Entrevista con Analía Bosque, cantautora. La tía y sus acordes. De Sergio Denis a Chabuca Granda. Escuela que no sirve. Spotify, IA y sensibilidad.
14:25 hs - Domingo 10 de Mayo de 2026
(DLa destacada autora y compositora Analía Bosque analizó el panorama musical y de aprendizaje en el contexto de la era digital y tecnotrónica, con robots que cantan y la inteligencia artificial que crea canciones, a la vez que reseñó el proceso de decadencia originado, según opinó, en la década del 90. La intérprete y arregladora se refirió también a sus referentes artísticos y las canciones que llevaría a una isla sin conectividad.
Canciones y melodías precoces
—¿Dónde naciste?
—En Paraná; me crié en calle Diamante hasta los siete años, cerca del cementerio y en un complejo de departamentos, y luego me fui a calle Nux, detrás del parque.
—¿Cómo era aquella zona en tu infancia?
—Muy arbolada, tranquila, sencilla y con gente amable; recuerdo la vereditas coloridas a rayas, por donde andaba en bicicleta, y los frentes de las casas con vidrio.
—¿Qué visión tenías del centro?
—Cercana; íbamos a la Escuela del Centenario, caminando.
—¿A qué más jugabas?
—A la payanca, la rayuela, la cuerda, el elástico, la cachada y la escondida, y nos peleábamos con los chicos.
—¿Desarrollaste alguna afición?
—Estudié piano desde chiquita, siempre amé cantar y hacer mis canciones, aunque no sabía nada de música.
—¿Lo hacías naturalmente?
—Sí, desde los once años.
—¿Qué presencia de la música había en tu cotidianeidad?
—Se escuchaba la radio y casetes, pero no era tan marcado, aunque cuando comencé, fue diariamente.
—¿Qué actividad profesional desarrollan tus padres?
—Mi papá es ingeniero geógrafo, nació en Santiago del Estero, y mi mamá, ama de casa, pero siempre digo que es artista porque pinta, cose, teje y hace cosas muy lindas.
—¿Por qué el piano?
—Quise aprender porque veía que presionabas, sonaba algo y lo podías combinar, mientras que la guitarra es más difícil, porque si no pisás bien no suena bien.
—¿Y lo de escribir?
—No sé; eran canciones para mis amigas, familia y los chicos que me gustaban, o inventaba historias de amor. Tenían su melodía.
—¿Encarabas a los chicos con tus canciones?
—Nunca se enteraban porque quedaban en secreto en mi cuadernito.
—¿No las mostrabas a nadie?
—No, era mi mundo; las cantaba a la siesta, solita.
Pasión romántica
—¿Qué más cantabas?
—De los románticos como Sergio Denis, pero no lo pongas (risas) y de Luis Miguel, que ahora no me gustan.
—¿Otros referentes?
—Las mujeres que me deslumbraron las conocí después, como Violeta Parra, Chabuca Granda y María Elena. Estaba Mercedes Sosa pero no la conocía mucho, porque en mi casa no se consumía.
—¿Leías?
—Muchísimo, siempre me gustó y leo casi compulsivamente. Luego comencé a leer sonetos, recopilaciones y antologías, y me enganché mucho con la revista Lea, sobre literatura y autores. Cuando visito un lugar me gusta comprar libros de autores locales.
—¿Los primeros libros influyentes?
—Mujercitas, El Principito, y Platero y yo.
—¿Vinculabas literatura, música y canto?
—Sí, porque refinaba el lenguaje y la expresión.
—¿Sentías una vocación?
—No recuerdo; tal vez pensaba que sería cantante.
Piano, rítmica y recreo
—¿Cómo fue la primera clase de piano?
—Se comenzaba con solfeo, leer las figuras y marcar los tiempos, lo cual me encantó, porque codifiqué lo rítmico.
—¿Lo relacionaste con tus canciones?
—No, porque era aplicado al piano.
—¿Qué te resultó esencial de esa formación?
—Los acordes, al combinar varias notas.
