Domingo 24 de Septiembre de 2023
La espera no es muy larga pero el Albañil se sienta en el borde de la vidriera de un local cerrado en horario de siesta. Las piernas, aunque jóvenes, aguantaron demasiadas horas el peso del cuerpo, las herramientas y los materiales en la obra. Llega el 1. Daniel el Chofer lleva la mitad de su vida al volante: 27 de sus 55 años. Sus jornadas de trabajo se ordenan en la hora y 50 minutos de recorrido entre los barrios Lomas del Mirador y Toma Nueva. Este domingo, 24 de septiembre, celebra su efeméride: el Día del Colectivero.
El Albañil sube y se sienta en la última fila. Es su cuarto y último colectivo en el día. Se levanta todavía de noche en su casa de la Toma, en el extremo norte de la ciudad. y llega al centro en el 1, cuando clarea. La obra queda en el Paracao, zona sur. El 9 o el 11-21 son su segundo y tercer ómnibus, de ida y vuelta. Ahora, cuatro de la tarde, emprende el regreso final a casa. Al Otro Albañil, que sube después, la obra le queda en Oro Verde. Arranca al alba para ir desde su barrio Nueva Ciudad hasta la Ciudad Universitaria. Combina dos veces el 1 y el 6. Son, por lo menos, tres horas diarias entre caminata, espera y viaje. No se queja. Sonríe.
El coche avanza por calle Santa Fe. Ante plaza Mansilla modorrean los Tribunales, la Casa de Gobierno y el Consejo General de Educación. El trayecto hilvana Malvinas, Salta, Güemes y Laurencena, ajetreada con el tráfico hacia el Acceso Norte.
El colectivo bordea El Morro, Puerto Sánchez y se mete en el barrio Thompson, de callecitas estrechas y empinadas y casas que hermosean sin presumir (aunque hay excepciones), balconeando al río. Ahora, Ambrosetti ladea Puerto Nuevo, de casas más bajas y más coloridas. Grupos de juveniles entrenan en la cancha de fútbol al pie de las terrazas verdes del Club Ministerio.
El ruido de la ciudad va atenuando. Luego del rulo que va al Túnel Subfluvial, el estadio mundialista de softbol, a la izquierda, y las canchas de hockey sobre césped y de rugby del Club Estudiantes, a la derecha, inauguran el tramo más tranquilo del viaje. El Hospital Escuela de Salud Mental sobresale, algo gris, algo amarillento, entre el intenso verdor de árboles que lo rodea, lo oxigena. El 1 gana calle Blas Parera. Ancha, despejada y dale con el verde: de un lado, las lomadas del campo del golf; del otro, un pedacito de monte silvestre, aún no loteado. Sube el Tercer Albañil. El nivel que lleva en la mano identifica inconfundiblemente su oficio.
El final llega ante la escuela primaria Maximio Victoria. Calle Jozami divide los barrios Lomas del Golf y Toma Nueva. Es, como dice un vecino, “el límite entre lo pudiente, lo careta, y la realidad”.
Es odontólogo, vive 100 metros dentro del lado “acomodado” y atiende a pacientes de los dos barrios en su consultorio de calle Córdoba, en pleno centro. Uno de ellos lo acercó a una familia de la Toma que le alquila caballos, con los que a veces pasea por los senderos y caminos silvestres que aún quedan en estos rincones de Paraná. Al dentista entraron a robarle a su casa. Le llevaron un televisor, dos bicicletas y un ventilador. Contrastes. Pero asegura está enamorado del lugar.
El “Poli” es uno de los espacios mejor cuidados del barrio. Es una cancha de básquet, pero los vecinos lo llaman así. Es la hora de la práctica de la categoría 9 a 12 años de la Escuelita Deportiva Municipal. Niños y niñas de Toma Nueva y los Arenales se arremolinan en la fila para llevar la pelota picando entre las tortuguitas de plástico y tirar al aro. Ángela, profesora de Educación Física, no puede distraerse mucho del entrenamiento: la ansiedad puede a los chicos y chicas, que se cuelan en la hilera y se disputan la pelota. Nada que un silbatazo no acomode. “No me van a hacer gritar”, les advierte.
Enseña básquet los lunes, miércoles y viernes de tarde a tres grupos de vecinitos que van desde los seis a los 17 años. Además, en un rincón de la cancha un profesor de taekwondo da una clase, menos concurrida pero con alumnitos igual de comprometidos.
Son prácticas importantes porque Toma Nueva/Arenales se prepara para el “Mundialito” que se jugará en pocos días: el torneo de escuelitas deportivas municipales de toda la ciudad. Después del juego, la profesora les da la merienda: hoy son facturas, que esperan en una caja. Las manda la subsecretaría de Deporte Social, que aporta las pelotas, elementos de entrenamiento y, si algún jugador no tiene, ropa y calzado. Es inevitable pensar qué sería de estos gurises y gurisas si no existiera este programa público, estas pelotas, esta profesora.
Un lanzamiento erra el tablero y el balón anaranjado sale disparado fuera de la cancha y se va por la barranca hacia calle Jozami. “Es lo único que falta”, señala la entrenadora, “un alambrado o una red de ese lado”.
Detrás del campo de juego hay un mural extenso y colorido con flores y pájaros. Lo pintaron vecinas, algunas artistas. “Hago teatro”, se presenta una. Cuenta que la pintura embelleció, reavivó el espacio y atrajo a vecinos de la zona. Ahora cada tanto se hacen ferias de emprendimientos. “Este lugar es bellísimo. Estás rodeado de naturaleza, hay espacios amplios y tenés cerca el río. Bajás caminando por cualquier calle y llegás”, valora.
Además, destaca que el asfaltado de calles favoreció la entrada y salida de los barrios. No obstante, en Toma Nueva la mayoría de la calles siguen sin pavimento, donde los vecinos soportan el polvo de la broza, la tierra y la arena, o el barro y los charcos cuando llueve. En tanto, la vecina agrega que el barrio está desprovisto de comercios y locales para resolver los trámites más básicos. Hay un par de kioscos y despensas y gracias. Con todo, prefiere la belleza y la tranquilidad de la Toma, donde vive con su familia hace siete años.
El 1 frena en la parada de la escuela. Un enjambre alumnos trepa los escalones y corre a los asientos. Detrás suben unas cinco maestras. Y al final algunas vecinas, que dan prioridad a la comunidad escolar o se previenen de quedar envueltas en el torbellino de gritos y juegos.
Lautaro el Chofer pone primera y retoma su último recorrido de la jornada. Es colectivero hace ocho años. El bochinche de los escolares es un viaje relajante comparado con los que le tocan los fines de semana. Es que el 1 es la única línea que va a la Costanera y el balneario Thompson y los viernes y sábados se llena hasta el techo de jóvenes ansiosos por bolichear. El suceso se repite en los primeros coches del día siguiente, al amanecer, pero con más alboroto por el influjo de la bebida en los pasajeros enfiestados. “Están los que se quieren pelear arriba del colectivo, los que no quieren pagar, los que quieren subir con alcohol”, enumera el conductor. “Son mil anécdotas”, admite con una sonrisa. Este domingo él también celebra su día.
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