Entrevista con el licenciado Maximiliano Llanes, entrenador: La mascota del gimnasio. Teléfono y dopamina, falta de esfuerzo y de coordinación.
11:54 hs - Domingo 01 de Noviembre de 2026
El entrenador de gimnasia y parkour del Centro Gimnástico Paraná, Maximiliano Llanes, cuestionó la falta de actividad física específica en el sistema educativo, con la consecuencia de dificultades en la gestión de los miedos y en el aspecto coordinativo, y explicó cómo incide la alta exposición al teléfono en la baja del umbral de frustración.
Fútbol y gimnasio como casa
—¿Dónde naciste y viviste en la infancia?
—En Paraná, en 1993; primero en un departamento en calle Rosario del Tala y en 2000 donde ahora viven mis viejos, cerca del Club Neuquen, del cual fuimos socios.
—¿Cómo era la zona?
—Eran unas 99 viviendas iguales que con el tiempo cambiaron; bastante alejado, luego la ciudad se trasladó hacia allí, se construyó el hospital y el Procrear sobre Espejo. Nos metíamos al campo a hacer cagadas y jugar al fútbol. Nunca me gustó el centro y trato de evitarlo, ni el amontonamiento de gente. Tengo un amigo que vive cerca del barrio Hernandarias, así que también me es familiar, porque íbamos a saltar en bicicleta.
—¿Qué se veía al salir de tu casa?
—Una placita vacía, ahora con juegos, lugar ideal para jugar al fútbol.
—¿Qué practicaste en Neuquen?
—Jugué al fútbol, lo que más me gusta, desde los seis años y un año fui a la colonia; era muy distinto porque creció mucho y compraron más terrenos. Hice deportes extremos y viví desde chiquito en el gimnasio, porque mis papás no tenían con quién dejarme.
—¿Qué actividad laboral desarrollan?
—Son profesores de educación física, dueños del CeGiP y se dedican al entrenamiento en gimnasia artística.
—¿Cómo fue la vivencia de ser la “mascota” del gimnasio?
—Una ventaja, porque no tengo problemas de ir a ningún lado, ya que desde chiquito alguno de los alumnos me llevaba a dar una vuelta. Hice el rol de mascota en partidos de básquet, muestras de gimnasia y en los Juegos Olímpicos de la Juventud de acá.
—¿Pensabas ser profesional de fútbol?
—No; llegué a jugar en sub 20 pero siempre me gustó como hobbie y en un momento tuve que elegir, ya que también entrenaba gimnasia y no me gustaba faltar a los entrenamientos ni estar cansado. Me decidí por la gimnasia, volví a jugar, seriamente, al futsal en el Club Paraná, durante la facultad, y nuevamente tuve que elegir. Hoy juego recreativamente en la Liga Altos del Paracao.
—¿Tuviste algún formador importante?
—Un entrenador, Juanito, del Club Belgrano, quien me acompañó mucho y me llevaba a la práctica.
Números y felicidad
—¿Sentías una vocación?
—Quería ser contador, me resultan fácil los cálculos, estudié casi un año, me iba bien, pero no era lo que deseaba para toda la vida, porque mi mamá me preguntó si era feliz con lo que estaba haciendo, dejé, hice un curso de doble de riesgo en Buenos Aires y al año siguiente comencé Educación Física.
—¿Por qué no te quedaste en Buenos Aires?
—No me gustan las ciudades grandes y la pasaba mal.
—¿Leías?
—No, porque constantemente hacía deportes o veía videos. A los 16 años un amigo nos mostró un video del parkur, acá no existía y con un amigo de la infancia nos propusimos probar en el gimnasio y en la calle, y fuimos a competencias. La gimnasia y la infraestructura nos ayudó mucho. Hoy tengo la escuela y mi amigo practicó con gente muy importante en México.
—¿Materias predilectas?
—Matemáticas y Contabilidad; y elegí orientación en Economía en Comercio 1.
—¿Tuviste buenos profesores de Educación Física?
—Estaba en otra, no le daba importancia e iba para cumplir; salía de ahí e iba a practicar fútbol, y luego al gimnasio. Hay mucha gente a quien le sirve porque no hace actividad y otros pueden o necesitan obviarla, como los chicos de natación, que entrenan mucho y no la necesitan, más allá de que sea importante. En la primaria la tuve a mi mamá como profesora (risas), me gustaba porque era la hora distinta y la disfruté mucho.
—¿Estás en el sistema educativo?
—Trabajo en el Instituto Superior de Educación Física del CAE, y lo hice un par de meses en la Santa Teresita y en la Michelangelo, donde me costó porque no pude adaptarme al grupo de chicos en cuanto al comportamiento. No me gusta lo que hay que hacer por fuera de las clases, propio del sistema, porque no se puede hacer una planificación como uno desea. En el instituto pasa pero es diferente porque no es tan tajante.
—¿Qué observás en cuanto a lo físico en chicos y adolescentes?