—¿Cuánto le dedicaste?
—Era chiquita y comencé a los ocho años, así que me gustaba más jugar que tocar el piano, y lo hice hasta ingresar a la secundaria. Luego estudié con otra chica que me preparó para ingresar a la universidad, donde estudié la licenciatura en Música, con orientación en guitarra, aunque hay que manejar el piano.
—¿Materias predilectas?
—Lengua; a Música no la hacían interesante y era una especie de recreo.
—¿Por qué falla la enseñanza en la escuela?
—No hay interés pedagógico y se la plantea como un descanso. Se podrían hacer muchas cosas como aprender a entonar, cantar, vivenciar y compartir la música, además de lo rítmico y las melodías, lo cual enriquecería al ser humano. Como no se le da bola, los músicos no quieren dar clases en las escuelas, entonces tal vez ponen a un profesor de danza en la materia de Música.
La tía santiagueña
—¿Dudaste en elegir la carrera?
—Lo tenía determinado porque no había otra cosa que pudiera hacer. En cuarto año viajaba a lo de una tía en Santiago del Estero, quien me enseñó los primeros acordes, diferenciar las características de los ritmos, sabores y golpes, y manejar la mano derecha. Mucho del amor que tengo por la música es gracias a ella.
—¿Qué hacía ella?
—Cantaba y en su familia todos eran músicos, con quienes tenía el grupo Ritmos de América y quienes también aprendieron solos.
—¿Qué te resonó de dicho contexto?
—Cuando escucho una chacarera me late distinto el corazón, al igual que con la zamba.
—¿Cómo fue el aprendizaje considerando que era autodidacta?
—Con dibujitos; me enseñaba las notas, a poner los dedos y practicar.
—¿Y el contraste con el piano?
—Me gustó mucho porque la guitarra la llevás a cualquier parte, y porque quería cantar y acompañarme con rasguidos y ritmos. Es un recuerdo muy feliz.
La academia y el compartir
—¿Qué pensabas en cuanto a lo profesional?
—¡Qué sé yo, es difícil, no me importaba nada! Me imaginaba cantando, haciendo y viviendo música. Así que averigüé en el Instituto Superior de Música de Santa Fe.
—¿Cuándo entendiste en la carrera algo importante sobre el hecho musical?
—No en la cátedra sino haciendo música, ensayando y compartiendo con los primeros compañeros, descubriendo sonidos, ritmos y sensaciones. El estudio es interminable y lo sigo haciendo. En la carrera tuve muy buenos profesores y me amplió muchísimo la visión sobre el universo musical, lo cual permite valorar y elegir.
—¿Formadores importantes?
—Horacio Ochóa, bajista, con quien tuvimos un dúo, y Cintia Müller con quien tuvimos un grupo vocal que me aportó mucho. Y una profesora, que en la materia Práctica de conjunto, me dijo que llevara mis canciones para hacerlas. ¡Fue una preciosura compartirlas en la universidad!
—¿Lo académico puede atentar contra la frescura propia del talento?
—Hay un poco de eso y también un quiebre porque lo academicista, a veces, es estéril, aunque también me aportó mucho conocimiento sobre lo que convenía, cómo combinar las voces y a elegir. Conozco gente que renegaba de eso, pero había materias muy interesantes como Audioperceptiva, por el entrenamiento auditivo de las melodías y ritmos, que no se aprende de manera autodidacta.
—¿En qué te limitó?
—Lo institucional siempre menosprecia lo otro, lo popular, pero hay que pararse y saber defender lo que uno quiere hacer.
—¿Se aprende a escuchar?
—Es una práctica y si escuchás mucho valorás distintas cosas de una canción.
—¿Por ejemplo?
—En una canción se escucha, primero, lo que hace la voz y la melodía, pero después se puede escuchar el ritmo del piano, el golpe de la percusión… distintos instrumentos, cómo se combinan, por qué… Es el mundo tímbrico.
—¿Por la academia te dejaron de gustar los románticos?
—Sí, totalmente (risas), me parecieron cursi y berreta, porque comencé a andar por otros lados.
