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Diálogo Abierto

"El cuerpo es como el agua, cuando se estanca, se pudre"

Entrevista con la licenciada Priscila Tourn. La kinesiología y lo holístico de la osteopatía y la Medicina china. ¿Pantallas y celulares transforman el cuerpo?

Lunes 11 de Octubre de 2021

Su propia experiencia deportiva influyó para formarse como kinesióloga y al poco tiempo de ejercer observó las limitaciones de dicho abordaje, que amplió con la osteopatía y actualmente con la carrera de Medicina china que cursa. “Si la osteopatía me abrió la cabeza y pensaba que no había nada más, la Medicina china fue otro tanto”, reconoce la licenciada Priscila Tourn, quien brinda pautas de autoconocimiento y recomendaciones para evitar los efectos nocivos del sedentarismo, malas posturas y uso del celular.

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Deporte, lesiones y un amigo

—¿Dónde naciste?

—En Sunchales, en 1983.

—¿Cómo era tu barrio en tu infancia?

—Sin edificios; mi casa estaba en un lugar privilegiado, a una cuadra de la plaza principal y frente al colegio adonde iba y podía dejar la bici afuera. Creció mucho y ahora es otro panorama.

—¿Otros lugares de referencia?

—La casa de mi madrina, a dos cuadras, una vecina a quien le decía “abuela” y el club, donde pasaba el verano y hacía deportes.

—¿Cuáles?

—Patín, cuatro años, un año de paddle y uno de tenis, hasta que me quedé con vóley, durante toda la secundaria compitiendo en la liga santafesina, y que continúo.

—¿A qué jugabas?

—Con los autitos, a hacerle ropa a las muñecas, correr por la calle y en la terminal, a la escondida, al muerto, al delegado y el carnaval era lo más. Íbamos de vacaciones a Carlos Paz.

—¿Qué actividad profesional desarrollan tus padres?

—Mi papá era tesorero en el banco Provincia, mi mamá ama de casa y luego comenzó a cuidar niños, lo cual hace hasta hoy.

—¿De qué región de Francia es el apellido?

—No sé. El apellido de mi abuela paterna es Lenta, italiano. Mi papá es de San Carlos Centro.

—¿Sentías una vocación?

—Quería ser fotógrafa pero nunca hice un curso y después veterinaria, e incluso como osteópata intenté meterme en esa rama, pero te exigen ser veterinaria. En la adolescencia quería ser psicóloga. Pensaba en ayudar a la gente, un amigo me habló sobre kinesiología y lo pensé, incluso por lesiones que yo había tenido. Es lo que me gusta y la carrera la hice sin renegar.

—¿Leías?

—Desde chiquita y siempre; Elsa Bornemann y Marcelo Birmajer, cuyo libro El alma al diablo conservo y releo.

—¿Por qué?

—Trata sobre la religión de chicos judíos y católicos, que entraban a robar a un barrio, y de un que nene se enamora de una señora mayor… te abre la mirada en cuanto a que somos distintos pero podemos convivir. Es muy bueno y lo leí muchas veces. Luego fue revelador El código Da Vinci y Ángeles y Demonios, de Dan Brown; Cien años de Soledad y El amor en los tiempos de cólera, de Gabriel García Márquez, me fascinaron. Leía unos doce libros por año. Para irme de viaje de estudios trabajé en un video club y ahí me la pasaba leyendo.

—¿Qué materias te gustaban?

—Me iba bien y fui segunda escolta, pero para seguir con mi grupo hice Comercial y me di cuenta de que no me gustaba, aunque me fue bien. Me gustaba Matemáticas, y Literatura me encantaba, al igual que las reglas ortográficas, sobre las cuales eran estrictos.

—¿Por qué estudiaste kinesiología?

—En cuarto año ya lo sabía porque siempre me gustó, más allá de las limitaciones de la carrera que por entonces no registraba. Fue maravilloso vivir en Córdoba y eso que contaba con poco dinero. Siempre estudié e hice cursos, hasta hoy, porque hay muchas ramas para dedicarse.

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Un profesor y José Osemani

—¿Tuviste algún formador o cátedra que te resultó especial?

—Había una persona bastante complicada quien trabajaba en el Hospital de Clínicas y logré acercarme para hacer pasantía, lo cual logré. Me hizo pasar muchos malos ratos pero aprendí a hacer las anamnesis (risas), que es lo más importante. Después de la carrera el gran maestro fue y es José Osemani, el kinesiólogo de Boca básquet y jefe de Kinesiología del Hospital Penna. Llegué a él para ver si podía hacer pasantías y me abrió las puertas. También es escritor y su libro, El constructor de categriales, de ciencia ficción, me resultó revelador. Otros referentes que tuve fueron Diego Rodríguez, el kinesiólogo de (Juan) Del Potro, y Mariano Seara, del circuito ATP, con quienes hice un curso de kinefilaxia.

—¿Revisaste algo sobre tu mirada del deporte?

