Paraná, la batalla de "farmear aura" y una pregunta incómoda: ¿por qué tanto odio?

La primera batalla de "farmear aura" en Paraná desató críticas y burlas. Entre el rechazo y la defensa de los jóvenes, vuelve una pregunta: ¿por qué tanto odio?

13:42 hs - Martes 18 de Agosto de 2026

La primera batalla de "farmear aura" realizada en Paraná y su posterior réplica en distintos puntos del país no solo expuso una nueva moda juvenil nacida en las redes sociales, sino que también reabrió una discusión más profunda: cómo reaccionamos cuando una generación encuentra nuevas formas de divertirse que no comprendemos, nos parecen absurdas o simplemente desafían nuestras propias ideas.

"Farmear aura" es una expresión surgida del lenguaje de internet, los videojuegos y el animé. El concepto combina el término "farmear", utilizado originalmente para referirse a la acumulación de recursos, con "aura", una palabra que en el lenguaje digital comenzó a asociarse con el carisma, la presencia o la capacidad de generar admiración. Con el tiempo, la expresión dejó de ser solamente una tendencia de internet y pasó al espacio físico, donde jóvenes se reúnen, compiten y realizan distintos desafíos frente a un público que también forma parte del juego.

LEER MÁS: Farmear aura: el fenómeno viral que llegó a Paraná

De los floggers a "farmear aura": cambia la moda, no el prejuicio

La llegada de estas batallas a las plazas resulta particularmente llamativa porque contradice uno de los reproches más frecuentes hacia los adolescentes de hoy: que pasan demasiado tiempo frente a las pantallas, que no salen de sus casas y que han perdido los espacios de encuentro presencial. Sin embargo, cuando un grupo de jóvenes efectivamente se reúne en un espacio público, realiza una actividad física y encuentra una forma propia de entretenimiento, la crítica vuelve a aparecer, aunque por motivos diferentes.

Para algunos, "farmear aura" no es más que una moda absurda y pasajera. Para otros, representa una forma de socialización que permite a los jóvenes encontrarse, divertirse y compartir una actividad fuera del ámbito digital. En medio de esa discusión hay una cuestión que debería ocupar un lugar central: una práctica no tiene que resultar atractiva o comprensible para todos para que quienes la realizan tengan derecho a disfrutarla.

La reacción en redes sociales, sin embargo, mostró también una cara mucho más preocupante. Junto con los videos de las batallas aparecieron insultos, burlas y comentarios que incluso reivindicaron el bullying como una respuesta frente a estas nuevas expresiones juveniles. La contradicción resulta evidente. Durante años se insistió en la necesidad de combatir el acoso, proteger a los adolescentes y construir espacios de convivencia, pero frente a una moda que genera rechazo reaparece el viejo argumento de que burlarse del diferente sería una manera válida de ponerlo en su lugar.

La historia demuestra que esta reacción no es nueva. A fines de los años 2000, los floggers se convirtieron en una de las expresiones más visibles de la cultura adolescente argentina. Los chupines de colores, determinados peinados, las fotografías y el uso de Fotolog construyeron una estética reconocible que despertó tanto entusiasmo como rechazo. Se los acusó de narcisistas, superficiales y excesivamente preocupados por su imagen, mientras que las diferencias con otras tribus urbanas derivaron, en algunos casos, en enfrentamientos y episodios de violencia.

Con el paso del tiempo, aquella moda perdió protagonismo y los floggers quedaron como una postal de una época determinada. Lo que había sido presentado por algunos como una muestra de superficialidad o como una amenaza cultural terminó siendo, simplemente, una de las formas mediante las cuales una generación construyó su identidad. Algo parecido ocurrió con los emos, los punks, los cumbieros y otras tribus urbanas que fueron cuestionadas por su estética, sus gustos o sus lugares de encuentro.

Hoy la dinámica se repite con nuevos protagonistas. Las tendencias de TikTok, los gamers, los otakus, los llamados therians y otras expresiones nacidas en internet construyen códigos que aparecen y desaparecen con enorme velocidad. Cambian las plataformas, la ropa, la música y el vocabulario, pero permanece una necesidad propia de la adolescencia: encontrar pertenencia, diferenciarse y construir una identidad junto a otros.

Por eso, quizás sea necesario preguntarse si cada nueva moda juvenil representa realmente un problema o si, en muchos casos, simplemente estamos frente a formas de expresión que no reconocemos. No todo lo que hacen los jóvenes tiene que ser productivo ni responder a una finalidad concreta. Reunirse, competir, divertirse, experimentar con una estética o participar de una actividad que desde afuera puede parecer absurda también forma parte de crecer.

Eso no significa que cualquier conducta deba ser aceptada. Existen límites claros cuando aparecen la violencia, el acoso, la discriminación, el daño a terceros, la destrucción del espacio público o cualquier comportamiento que ponga en riesgo a otras personas. Pero establecer esos límites es muy diferente de considerar que una práctica merece ser atacada simplemente porque resulta extraña o ridícula.

La diferencia se vuelve todavía más importante cuando aparece la reivindicación del bullying. Cuestionar una moda es una opinión; defender la humillación como mecanismo para corregir aquello que no nos gusta es otra cosa. Una sociedad que durante años trabajó para visibilizar y combatir el acoso no debería convertirlo nuevamente en una herramienta de castigo frente a aquello que considera diferente.

El fenómeno de "farmear aura", entonces, puede ser leído como algo más que una tendencia pasajera. También funciona como un espejo de la relación que los adultos mantienen con las nuevas generaciones. Los jóvenes no tienen la obligación de reproducir las costumbres, los gustos ni las formas de entretenimiento de quienes fueron adolescentes antes que ellos. Cada generación construye sus propios códigos y, con el tiempo, muchas de esas prácticas desaparecen para ser reemplazadas por otras.

Es probable que dentro de algunos años "farmear aura" haya quedado atrás y que quienes hoy participan de estas batallas recuerden aquella etapa con vergüenza, humor o nostalgia. Eso también forma parte del proceso de crecer. Lo que debería preocuparnos es que una moda pasajera termine convirtiéndose en una justificación para la humillación colectiva.

Los floggers pasaron, como también pasaron otras tribus urbanas. Las plataformas cambiaron y las tendencias continuarán cambiando. Lo que permanece es la necesidad de los adolescentes de encontrarse, pertenecer y construir una identidad propia.

Por eso, frente a una plaza llena de jóvenes participando de una actividad que puede parecernos absurda, la pregunta más razonable no debería ser por qué no se comportan como nosotros, sino si realmente están haciendo daño. Si se reúnen, comparten con sus amigos, realizan una actividad física y ocupan un espacio público sin perjudicar a terceros, quizás haya en esa escena una dimensión mucho más saludable de la que estamos dispuestos a reconocer.

El límite, entonces, no debería estar determinado por cuánto nos gusta o nos disgusta una moda juvenil, sino por sus consecuencias concretas. La discusión sobre "farmear aura" puede desaparecer tan rápido como apareció. La pregunta que quedará, en cambio, es mucho más profunda: si somos capaces de aceptar que una nueva generación construya sus propias formas de diversión sin que cada diferencia sea interpretada como una amenaza.

Porque una cosa es no entender a los jóvenes. Otra, muy distinta, es creer que por eso tenemos derecho a humillarlos.