—¿Cuáles pasaron a ser los referentes?
—Lo local, lo nuestro, porque hay unos valores increíbles y siempre estamos con el ojo afuera: El Zurdo Martínez, Walter Heinze, Aníbal Sampayo…
—¿Qué cambiaste al aprender a escribir música?
—Me gusta hacerlo con cada nota de cada instrumento y de la voz.
Grupos y búsqueda
—¿Cómo fue la primera vivencia en el escenario?
—Fue con un cuarteto vocal femenino, Sine Nomine, creo que el primero de Paraná, con Chela Martínez y Cintia Müller, con el cual actuamos en el Juan L., y con un repertorio muy tranquilo y lento. Continuamos cuatro años y después comenzamos a hacer otro tipo de música, renacentista del 1400 y 1500, para la cual se utiliza otro sistema de escalas, modales, no tan comunes al oído de hoy. Se incorporaron hombres, éramos siete y lo sostuvimos bastante tiempo. Después vino Si 7, con algunas músicas originales para voces.
—¿Cuándo te sentiste segura del camino profesional?
—Creo que es esto y no otra cosa, pero todavía no puedo sentirlo… Todavía estoy en una búsqueda.
—Hay momentos que son puntos de inflexión…
—Siempre tuve deslumbramiento por lo que hicimos, pero lo de decir que hay un antes y un después con lo profesional. Luego de aquello vino el grupo El río las trae, de tres mujeres instrumentistas, con el cual tocábamos y cantábamos a tres voces canciones nuestras. Ahí nos plantamos y dijimos “es una propuesta original”. Y luego un trío de música litoraleña, Rumor litoral, con acordeón, guitarra y flauta, con el cual viajamos bastante.
—¿Cuál es la diferencia entre hacer música sólo entre mujeres y en forma mixta?
—Me entiendo mejor con las chicas.
—¿Y musicalmente?
—Hay otra sensibilidad y mirada, y menos ansiedad, aunque hice música muy sensible con varones.
—¿No hacés nada como solista?
—Siempre estuve en grupos y hace cuatro años comencé a tocar y cantar sola, si bien tenemos un dúo con Andrés Mayer, Cuerda tinta, con viola y guitarra, y hacemos música latinoamericana, con énfasis especial en los arreglos y letras interesantes.
Música, economía y era digital
—¿Qué cambió en las últimas décadas y cuáles son los hitos?
—¡Qué difícil! Lo económico siempre nos está matando, porque ahora se busca comercializar con la música, entonces ¡chau el arte!
—¿Es difícil conciliar la calidad con lo comercial?
—No siempre sí, pero es lo menos.
—¿Cuándo y por qué se acentuó?
—Desde los 90, con las privatizaciones y la globalización; comenzaron a consumirse otras músicas, más superfluas, de otros modos.
—¿Qué incidencia tienen los nuevos soportes digitales?
—Tienen sus pros y sus contras porque, sin duda, son de mucho alcance y se puede escuchar cualquier música de cualquier parte del mundo. Pero la consumimos por el celular, que, auditivamente, es paupérrimo, cuando antes teníamos los parlantes y se escuchaba precioso. El objeto disco, con su librito de letras, también era precioso, mientras que hoy la música está “colgada en la estrasfósfera”.
—¿Cómo tratás con los nativos digitales?
—Doy clases en la Escuela de Música a niños de nueve a doce años pero en el aula no están con el celular, sino aprendiendo lenguaje musical, y les hago cantar y practicar ritmos. Con el teléfono hay una dispersión enorme de la atención, les cuesta mucho concentrarse y hay que repetir las cosas, mientras que antes aprendían con más facilidad. En cuanto a la música de hoy, el reguetón (ver recuadro) y otros ritmos, hay mucho vacío y letras carentes de valor literario. Es lo que consumen.
—¿Por qué igualmente les atrae, si tienen cierta formación musical?
—Porque es lo que escuchan sus amigos, que no estudian música. Los entiendo, porque son chiquitos.
