Entrevista con Federico de la Serna, orfebre. El dibujo, Van Gogh, Leonardo y Penthouse. Belgiorno, una escuela. Plata inaccesible y plata inflada.
13:11 hs - Domingo 26 de Julio de 2026
La pregunta es aplicable a numerosas actividades y profesiones en las cuales la mano de obra humana ya es reemplazada por robots humanoides. En este caso, Federico de la Serna analiza la supervivencia o no, al igual que aspectos sorprendentes, de un oficio nacido en el neolítico: la orfebrería.
Caballito, desconocido
—¿Dónde naciste?
—En Caballito, ciudad de Buenos Aires.
—¿Cómo era en tu infancia?
—Es un barrio emblemático, con mucho movimiento y de hecho tiene la esquina de Rivadavia y Acoyte, la con mayor movimiento del país. Primero fui a un colegio industrial, el Huergo, y luego al Nacional 17.
—¿Lugares que te resultaban simbólicos?
—El (monumento al) Cid Campeador y el Parque Rivadavia.
—¿Qué se veía al salir de tu casa?
—Casas bajas y algún edificio.
—¿Hasta cuándo viviste allí?
—De ahí me mudé a cinco cuadras y en la zona estuve hasta los 32 años. Cuando me fui a vivir solo me mudé a Villa Crespo, a 13 cuadras de la casa de mi vieja, donde iba caminando.
—¿Cuándo fue la primera transformación urbanística importante?
—Cambiaron muchas direcciones de calles; la que más se transformó fue Villa Crespo, aunque ahora voy a Caballito y no lo reconozco, como sucede con avenida Pueyrredón, por la cantidad de plantas, edificios, locales y máquinas para que la gente haga ejercicio.
—¿A qué jugabas?
—Cuando llovía, íbamos al Parque Rivadavia, le sacábamos los frenos y andábamos en bicicleta, y después hice artes marciales.
—¿Alguna afición?
—Ahora hago teatro.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi viejo era óptico y mi vieja, maestra.
—¿Por qué viniste a Paraná?
—Me casé con una persona, de la cual estoy separado, que es de acá y conocí allá. Fue en 2007.
—¿Cómo viviste el contraste en cuanto a la ciudad?
—Estaba mucho menos evolucionada que ahora, ya que hubo un cambio enorme. Hoy hay un polo gastronómico que es 15 veces mayor que el de antes, y la actividad artística y salas de cine crecieron exponencialmente.
—¿Qué se te dificultó para integrarte?
—Encontrar una actividad o recurso que me llenara, que encontré con el teatro, más allá de que mi trabajo también es mi hobbie.
—¿Y en cuanto al ritmo?
—No me costó, porque allá ya había bajado la velocidad en mi vida.
El dibujo y lo manual
—¿Sentías una vocación?
—Quería ser químico industrial pero me di cuenta de que era un burro para las ciencias exactas. Siempre me defendí bien con lo manual y la creación. Me metí en la gráfica y entré en dos agencias de publicidad, una que no recuerdo y la otra fue Hado, que trabajó en la campaña de (Raúl) Alfonsín.
—¿Cómo era la relación con lo manual?
—Dibujaba; miraba mucho a (Hansa) Giger, la primera etapa de Van Gogh, que me gusta más como dibujante que como pintor, y los dibujos a plumín con punta de plata que hacía Leonardo, sobre un papel tratado con plata.
—¿Con quién aprendiste?
—Fui bastante autodidacta, copiaba y estuve en atelieres, uno de ellos de Federico Coscio, discípulo de (Juan Carlos) Alonso. En los 90 decidí ingresar en Belgiorno y dedicarme a la joyería, por sobre el arte, porque la publicidad no iba y mi mejor amigo, Darío Morteo, me lo propuso mientras yo veía qué hacía. Me quedé 19 años y aprendí todo. Comencé como cadete, luego su padre me mandó a soldar, y después al taller, donde aprendí de gente que tenía 50 años de oficio. Fue un local escuela y después me permitieron meter diseños míos.
—¿Un gran maestro?
—Juan Morteo fue muy influyente porque me abrió la puerta para poder dibujar y hacer, y mi amigo Darío me redireccionó hacia dónde tenía que ir.
—¿Leías?
