Domingo Mistrorigo: "Me premiaron por artesano y de esa forma descubrí que lo era"

Entrevista con Domingo Mistrorigo, artesano y diseñador. El abuelo, su tallercito y la didáctica. Mandato, universidad y crisis.

08:55 hs - Domingo 18 de Octubre de 2026

Luego de ocho años de estudio y actividad académica, un día observó un video de alguien que trabajaba en madera y decidió que en la exploración autodidacta y las posibilidades de ese material podía haber un futuro profesional y económico distinto de la tradición docente familiar, cambio en el cual incidieron también dos pérdidas importantes en dicho ámbito. El artesano Domingo Mistrorigo relata ese cambio y explica los secretos de su estilo: las asimetrías e imperfecciones, y aconseja cómo emprender.

LEER MÁS: Entrevista Julio Francioni: "Para mí, venir a vender a Entre Ríos es una bendición de Dios"

Armar y construir

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, en 1984, en el sanatorio Rawson; nuestra primera vivienda estaba en calle Esteban de Luca 11, donde viví hasta los cinco años, cuando nos mudamos a calle Sarobe, donde mis padres construyeron su vivienda.

—¿Cómo era aquel lugar por entonces?

—Es una calle diagonal de una sola cuadra, muy rara; con casas bajas. La mía tenía fondo, donde había una Pelopincho.

—¿Lugares simbólicos?

—La Escuela República de Chile.

—¿Cómo viviste la mudanza a esta zona (Sarobe)?

—Nunca lo había pensado (risas). Eran calles de tierra y poco transitadas, por donde andaba en bicicleta e iba hasta la cantera; hice amigos pero no eran tantos, sino más gente mayor de familias antiguas. No estaba el Procrear ni la sede de la Uader; eran terrenos del Ejército, con un gran basural.

—¿Qué veías al salir de tu casa?

—Lo Bergomás, un descampado que de a poco se fue loteando y construyeron viviendas.

—¿A qué más jugabas?

—Armaba cosas y construía casitas en el fondo, porque teníamos un terreno muy grande. Comencé haciendo hockey sobre patines, en Neuquén, y después jugué al sóftbol, hasta los 17 años, que dejé por una lesión en el hombro y porque comenzaba la universidad.

—¿Pensaste en ser profesional del softbol?

—No; no lo proyectaba como si fuera lo único. Comencé jugando con amigos, en Softbol Play, y pasé a Estudiantes.

—¿Otras aficiones?

—Pasaba mucho tiempo con mis amigos, con quienes éramos muy unidos y jugábamos con los videojuegos en línea, a lo cual me dediqué bastante y participé en una competencia de alto nivel.

—¿Qué decías que serías cuando fueras mayor?

—No recuerdo.

—¿Leías?

—Sí, la serie Elige tu propia aventura, aunque mi mayor recurso era la imaginación.

—¿Materias predilectas?

—Difícil; mucho Biología; hice tres años de ingeniería en Informática, pero Matemáticas nunca fue lo mío, y luego me quedaron hacer cinco materias de Agronomía, lo cual disfrutaba mucho, por la genética y la biotecnología.

—¿Tuviste buenos formadores en ambas carreras?

—Sí y los recuerdo con mucho cariño, más que nada a los de Ciencias Agropecuarias, quienes siempre tuvieron palabras de aliento y son personas con quienes sigo charlando.

—¿Qué actividad profesional desarrollaban tus padres?

—Ingenieros agrónomos, en la Facultad de Ciencias Agropecuarias, casa por la cual transité.

—¿De qué región es el apellido?

—Los dos, italianos: Mistrorigo del norte y Benintende de Leonforte, Sicilia.

—¿Quiénes fueron los ancestros que arribaron?