—¿No hay nada rescatable en el reguetón?
—Nada; la base rítmica es la de nuestro rasguido doble (risas), aunque tampoco escuché tanto, porque no puedo y me da malestar estomacal.
—¿Cómo te fue en Granada con el Festival Abril para vivir?
—Fuimos seis personas, con una residencia artística, en la cual teníamos talleres por la mañana y la tarde, relacionados con profesionalización, proyección de la voz, composición de canciones, poesía, teatro, escena y todo lo que nutre al artista. Fue una semana muy intensa y tocar fue maravilloso. Hace 25 años que se realiza.
—¿Algo que particularmente te impresionó?
—Me gustó compartir y escuchar que la gente diga “esta es mi propuesta”. Hubo un ensayo de 300 niños, para lo cual se buscó un predio a donde un camión, con gente especializada, llevó, puso y retiró los instrumentos al terminar. Es una práctica muy común, lo cual acá es inimaginable. Estuve en Badajoz, donde vive un amigo de la infancia quien toca el clave, que no hay en Argentina. Allí es la cuna de ese instrumento, como un piano pero más chico, del cual es profesor.
—¿Algún anuncio?
—Integro el colectivo Compositoras, con el cual tenemos un programa de radio en el cual difundimos música de mujeres y editamos un libro de partituras, letras, reseñas y códigos QR de acceso, el cual fue prologado por Dora Barrancos.
—¿Publicás contenidos?
—En mi canal de Youtube.
“La música de la inteligencia artificial es muy perfectica y falsa”
La compositora reveló su método y opinó sobre la creación y ejecución musical en tiempos de supremacía tecnológica. “Si no transmite una emoción o vivencia es raro”, manifestó.
—¿Qué te inspira?
—La naturaleza, el río, los afectos y los oficios, ya que escribí una canción a las pescadoras. Algo que me parezca bello me inspira para algunos versos y ponerle música, por eso consumo arte.
—¿Cómo es el proceso creativo?
—Por el lado de la letra me suele pasar que se disparan versos, los escribo, quedan pendientes y sigo buscando. Pero muchas veces me viene un ritmo y con eso hago una canción. Luego me pregunto cómo quiero cantarlo y así se construyen las melodías.
—¿Te has enojado con la música?
—No, con el reguetón, si se le puede llamar música (risas).
—¿Y con la tuya?
—No, al contrario, a veces agradezco porque aprendí un montón de los errores y erratas.
—¿Qué opinás sobre los robots que dirigen orquestas y cantan ópera?
—Si no transmite una emoción o vivencia es raro; siempre les digo a los chicos que la música tiene que pasar por el cuerpo, más allá de afinar y entonar.
—¿Quién te impresiona en aquel aspecto?
—Admiro a Marta Gómez, compositora y cantautora colombiana, y La Negra Sosa.
—¿Formaciones o grupos?
—Me gustan mucho Los Rodríguez; y El amor después del amor, de Fito Páez, me parece un disco exquisito.
—¿Cuando no trabajás con la música también escuchás?
—No cocino porque soy un desastre (risas), pero cuando lo hacen me gusta poner de fondo, para lo cual elijo, porque tengo de todos los ritmos, desde tango, instrumental y vocal, hasta percusión del Congo.
—¿Cómo explorás Spotify?
—Casi no escucho, aunque tengo música subida allí y en Youtube; lo hago en cd.
—La IA que compone…
—Se nota en las inflexiones, voces y quiebres, porque es muy perfectita y falsa.
—Pero hay que tener tu sensibilidad y conocimiento para detectarlo.
—Puede ser, espero que no (risas) y que lo pueda hacer cualquiera. Aunque escuché cosas muy lindas hechas con IA.
—¿Qué canciones e instrumentos llevás a una isla donde no hay conectividad?
—Playa Girón y La era (está pariendo un corazón), de Silvio (Rodríguez) y Serenata para la tierra de uno, de María Elena Walsh, y con la guitarra, un cuaderno, un lápiz y una goma, ya estoy (risas).