—Bastante, ciencia ficción; después, la historia argentina, pero desde 1400 a 1810 ya que el resto no me mueve el amperímetro.
—¿Alguno autor influyente?
—(Isaac) Asimov y (Ray) Bradbury, luego Stephen King, Kafka y algo de William Blatty, autor de El exorcista, y Philip Dick, autor de The Minority Report.
—¿Te levantabas minas haciendo piezas y regalando?
—No, pero dibujaba minas en bolas de la Penthouse y las cambiaba por un pancho y una Coca Cola en el colegio. Con las piezas, cuando he regalado, la pegué con todas.
Técnica y creatividad
—¿Qué aprendiste primeramente en la joyería?
—En un trabajo de cuños para esclavas de los signos del zodíaco tuve que copiar y arreglar las fotos e imprimir; después tomé cursos sobre cera, gemología y diseño, donde hay mucho de creatividad y técnica.
—¿Cuántos oficios engloba esta actividad?
—Marquetería, gemología, manejo de materiales orgánicos e inorgánicos, esmalte y metales.
—¿Cómo hiciste si no te llevabas bien con la química?
—Es otra cosa, porque más que química es el manejo del calor y cómo reaccionan los metales cuando los tenés en el crisol donde los fundís.
—¿Cuándo te sentiste apto?
—Al soltarme la mano me dijeron “diseñá”, porque saben que estás en la misma órbita de ellos, la del local, lo cual no es poco, porque es la platería número uno de Argentina. Se inspiran en el estilo escandinavo de la joyería danesa Georg Jensen, que me encanta por la pureza del diseño.
—¿Un momento especial?
—Cuando aprendí a hacer marquetería, combinándola con la plata. Belgiorno no utiliza ni astas ni huesos, solamente quebracho. Yo abrí el espectro y trabajo maderas semiduras y ahora hay maderas blandas, por los colores, que también se trata con barniz o goma laca, para impermeabilizarlas. También combino madera y huesos, más allá de que sigo viendo hacia dónde va Belgiorno. La última vez que fui encontré anillos que tienen espesores de hasta 4 mm, cuando la norma marca que no, porque tiene que ser amoldable, y de eso surge un estilo que se llama Para bellum (para la guerra), que yo hago.
—¿Qué determina un estilo?
—Es cuando, cambiés lo que cambiés sobre lo que estás haciendo, quien está enfrente ve que sos vos, o sea que la columna vertebral no cambia. Eso puede ser la terminación de las piezas, el volumen y las combinaciones de los elementos.
—¿Por qué Pallarols es tan destacado?
—Porque domina muy bien lo que hace, aunque hay otra gente que la mueve como él y más, como (Emilio) Patarca, un excelente dibujante y con ideas extraordinarias. Pero quien le juntaba la cabeza a todos era Héctor Carreras, ya fallecido, que tenía una terminación que parecía a máquina. Se trabaja, como máximo, con tres niveles de soldadura, mientras que él lo hacía con seis, a diferentes temperaturas.
La plata, por las nubes
—¿Qué innovaciones hubo, desde que comenzaste, en cuanto a la estética?
—La incorporación de elementos, lo cual no quiere decir que yo tenga más, porque Belgiorno utilizó el acrílico cuando yo nunca lo hice. Me estoy metiendo más con la combinación de cuero y alpaca, que es más noble que la plata para elaborarla, y otros elementos. Después de la pandemia tuve que reinventarme porque la plata trepó en su valor y me di cuenta de que el 90% de lo que elaboraba comúnmente era irrealizable, porque no lo podía poner a la venta. Tenía dos productos que los hacía en alpaca y se vendían, así que me orienté hacia ahí y me salvó.
—¿Qué sucedió con la plata en el mercado internacional?
—Los metales finos quedarán para algunas cosas, ya que sus valores son estratosféricos.
—¿Como sucedió con el oro en su momento?
—Terminará pasando eso. Hoy elaboro 95% en alpaca y el resto en plata.
—¿Y antes?