—Mi bisabuelo Benintende, casado con Zin, eran colonos, no sé a qué zona llegaron, cultivaban cebollas en una quinta en calle Maciá y tuvieron once hijos. Mi abuelo estudió, fue docente, llegó a supervisor y encargado de la Escuela Hogar. Mis otros bisabuelos llegaron a la zona de Crucesitas Séptima, y la familia se dividió hacia la zona de Cerrito y ellos a Villa Paranacito, por una gran inundación migraron a Viale y luego acá. Mi abuelo también fue supervisor y mi nona, directora.

Abuelo, herramientas y madera

—¿Cuál era tu relación con lo manual?

—Cuando era niño mis padres trabajaban mucho tiempo, entonces nos repartíamos en las casas de nuestros abuelos, quienes fueron docentes. Mi abuelo materno tenía un tallercito en el cual reparaba cositas de la casa, trabajaba algo de madera, hacía marcos para las colmenas de abejas, de mi tío, y estantes. A los seis años tuve el primer contacto con el quehacer de las manos, hasta los 14.

—¿Qué te enseñó?

—A cortar con serrucho, lo cual hago esporádicamente, clavar clavos, cepillar y nociones de carpintería muy tradicional, que recuerdo especialmente. Fue una de las personas más influyentes en mi carácter.

—¿Heredaste el taller?

—Era un cuartito, pero tengo su banco de trabajo, que restauré y dejé una parte sin hacerlo para recordarlo, y cepillos manuales, que no se usan. Era docente, así que tenía mucha paciencia para enseñar. Falleció unos meses antes que mi mamá.

—¿En el lapso universitario discontinuaste tu relación con la madera?

—Sí, fue hasta que ellos nos cuidaron, crecimos y perdí el contacto con lo manual, lo cual resurgió al final de la carrera de Agronomía, cuando tenía algunas becas y trabajaba en una cátedra.

Crisis, búsqueda y un video

—¿Te proyectabas como ingeniero agrónomo?

—Quería seguir en la docencia y la investigación, falleció mi abuelo y mi madre, se desencadenó una crisis y gracias a Dios estuvo mi hermana menor a mi lado. Volvió de San Pablo, compartimos años viviendo juntos, y durante dos años exploré en materiales. No me veía como docente porque faltaba mucho para generar un ingreso suficiente para mantenerme. Comencé a dar clases en el secundario; esto funcionó y terminé mi cargo en la facultad.

—¿Recreaste los conocimientos obtenidos con tu abuelo?

—Un hito para elegir este camino fue mirando un video con un amigo, seguí a una persona que se dedicaba a las maderas y tablas de cocina, y aprendí mirando.

—¿Hubo algo puntual?

—Los patrones y el trabajo para llegar con la madera a un producto que intenta no tener equivocaciones. Pulir, pulir y pulir hasta llegar a ese objeto hermoso. Vi la complejidad que podía buscarse y lograrse, así que pensé que podía dedicarle tiempo.

Modificar la estructura

—¿Te generaba tensión en función de tu formación?

—Cuando se toman decisiones se miran hacia atrás los hitos que marcan esa línea y es muy difícil girar 90 grados. Como diseñador y artesano también utilizo conocimientos de química, física, biología, taxonomía, y modifico y construyo mis propias máquinas y artefactos.

—¿Y en cuanto a lo estructurado de la mente ingenieril?

—Es un tema, porque la carrera te da una estructura, la cual se comenzó a mover, modificar y se ramificó como un árbol.

—¿Qué desaprendiste?

—Muy buena pregunta (risas). No tengo una respuesta y tendría que pensar mucho. Me costó mucho al principio el diseño, dejar fluir mi creatividad y no generar coherencia con las asimetrías. Mucha gente ve los productos y dice “esto no es simétrico”.

—¿Cómo lo integraste?

—Comencé a hacer los productos, comercializarlos, a la gente le gustó y fue un espaldarazo, al igual que con los primeros premios, que me dieron seguridad.

—¿Cuándo se tornó rentable?

—Produzco todo el año, pero llegó un punto en que tuvimos que elegir las ferias en las cuales participar, porque si es muy larga se deja de producir. Cuando las ventas anduvieron bien en lo extra feria, fue más valioso utilizar el tiempo produciendo. Pero es muy oscilante y estacionalizado, según el producto.