—Me di cuenta de que el cuerpo tiene que estar disponible en todos sus aspectos, tanto en la alimentación, el sueño y lo psicológico, para rendir bien. En el mundo deportivo son carreras cortas, que son “antifisiológicas”, porque no importa la reparación biológica natural sino la fecha impuesta para ganar dinero y obtener resultados. Eso, por ejemplo, genera artrosis desde joven, al solicitar al cuerpo más que quien no tiene esa profesión. Es fuerte, los deportistas lo saben y también es un tema cuando se tienen que retirar, porque esa adrenalina ya no la tienen más.

—¿Y respecto a vos?

—Me interioricé mucho sobre alimentación y la cambié en función de mis déficits: fui probando alternativas hasta que encontré lo que ahora me confirma la Medicina china, que estudio en Rosario.

—¿Básicamente?

—Dejar de consumir lácteos y harinas, y los horarios de comidas. Hice muchos cambios físicos por entender cómo funciona el cuerpo, no por estética, porque siempre fui delgada, sino por salud, que siempre hay que mejorar. Cuando jugaba al vóley me hacían comer pastas y hoy no es lo mismo.

—¿Cómo es el “mundo Boca” relacionado con tu especialidad?

—Sobraba material, que en otros casos los propios jugadores, por ejemplo, tienen que comprarse las vendas. Permanentemente hay médicos a disposición y es un equipo de kinesiólogos, en un lugar muy bonito.

Voluntaria en Río 2016

—¿Te orientaste hacia el deporte?

—No fue tan fácil insertarme, por ser mujer, aunque ahora está mucho más abierto. Trabajé en el Club Deportivo Libertad, con deporte amateur, y luego me convocaron para el fútbol. También estuve en Sarmiento, de Chaco, en un equipo de liga nacional masculina de básquet que llegó a semifinales, recomendada por Carlos Trolla, quien fue el kinesiólogo que viajó este año a Tokio con el equipo de vóley. Seguía con ganas de trabajar en deporte pero no se me daba, entonces me anoté como voluntaria para los Juegos Olímpicos de Río 2016, donde trabajé como kinesióloga en el policlínico de la villa olímpica. ¡Fue maravilloso y me dio mucho orgullo! Fue un ambiente perfecto y trabajé muy tranquila.

—¿Descubriste algo en el intercambio con colegas de otros países?

—Ya estaba recibida de osteópata, así que me sentía segura. Como país estamos a un buen nivel. Me terminé de convencer sobre la instrumentación (miofibrólisis deacutanea), sobre la cual hice un curso y adquirí esas herramientas. En 2012 había viajado a Venezuela a un congreso internacional donde estuvo un profesor brasilero de la Escuela de Osteopatía de Madrid, a quien luego encontré en Río y trabajé en equipo con él.

—¿Qué te impresionó de los atletas en términos anatómicos y fisiológicos?

—Las estructuras anatómicas tan diferentes según la disciplina deportiva, más allá de que lo había estudiado. Según eso identificabas las lesiones más habituales de cada deporte y por qué se producen. Lo importante es estar en el campo de juego para saber cómo se produjo la lesión, para poder tratarla y luego abordar la prevención en la pretemporada.

Cuerpo y mirada holística

—¿Qué te aportó la osteopatía por sobre la kinesiología?

—Me dio y lo amplié más con la Medicina china, la mirada holística e integral. A mí me aburría un poco la kinesiología porque me interesaba la globalidad y entender, por ejemplo, si cuando eras chico te caíste de un árbol, de un caballo o patinando, y tenés jaquecas o migrañas, tiene que ver, porque es el recorrido de la medula espinal que nace en la nuca y termina en el sacro. También me enseñó que el cuerpo está hecho para el movimiento y no para estar sentado todo el día, y por eso hay que usarlo. Una de las leyes de la osteopatía es la de la arteria, la cual dice que si la circulación sanguínea discurre bien por todo el cuerpo, no se puede instaurar la enfermedad. Somos una globalidad y aplico todo lo que estudié.

—¿Ese abordaje global no existe en la kinesiología?

—Cuando estudié no me lo enseñaron; no sé si habrá cambiado.

El paciente como protagonista

—¿Qué significa la Medicina china en términos de ser un paradigma distinto del que te formaste por enfocarse en la anatomía bioenergética?

—Si la osteopatía me había abierto la cabeza y pensaba que no había más nada, la Medicina china fue otro tanto. Llegué por una paciente quien me comentó sobre un chino, proveniente de Vietnam y muy sabio, que había fallecido y con quien ella se atendía. Me dijo que “trabajando sobre el riñón y el elemento anterior, me solucionó tal cosa”. Le pregunté cómo, me lo explicó, pensé que era buenísimo y comencé a estudiar en Rosario.

—¿Cuál es el mayor desaprendizaje hasta ahora?