—El 95% era en plata. La gente busca un estilo y el metal importa un poco, porque también cambió a nivel internacional. Hace miles de años con la orfebrería, que trabaja el oro, o la joyería, se buscaba transmitir lo que éramos: soy casado, entonces me cuelgo un diente; me dedico a la farmacopea, me cuelgo ramas petrificadas, o si soy rastreador, ando con un bastón. En el barroco se comenzó a contar sobre el estatus, entonces me lleno de piedras como rubíes y diamantes para demostrar lo que soy. Hoy los brillantes se usan pero mucha gente se está volcando al pulis o a la moissanita, brillantes artificiales, para no hacerle el caldo gordo a los extractores de los famosos “diamantes de sangre”. Cambió mucho, las combinaciones son muy libres y cada uno se pone lo que le gusta.
Orfebrería en tiempos de IA
—¿Cómo cambia al oficio todo esto?
—Abre un rango de 360 grados; en lo técnico el cambio es poco pero sí en el diseño, por la inteligencia artificial. Ahora boceto y le digo a la IA que lo termine, por ejemplo, con hiperrealidad, y lo imprimo.
—¿Qué herramientas se utilizan y cómo evolucionaron?
—El trépano, originalmente, era utilizado por los sumerios para trepanar cráneos, de ellos pasó a los egipcios, que lo perfeccionaron al cambiar la punta, y lo usaron para el metal y la piedra, llegó a Europa, donde lo reemplazaron con un movimiento a pedal y llegamos al torno colgante de hoy, aunque la técnica es la misma.
—¿En qué medida la IA modificará lo artesanal?
—Trabajamos de una forma bastante artesanal. En 2025 estuve en Chicago con mi amigo de la joyería, fuimos a comprar herramientas a una casa especializada y no sabían lo que es un Am-Flex, una rueda de esmeril que se pone en la pulidora industrial y sirve para esmerilar, por ejemplo, 20 anillos en diez minutos. Nos miramos sorprendidos; le tuvo que preguntar al dueño, quien hizo memoria y recordó.
—¿Por qué no sabía?
—Porque hoy hacen un boceto, lo depuran con IA, lo pasan a una máquina que lo traduce a la cera con impresión 3D, que lo hace en el material preparado para mandarlo y fundirlo. Nosotros no. Cualquier local de calle Libertad o Argúas tiene cuatro o cinco veces más herramientas que aquella gente.
—¿Sobrevivirán los orfebres artesanales o serán reemplazados por robots humanoides?
—La misma gente que pide un mundo tecnológico pide algo hecho a mano, así que quien lo haga artesanalmente sobrevivirá. No creo que el oficio desaparezca del todo.
El mundo y la aldea
—¿Qué papel juegan los chinos?
—Están en el banco de suplentes y seguirán, porque copian lo que hacen los franceses, quienes en cuanto a técnica de trabajo y escuela son la vanguardia y muy detrás están todos los demás.
—¿Y en diseño?
—Los italianos y la escuela escandinava, y en cuanto a simpleza y buscar lo distinto, los japoneses.
—¿Cómo afectan al negocio las crisis recurrentes de Argentina?
—Donde trabajaba tenían una infraestructura armada que podían mover poco y en cuanto a diseño no cambiaban ni un ápice, porque tienen una columna vertebral extremadamente sólida.
—¿Pero cómo fluctúa según la situación económica?
—Acá ha sido muy parejo. La cantidad de gente que pasa por acá no es la de la peatonal o avenida Santa Fe, de Buenos Aires. Por este lado cuesta más remarla y que te conozcan. Tengo una franja de gente que le gusta mi estilo pero siempre costó la comunicación.
—¿Cuál es el factor determinante en el precio de una pieza?
—Lo marca el local. Yo puedo vender un gramo a 100, Cartier, a 3.000.
—¿Qué hay que tener en cuenta al momento de evaluar una pieza?
—Primero, el peso, la relación tamaño-peso; los italianos inventaron la plata inflada, que es una cagada, porque si se golpea, se abolla. También la casa donde se compra y detalles muy finos como la soldadura, que puedo ver yo. En cuanto a las piedras, no podés distinguirlas, porque hay resinas que imitan todo. Te pongo una piedra de moissanite y entrás con todo como si fuera un diamante talla brillante.
—¿A vos te puede engañar alguien?
—En cuanto a piedras, cualquiera, porque no tengo un microscopio, donde se puede ver que la moissanite no refracta el rojo, como sucede con el diamante.
—¿Qué aleaciones te llaman la atención?
