Martes 22 de Agosto de 2023
La primera vez que Mario Daniel Milocco vio un tractor, sintió la necesidad de plasmarlo en un papel, de describir su estructura lo más fiel posible. El primer boceto lo hizo a temprana edad. Logró ciertas similitudes y no se quedó conforme. Continuó una y otra vez hasta alcanzar el nivel de detalle que buscaba. En ese camino descubrió una energía que desconocía y años más tarde encontró las palabras para explicar porqué hace lo que hace: "El arte es placer; es transformador".
Milocco nació en 1957 y celebró sus 66 años el sábado 19 de agosto. Es dibujante, grabador y acuarelista, pero el concepto que lo define más precisamente es el de artista visual. No quiere que lo encasillen en una de las tantas técnicas en las que se destaca. "A veces yo mismo me encasillo", reconoce.
Nació y se crio en el poblado rural de Curtiembre; trabajó y estudió en Paraná y, más tarde, vivió en Buenos Aires. Hoy, desde su casa en la capital entrerriana, crea todos los días alguna obra o se embarca en la búsqueda de nuevas ideas plásticas. La disciplina y el placer son dos combustibles para su arte.
En diálogo con UNO, el artista rememora aquellos días en que dibujaba en el campo a la sombra de un árbol, mientras oía la radio y compartía mates con sus padres; evoca sus años en una agencia de publicidad de Paraná donde conoció el oficio de serigrafista; su paso por la Escuela de Artes Visuales y los años en que se embarcó en la historieta y revivió lo aprendido en el curso por correspondencia con la Escuela Latinoamericana de Arte y en las revistas que le presentaron a Alberto Breccia, Emilio Balcarce, Juan Giménez y otros grandes del noveno arte.
"Si no hay disciplina, no hay meta", sentencia al referirse a su rutina artística. Se define como un defensor del taller, donde el artista debe experimentar y ensuciarse para expresar sus ideas. Y no duda en lanzar palos a cierto sector del arte conceptual que, afirma, son una "chantada".
—¿Cómo llegaste al mundo del arte?
—Para mi fue una cosa de generación espontánea. Es decir, nací con eso. A los tres años empecé a dibujar en el campo. Soy hijo de colonos de la zona de Curtiembre y Hernandarias. Me gustaba mucho dibujar las máquinas y siempre digo que debí haber sido ingeniero o diseñador de máquinas. Me la pasaba dibujando tractores, cosechadoras o aviones, pero no tanto animales, pese a estar rodeado de vacas.
—¿Llegaban las revistas o diarios? ¿Qué leías?
—En mi casa tuve la suerte de que siempre hubo revistas y libros. Mis viejos leían lo que apareciera. Hablo de los años '60 y '70. Desde chiquito siempre iba a la casa de un tío y también había revistas y libros. Recuerdo que un vecino de Curtiembre, cuando yo tendría unos ocho años, puso en mis manos la primera Mecánica Popular, revista norteamericana de artes y oficios muy conocida por esa época.
—¿Y las revistas de dibujo?
—Sí, las revistas El Toni, D 'artagnan, Patoruzú y Patoruzito, todas de editorial Columba. Ahí conocí a (Alberto) Breccia y (Emilio) Balcarce, de la Escuela Panamericana de Arte y otros grandes de Columba. Eso era una usina que estaba en Buenos Aires y yo los conocí en el medio del monte. Luego, entre los 13 y 16 años, hice el curso por correspondencia con la Escuela Latinoamericana de Arte. Ellos te mandaban los trabajos, copiabas y recreabas lo que te pedían. Tenía que ir al correo y enviar todo. A los 15 días me mandaban las correcciones.
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—¿Cómo llegaste al dibujo publicitario?
—Fue por un primo que estaba trabajando en una agencia de publicidad de Paraná, que se llamaba Avero Propaganda. Él les cuenta a uno de los dueños que yo dibujaba. Yo tenía 18 años y estaba todo el tiempo dibujando, en papel y hasta en las orillas de las revistas. Nos sentábamos con mi vieja a tomar mate, abajo de un árbol y yo estaba dibujando mientras escuchábamos la radio. La radio fue una compañía muy potente en mi vida. Mandé unos dibujos y quedé. Era el año 1977. Se armaban los originales en negro y el texto se pegaba letrita por letrita. Estuve trabajando como cinco años y aprendí todo sobre dibujo publicitario y el oficio de serigrafista, oficio que me acompañó por 35 años. En 1978 empecé la Escuela de Artes Visuales. Estuve dos o tres años y me fui a Buenos Aires. Aunque no terminé, me llevé una buena base. Tuve de profesoras a Cecilia Schneider y Gloria Montoya. La escuela tenía cuatro talleres al mes: dibujo, pintura, escultura y cerámica.