—Antes me atribuía el papel de que tenía que solucionar todo pero ahora entiendo que somos meros acompañantes, y si la persona quiere, se curará. Uno empuja al sistema inmunológico, simpático y parasimpático, y le explica a la persona la relación entre emoción y cuerpo. Muchas veces me pasó de explicar y frustrarme porque el paciente no mejora, no entiende o no hace lo sugerido, pero entendí que es quien decide el camino con todas las angulaciones posibles. Me dio una relajación en el trabajo. Igualmente ahora entiendo que al consultorio llegan las personas que tienen que llegar. Igualmente no se utiliza la palabra enfermedad sino desequilibrios entre yin y yang.

—¿Cuál es el mayor déficit de la kinesiología desde esa mirada?

—Lo que desde el principio te explica la Medicina china: que el ser humano está entre el cielo y la Tierra, que éste es nuestro hogar y hay que respetarlo, que todo eso tiene que ver y que la emoción se relaciona con el cuerpo. En kinesiología nos enseñaron muy poco sobre la parte visceral, que sí estudié muy fuerte en osteopatía, pero no analiza las emociones tan profundamente como lo hace la Medicina china, que también dice que el hombre tiene que responder según el ritmo circadiano natural (cambios físicos y mentales durante el día), de día-noche, estaciones del año y los alimentos.

—¿En qué cambiaste personalmente tras integrar las tres disciplinas?

—Soy más observadora de todo, miro bien los espejos que tengo enfrente, elijo todo el tiempo y busco equilibrio, por ejemplo entre trabajo y descanso. Si no escuchás al cuerpo aparece la enfermedad. Igualmente, prestar atención a la alimentación, los lazos afectivos y pensar antes de reaccionar, que es un gran trabajo personal.

—¿Publicás contenidos en las redes?

—Sí, en Instagram, al cual le dedico bastante tiempo, y en Facebook.

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Pantallas, celulares y falta

de conciencia postural

La osteópata destacó la importancia de la conciencia en cuanto a los mensajes que emite el cuerpo como indicadores de malestar, y analizó los efectos del sedentarismo prolongado, y la biomecánica propia del uso del teléfono móvil.

—¿Qué observás en el consultorio tras el confinamiento irracional?

—Lo recurrente es el miedo, que para la Medicina china se relaciona con el riñón, y que resume absolutamente todo lo que puede generar en el cuerpo, tales como rigideces, contracturas o gente que estaba mejorando de alguna dolencia y retrocedió por estar encerrada entre cuatro paredes y con poca relación social. Quienes tienen artritis o artrosis se movieron menos, y si no les agrada la actividad física se pusieron mucho más rígidos.

—¿Aparecieron síntomas que no habías visto?

—No, pero sí en un grado más elevado. En la primera sesión le enseño al paciente sobre la conciencia postural, para hacerle entender que si no trabaja las 24 horas del día sus posturas dirá que la terapia no funciona. Para eso le doy herramientas de auto conocimiento y tratamiento, porque es un trabajo en equipo, al igual que no hay que esperar hasta el dolor agudo. El cuerpo habla a través de las sensaciones y te dice cuando algo le molesta. Me encantaría dar prevención y conciencia postural en los colegios, porque es algo que no se enseña.

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Pregunta sin respuesta

—¿Se está rediseñando la anatomía humana por la dependencia y omnipresencia de las pantallas?

—Con colegas nos hacemos esa pregunta y no sabemos la respuesta, en cuanto a si cambiará la ontogenia y la filogenia a futuro. Nuestra cabeza pesa entre tres y cuatro kilos, sostenidos por el cuello y no pensamos en los músculos que intervienen. Cada vez que nos inclinamos para mirar, leer o estudiar en una pantalla, se triplica el peso, con lo cual sufren las cervicales, por donde pasan nervios que pueden producir vértigo y mareos.

—¿Alternativas?

—Cortar los círculos viciosos y las malas posturas, porque nunca podremos estar perfectos, ya que somos asimétricos. Todos tenemos escoliosis, pero el tema es la sintomatología de cada uno, y a veces no hay que corregir nada cuando no se tiene dolor. En nuestra infancia vivimos sin celular, y agradezco no haberlo tenido porque incluso como adulta me cuesta ponerle un límite.

—¿Cuáles son los órganos afectados?

—Todos, pero lo principal puede ser la vista, por el esfuerzo, padecer bruxismo diurno o nocturno, cervicalgias y contracturas. Las vísceras de nuestro abdomen, desde bajo del pecho hasta la pelvis, en una mala postura se comprimen. Todas las vísceras tienen una motilidad para hacer su función fisiológica y si la caja que las aloja, el esqueleto, se comprime por la mala postura, no podrán trabajar bien y habrá una mala digestión. Todo va de la mano y no se puede disociar.

—¿Recomendaciones?

—El movimiento. Hacer estiramientos, posiciones opuestas a las que solemos hacer, más si estamos sentados mucho tiempo, y especialmente la apertura de la caja torácica; romper las posiciones estáticas prolongadas cada quince minutos, por ejemplo, si estamos con la computadora. Y realizar actividad física, porque se exageran los rasgos articulares, se oxigenan y mejora la circulación, además de que se pone la cabeza en algo distinto al trabajo. El cuerpo es como el agua, si está estancado, se pudre.

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