Amigos, parientes y clientes

—¿Con qué tecnología comenzaste y qué mercado imaginaste?

—Comencé en el fondo de mi casa, en un tablón con caballetes, compré una caladora de mano y madera en listones. Las herramientas de mi abuelo eran manuales y estaban guardadas en un cuartito de lo que fue su casa. Mis primeros clientes fueron tres amigos y una señora a quien quiero mucho, como una segunda mamá, que trabajó casi 20 años en casa. Además, para Navidad les regalé a mis dos tías y a mi abuela.

—¿Cuántos te dijeron que estabas loco?

—Encontré un gran apoyo de mi familia, como el caso de mi hermana y mis tías. Este taller era un gallinero, y como mi abuela ya no tenía gallinas lo fui acomodando de a poco hasta lo que es hoy (fotos).

—¿Los diseños eran muy “ingenieriles”?

—Tal cual, muy simétricas, y estaba forzado porque no tenía las herramientas adecuadas. Fui vendiendo más hasta que me interioricé sobre la formación en emprendimiento y diseño.

—¿Por qué tablas para la cocina?

—Confluyó lo que vi en el video, que me gustó por la complejidad, y por otro lado por la relación entre diseño y funcionalidad. Hoy tengo otra mente para ver eso, y me estoy expandiendo hacia lo artístico y el diseño de decoración.

Entrevista con Domingo Mistrorigo: "Me premiaron por artesano y de esa forma descubrí que lo era".

El estilo de la imperfección

—¿La primera semejante a aquello observado?

—Hace seis años, tras un proceso importante. Hoy hago cosas más lindas, con un lenguaje propio.

—¿Cómo lo definís?

—Es difícil: intento respetar lo que la madera me dice, por eso las piezas son únicas y no hay medidas que se repiten, salvo deliberadamente por pedido. Pienso cada producto (ver recuadro), más allá de que puedan ser similares.

—¿Cómo “dialogás” con la madera?

—Al principio sacaba las imperfecciones porque no entendía cómo repararlas ni les veía valor, hasta entender que se pueden soslayar, reparar y que perduren sin afectar la integridad del producto y lo vuelvan único.

—¿Dónde se compra?

—Hay muchos lugares, como BH Maderas y aserraderos, con gente apasionada que te ofrece colores y texturas.

—¿Cuáles usás?

—Cancharana, palta, timbó, muy liviano, jacarandá mimosifolia, lapacho, roble americano, que plantó mi abuelo…

—¿Un descubrimiento?

—La del lapacho es una madera dura y fuerte, y a la vez hermosa.

—¿La más complicada para trabajar?

—El eucalipto colorado, porque tiene una fibra en tres dimensiones, como olas, pero una vez pulida es de las más linda y tiene un tornasolado impresionante por eso mismo.

—¿Qué lugar te gustaría conocer por alguna en particular?

—El sudeste asiático, por los manglares y especies muy grandes, hermosas y raras. Acá tenemos la selva amazónica, en Misiones, de donde nutro gran parte de mi paleta. Hay maderas que no conozco, como los robles y maderas del sur.

—¿Qué proceso hay tras cortar?

—Seleccionar las más estables, dejar secar durante mucho tiempo y comenzar a tornear, de a poquito.

—¿Qué tiempo demanda la producción de una tabla?

—Tres horas, aproximadamente, si fuera secuenciado, pero no ocurre. Hay que sanear las piezas, cubicarlas, pegar, son 24 horas, y el procesamiento durante cuatro días, con cepillo, garlopa, hacer perforaciones, bordes y canaletas, y lijar. Luego otros cuatro días de curado.

—¿Devoluciones curiosas?

—En los comienzos había gente que decía que eran de melamina o madera pintada, hasta que les mostraba los nudos.

—¿Cuándo comenzaste con otros productos?