—Hay falencias importantes en cuanto a lo coordinativo, por falta de juego al aire libre, como treparse a un árbol, colgarse de una rama o arrastrarse por el piso. Hay chicos que hacen deportes muy variados pero no como la gimnasia y es donde se notan esas complicaciones. En los chicos, también, falta un poco de ponerle límites en cuanto a comportamiento y están las quejas de los padres.
—¿Cómo se puede articular escuela, club y espacios de formación?
—Con el profesor Pablo Molina de la Escuela del Centenario hicimos algunos talleres en el gimnasio durante un par de años, ya que no es lo mismo dar gimnasia acá que allá, por lo interesante.
Juego, competencia y frustración
—¿Cuál fue el primer aprendizaje formal en gimnasia?
—Siempre jugaba en el gimnasio, a los seis años mis viejos me insistieron en competir, no me gustaba, mi mamá me dijo que si probaba me regalaba el juguete que quisiera, participé de un torneo y nunca dejé de hacerlo, porque también pude viajar a lugares y países que de otra manera no lo hubiera hecho. Ahora, en cada deporte que hago, quiero competir e intento ganar.
—¿Hasta cuándo mantener el factor lúdico en el entrenamiento?
—Se sigue jugando pero con un trabajo más ordenado, planificado y orientado hacia ejercicios y series, con objetivos a corto y largo plazo.
—¿Quién fue mejor entrenador: tu mamá o tu papá?
—Nunca la tuve a mi mamá como entrenadora, porque se dedica a la gimnasia femenina y mi papá a la masculina, aunque tuvimos muchos cruces porque no entendíamos el funcionamiento de la relación papá-hijo-alumno, y peleábamos. Un día me dijo, porque no quería saber nada conmigo, “que te entrene Carlitos (Barsanti)”, hoy compañero de trabajo con los varones de competencia.
—¿Una especie de otro “padre”?
—Exacto; a veces mis papás se iban de viaje y se quedaba a cuidarme en mi casa. Cuando comencé la etapa de trampolín, a los 18 años, mi papá volvió a ser mi entrenador, fue distinto, lo disfrutamos porque éramos más maduros y viajamos a muchos lugares.
—¿Qué rescatás como fundamental con uno y otro?
—La mayoría de los profes que trabajamos en el gimnasio manejamos los mismos principios a la hora del entrenamiento y la competencia. Es el deporte del cual vivimos, difícil, porque hay muchas frustraciones y hay que fallar mucho para que un ejercicio salga. Aprendí la perseverancia, el esfuerzo y que todo es fruto de la constancia, lo cual aplico a cualquier ámbito.
Frustración, teléfono y miedos
—¿Se nota la baja del umbral de frustración?
—Hay muchos chicos que no soportan y se alejan del deporte, pero quienes continúan y los encontrás siendo más grandes, es gratificante porque lo aplican a otros ámbitos. Cuando fuimos a hacer snowboard con un amigo no teníamos ni idea, en dos días nos azotamos pero nunca pensamos en dejar porque estábamos convencidos, lo cual es gracia a este deporte y los docentes que tuve. Hice cuatro años de wakeboard en el Club Náutico, en verano pasábamos todo el día y hacíamos en invierno. La tecnología actual, con la estimulación de la dopamina y la recompensa inmediata hace que los chicos no estén acostumbrados al esfuerzo y la inversión de tiempo para lograr algo. Algunos alumnos consiguen algo y piensan en lo que sigue sin perfeccionar siquiera el ejercicio previo. Quieren más, está buenísimo, pero no hay que olvidarse de las bases, más en un deporte de riesgo.
—¿Está permitido el teléfono?
—No, y para los profes tampoco, aunque a veces no se puede evitar porque estamos mucho tiempo.
—¿Otras dificultades propias de las nuevas generaciones?
—Lidiar con los miedos. Nos falta el entrenamiento psicológico, aunque algunos chicos tienen su psicólogo, pero no todas las familias pueden o no lo ven necesario.
—¿Cuáles fueron tus crecimientos técnicos más marcados?
—Carlitos era más conservador pero machacaba con la postura y la prolijidad técnica, y mi papá era más divertido y hacíamos cosas nuevas.
¿Para nenas o valientes?
—¿Cuánto te aportó la gimnasia para otros deportes y actividades?
—Mucho, porque por ejemplo, en el fútbol si me caigo hago un rol, me paro y sigo corriendo. Hay muchos deportistas de alto rendimiento, que tal vez no se conocen porque no es lo que más vende, o conocidos que entrenaron con gimnasia a Maradona, aunque no la que hacemos nosotros. Paula Pareto también entrenaba gimnasia en el Cenard. Hay chicos que hacen wakeboard, snowboard y calistenia, y vienen al gimnasio para aplicar la gimnasia. En la facultad los principios básicos de cada deporte me resultaron fáciles porque mi conciencia motriz me permitía manejar el cuerpo como quería, aunque no se pueda hacer todo bien.
