respetando la ortografía original de los documentos.
Médicos: para la época, la existencia de médicos diplomados en ejercicio legal de la Medicina era una rareza, circunscripta a las cabeceras departamentales en el mejor de los casos. La Medicina no convencional era mayoritaria, herborística e incluso mística.
Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874): Cuento de Jorge Luis Borges publicado en su libro El Aleph. El propio escritor sostiene que este cuento es “una glosa al Martín Fierro”.