—¿Y cómo llegaste a las historietas?
— Dejé la agencia y me fui a Buenos Aires, donde trabajé en talleres como dibujante e impresor. Hacía serigrafía comercial y artística. En un momento me vinieron a ver para hacer los fanzines. Eran los años noventa. Un día recuerdo que la revista Fierro lanza una convocatoria para el suplemento Oxido. Fueron unos 200 dibujantes y guionista. No había lugar para todos. Te recibía Juan Sasturain. Mientras hacíamos la fila surge la idea de empezar a hacer fanzines. Eran los primeros años de democracia y había muchas ganas de publicar. Un día viene a verme un pariente de un primo mío y me propone hacer una revista y empezamos: se llamó HGO, por las iniciales de Héctor Germán Oesterheld.
¿Cómo fue esa etapa?
Empezamos a hacer reuniones en mi casa, en Caballito. La revista primero era en fotocopias y luego se fue profesionalizando. En HGO también fui diseñador. Logramos hacer varios números y hacer exposiciones en el Centro Cultural San Martín y en el Recoleta. Ahora la HGO se reeditó digitalmente. En ese momento participé en la Primera Bienal de Arte Joven de Buenos Aires con una historieta que era una adaptación de un cuento de Rodolfo Walsh que se llamaba "La sombra de un pájaro". Obtuve el primer tiempo.
—¿Tenés alguna rutina?
—Si no hay disciplina, no hay meta. Para lograr un objetivo tenés que disciplinarte, es así. El vuelo creativo viene por otro lado o como parte de eso. Tiene que haber una disciplina porque sino se convierte en un caos. Del caos podés sacar cosas buenas o te puede destruir. Sin disciplina puede pasar un año, mirás para atrás y no hiciste nada. Yo me levanto entre las 6.30 y las 7, de lunes a lunes. Hace siete años que estoy plenamente dedicado al arte, porque también tuve otros trabajos.
El accidente que lo cambió todo
En julio de 2011, Milocco sufrió un accidente vial que terminó por convencerlo del camino que debía tomar. Por entonces atendía un bar ubicado en el Colegio de la Abogacía de Paraná y cuando no estaba allí se daba el tiempo para dibujar o pintar. Cuando viajaba en su moto cerca de Colonia Avellaneda, un auto frenó de golpe en la ruta y el artista no alcanzó a maniobrar. Colisionó el vehículo desde atrás. "Me pude matar. Por suerte sólo me quebré las piernas y la mano derecha. Cuando te pasan cosas así te hace pensar. No son casualidades, sino causalidades. Pareciera que Dios, o quien fuese, me dijo 'te voy a romper la pata así te dedicás a lo tuyo'. Después de eso seguí un tiempo en el bar hasta que decidí terminar en 2015 y dedicarme al arte".
—¿Cómo te definís?
—Me gusta que me digan artista visual. No tanto acuarelista, me jode porque me encasilla. La acuarela es una técnica difícil e interesante y me llevó tiempo manejarla. Quizás yo mismo me haya encasillado por ese afán de hacer las cosas bien. Hoy estoy más con intenciones de abordar el grabado.
—¿Qué opinas del arte conceptual?
—Es una de las cosas que discutimos los artistas en esta época. Hoy cualquiera puede ser artista.
—Tirás una mancha en la pared y listo.
—No, ni siquiera. Te tiro una idea y vos me hacés la mancha. Los que venimos de la escuela anterior defendemos el taller, el concepto del trabajo; de ensuciarse las manos. De experimentar con el color, con las técnicas y la línea. De sentarse a trabajar todos los días.
—Mucha gente no entiende el arte conceptual
—Están quienes lo defienden a muerte, pero también hay chantones que defienden algo indefendible como ha pasado en un salón que pusieron un trapo colgado y dicen que eso es arte. O el otro que ganó 150 mil mangos porque puso un caja de zapatos con cuatro langostinos pudriéndose. Eso es arte para ese sector. No es necesario que sepas manejar el óleo, la acuarela o el círculo cromático.
—Entonces ¿qué es el arte?
—El arte es el hecho de poder expresarte. Es lo que te pasa a vos adentro y lo que pensás del mundo. Tiene disfrute y sufrimiento. Por eso me opongo a una parte de ese arte conceptual que es una chantada. La obra indaga o te lleva a pensar. Por eso es tan importante en la vida del ser humano. El arte es un placer transformador y por eso puede ser peligroso, porque empuja al ser humano a pensar y transforma sus ideas.
Taller
Todos los sábados, de 9 a 12, Mario Daniel Milocco coordina un taller de acuarela en el Almacén de los 33, ubicado en calle Bavio y Courreges, en Paraná.