—¿Por qué está tan subvaluada?
—Porque en nuestro país no es popular. Prendés la tele y ves fútbol, con suerte básquet, tenis y automovilismo. No es fácil encontrar un partido de vóley. En Estados Unidos un gimnasta tiene un estatus muy importante, como un futbolista acá. Puede llegar a ganar siete medallas olímpicas, mientras que un equipo de fútbol sólo una. Los presupuestos para ambos son distintos. También hubo un estigma de que la gimnasia era para mujeres.
—¿Sufriste ese prejuicio?
—No, aunque mis amigos me cargaban, pero con buena onda. Antes mucha gente dudaba de mandar al hijo a gimnasia porque “era para nenas”, sin conocer el deporte, que es difícil y tenés que curtirte porque te golpeás mucho. Es un deporte de valientes.
—¿Quisiste dejar?
—Sí, durante un año, a los 16 años, cuando ya hacía parkour, aunque venía al gimnasio en forma lúdica con el grupo de adultos. Un día mi papá me dijo qué me parecía si hacíamos una nota para pedir los aparatos de trampolín de la federación para entrenar, siempre me gustó, le dije que sí, lo hice durante siete años y viajé a otros países.
—¿El mayor logro?
—Los aprendizajes y las amistades, y en cuanto a lo competitivo, participar de un mundial en Rusia, en 2018, donde tuve la suerte de ver a unos de mis compañeros quedar tercero, lo cual fue histórico.
—¿Viste algo impresionante?
—Los cracks que miraba por Internet ahí estaban todos juntos, pasaban, te saludaban y después de competir te invitaban a tomar una cerveza, aunque no tomo alcohol, pero ese día lo hice. Los canadienses en trampolín hacían ejercicios propios de su proceso metodológico que no tienen un valor muy grande pero cómo lo hacen es impresionante, por la técnica. En Brasil, cuando era chico fuimos a entrenar y me sorprendió la infraestructura, la forma de trabajo en gimnasia artística y la importancia otorgada al deporte. Colombia tiene un presupuesto muy grande y hay un colombiano, (Ángel) Barajas, quien recientemente quedó quinto en la final del mundial de gimnasia artística (Róterdam) en el aparato barras, lo cual es histórico.
—¿Publicás contenidos?
—En Instagram, ce.gi.parkourr y en el del gimnasio.
“El trabajo con cargas en niños y adultos resulta fundamental”
Llanes también cuestionó las limitaciones impuestas según edades para las posibilidades y la actividad física, y destacó como fundamental el factor lúdico en todas las edades, al igual que el trabajo de fuerza.
—¿Hubo algún contenido de tu formación contradictorio con tu experiencia como deportista?
—Los parámetros de lo que puede hacer cada chico según la franja etaria me parecen una locura, cuando hay quienes llegan a esos parámetros y otros los superan. Me chocó mucho al compararlo con los nenes que vienen acá (Club Ciclista) y se proyectan al alto rendimiento, porque pueden hacer cosas increíbles, muy lejos de dichos parámetros.
—¿Lo lúdico y la falta de exigencia temprana puede limitar el desarrollo futuro de un deportista?
—Yo comencé gimnasia de trampolín a los 18, aunque tenía un bagaje previo. En lo que más erramos como sociedad es en no incluir la gimnasia en las escuelas; muchos profes dejan de darla porque si los chicos se golpean tienen problemas con los directivos o papás, cuando antes no era así. En Estados Unidos, China y otros lugares se ve en las escuelas. En mi caso, quienes vienen a parkour se golpean mucho menos, más allá de que es un deporte de riesgo. En cuanto a lo lúdico, mientras se entrena y buscan objetivos, se da de otra manera, porque somos niños hasta los 80 años. El juego es el mejor camino para llegar a algo. Tenemos nenes de ocho años compitiendo en un nivel avanzado y juegan, aunque diferente a los demás. Al igual que hay momentos durante el año cuando se lo hace más, como las pijamadas, y en otros, menos.
—¿Surgió algún concepto de entrenamiento disruptivo en los últimos años?
—No es nuevo y es la aplicación del gimnasio de musculación y el trabajo de fuerza. Mejoró mucho y se ven niños y gente de la tercera edad entrenando a la par de uno, variando las cargas, mientras antes se decía que era malo. Los ejercicios de fuerza troncales son fundamentales para el desarrollo de la actividad. Tenemos nuestros elementos pero tratamos de derivarlos a un profe que se dedica a eso. Es la base para poder trabajar sin riesgo de lastimarte. Yo lo hago por salud.
—¿Cuál es la ecuación correcta atleta-deportista?
—Hay muchos casos particulares: el que es talentoso es talentoso, pero si el talento está acompañado de todo lo demás, se potencia mucho. Ser atleta no es todo, pero te permite persistir en el deporte, no lesionarte, rendir más, entender cómo funciona el cuerpo y que sea más maleable.