—Las tablas fueron necesarias para aprender a pegar bien las mezclas de maderas, con productos aptos para comida. Pasé a los cuencos y barras de cocina; y aprendí a trabajar con metal y soldar, para los muebles por encargo.

Hogar, esposa y cajitas

—¿Mantenés la misma tabla en tu hogar?

—Me hice una hace seis años con requechitos que sobraban.

—¿Qué más hiciste para vos?

—Tres veladores tipo spot, torneados, para mi escritorio, y veladores curvos, a mano, regalados a mi señora.

—¿Qué te pide?

—Ya dijo “basta de traer cosas”, como cajitas para anillos y alhajas.

—¿Qué diría tu abuelo si ahora entra al taller?

—Se quedaría conmigo y me encantaría que lo viera; siempre pienso en eso, aunque si estuviera, tal vez esto no existiría. Plantó la semillita de la madera, estuvo dormida muchos años y apareció porque estaba ahí.

—¿Publicás contenidos?

—En DM Diseños en Madera, en las redes y en la tienda virtual.

Las maderas de descarte y la búsqueda de una belleza única

Mistrorigo destaca los factores determinantes para emprender, y agrega explicaciones sobre su “diálogo” con la madera y la imperfección como posibilidad de belleza única.

—¿Claves para emprender?

—No es incompatible con otra actividad que al principio hay que compatibilizar; la clave es el tiempo que se le dedica. Las capacitaciones son fundamentales para crecer, porque hay que conocer de muchas disciplinas: lo contable, financiero y económico, además de lo que se hace, y ni hablar si se registra la marca, por lo legal; ser fotógrafo, community manager… siempre hay para aprender y charlar con otros emprendedores, porque hablan el mismo idioma.

—¿Cuál fue el primer salto cualitativo técnicamente?

—El aprendizaje fue paulatino y autodidacta, porque no tuve un mentor o guía, al igual que con la maquinaria. Pude investigar y buscar información porque tengo cierta formación y método, aunque fue a prueba y error, hasta pulir cada uno de los detalles y considerar que era aceptable.

—¿Y lo artesanal?

—En 2019, con cuatro años de trayectoria, me anoté en la Feria del Sol y la Luna, de Santa Fe, y fiscalicé, y en el Encuentro Nacional de Artesanos me dieron el premio al mejor paño. Me premiaron por artesano y descubrí que lo era. En 2023 hubo un concurso de piezas únicas en el Museo de Artesanías Carlos Asiaín y obtuve una mención especial por un cuenco y mi registro de artesano calificado.

—¿Qué te nutre artísticamente?

—No sigo una línea; miro imágenes, colores y paisajes, y los descompongo. Me gusta pensar que mi proceso es generar las piezas, agruparlas como me parece y respetar sus formas, como belleza, ya que suelen tener detalles, nudos, imperfecciones y rajaduras, sobre todo en las maderas que utilizo, que son piezas cortas y de descarte de la industria. Hace una forma única, por la dialéctica entre lo que se agrupa y cómo se arregla o une.

—¿Cómo es la relación entre la maquinaria y lo artesanal?

—Ayuda mucho al trabajo, sobre todo con las maderas nobles, que generalmente son duras, por una cuestión de no obsolescencia y funcionalidad del producto. Baja los tiempos de producción y relaja el trabajo manual, si bien es muy arduo.

—¿Cuál es la herramienta más noble?

—El torno, que permite trabajar con las manos y por su vastedad. Al hacerlo con piezas de descarte y de distintas medidas necesitamos construir piezas más grandes, por eso surge el pegado de las maderas, cuyo secreto es superficies muy planas, además del secado. Todavía siento que no sé nada con esta herramienta y pienso en alguien que me enseñe tornería.

—¿Cómo te llevarías con un robot humanoide?

—¡Aaahhh! (risas), vamos a ver en el futuro. Si Dios quiere seguiremos con las manos. Hacemos piezas únicas para que la gente las quiera mantener.