—Los tanos, para ahorrarse el paladio que lleva el oro blanco, crearon una, la cual es una cagada porque arruina el oro. También hay soldaduras compradas a las cuales le ponen químicos y cadmio, que es jodido para trabajarlo. Así que hago soldadura pura.
—¿El paladio es más caro que el oro?
—25% más.
—¿Una pieza curiosa que tuviste que hacer?
—Una pulsera con cráneo de vaca, que quedó una maravilla y raro, para un diseñador de arquitectura proyectiva, argentino.
—¿Y una pieza que te llegó para arreglar?
—Acá, lo que me trae la gente es muy clásico, porque el paranaense lo es, aunque sí me han traído cosas muy destruidas.
—¿Dónde te gustaría viajar para apreciar una pieza?
—Quisiera estar delante de la máscara de Tutankamon, porque cuando supe que la hicieron a martillo se me partió la cabeza. Vi otras cosas de los egipcios que tampoco entiendo cómo lo cortaron y vaciaron, como un sarcófago de granito alabastro que es perfecto. En joyería existe la piroxilografía, en la cual se trabaja una piedra transparente en la cual se logra una imagen tridimensional en su interior. Los persas lo hacían 2000 años antes de Cristo y dentro dibujaban renos. ¡Por Dios, qué herramientas usaban!
—¿Cómo se hace hoy?
—Con tornos colgantes de punta de diamante y agua para que no se parta la piedra. Conocí dos piroxilógrafos y tampoco lo entendían.
Una forma de enseñar y aprender, a la vieja usanza
Adaptado a los tiempos que corren e incorporando el uso de los recursos brindados por la digitalización, De la Serna mantiene el formato de enseñanza propio de cuando la relación entre maestro y aprendiz se caracterizaba por ser viva, práctica y personal.
—¿Qué habilidades son necesarias para el oficio?
—Habilidad motora mínimamente buena en las manos, y facilidad para las formas y el diseño.
—¿En cuánto tiempo se aprenden los fundamentos?
—En un año: talar, soldar, esmerilar, limar y pulir. Aleatoriamente, está el diseño y la fundición, y en tercer lugar, la talla en cera, para hacer lo que no se puede en chapa.
—¿Qué los motiva a quienes desean aprender?
—Son personas de entre 25 y 60 años que quieren hacer sus cosas o para regalar, pero básicamente buscan momentos, pertenecer a un lugar donde aprenden y la pasan bien.
—¿Qué evaluación hiciste de las posibilidades del mercado al llegar a Paraná?
—Para entrar, compré una serie de productos para poner a la vista, y elaboraba los míos. Sucedió que se vendía únicamente lo que yo elaboraba y lo otro no, así que fui metiendo más de lo mío, hasta que me quedé sólo con eso.
—¿Qué preferencias tienen, al momento de comprar, quienes pertenecen a la generación cristal?
—Mi rango de venta en cuanto a edad es a partir de los 28 o 30 años y menos es muy raro.
—¿Es una buena alternativa laboral?
—Puede ser, porque hoy dominás el mundo; estás acá y le vendés a alguien de Tucumán. Depende de cómo elaborés, cómo te presentás y mostrás en las redes.
—¿Con la plata se puede hacer buena plata?
—Depende de hacia dónde vayas o lo que quieras. En mi caso, no me muevo de lo que hago. Tal vez comprando metal y revendiendo hago tres veces más plata que lo que hago, pero no es lo mío. Mi sangre es esto.
—¿Cuál es tu momento de mayor placer en el taller?
—Está compartido entre un nuevo proyecto y cuando me siento en el tablero.
—¿Qué te inspira?
—¡Oh, la música! A veces estoy durmiendo, me despierto, pienso en algo y me siento en el tablero, aunque, obviamente, hay una metodología, que enseño.
—¿Cómo administrás el uso del teléfono en el aprendizaje?
—Primero quiero que boceten y dibujen, aunque no logro que hagan una ficha técnica como las que hago yo.
—¿Los cursos están abiertos?
—Sí, se puede comenzar cuando quiera, los 365 días del año, porque trabajo con la persona, es un taller y no una escuela. Una hora y media por clase, una vez por semana y también se trabaja en la casa.
—¿Publicás contenidos?
—En Instagram, de.la.serna.plateria.