Quino murió el 30 de septiembre de 2020, a los 88 años. Seis años después, su obra continúa formando parte de lectores de distintas generaciones
07:17 hs - Miércoles 30 de Septiembre de 2026
El 30 de septiembre de 2020 murió Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino. Tenía 88 años. Seis años después, su nombre continúa inevitablemente ligado a una pequeña niña de pelo oscuro que odia la sopa, escucha a los Beatles y hace preguntas incómodas sobre el mundo de los adultos.
Quino, siempre presente: el legado del creador de Mafalda
Quino nació en Mendoza en 1932 y comenzó a dibujar desde muy pequeño. En 1963 publicó “Mundo Quino”, su primer libro, y un año después apareció por primera vez Mafalda, el personaje que terminaría convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de la cultura argentina. La primera tira se publicó el 29 de septiembre de 1964 en el semanario Primera Plana.
Mafalda nació casi por casualidad. Quino había sido convocado para una campaña publicitaria de electrodomésticos que finalmente nunca se realizó. Los personajes que había creado quedaron en sus manos y aquella niña que debía llevar un nombre con la inicial “M” comenzó a construir su propio camino. El 9 de marzo de 1965, cuando las tiras llegaron al diario El Mundo, el fenómeno se expandió rápidamente. Después cruzaría las fronteras argentinas para convertirse en un personaje conocido en distintos países.
Durante casi una década, Mafalda y sus amigos hablaron desde la historieta sobre asuntos que excedían ampliamente la vida cotidiana de una niña. La democracia, la paz, la guerra, las desigualdades, la política, la familia, la escuela y las preocupaciones de los adultos aparecían en aquellas viñetas con una combinación particular de humor, ironía y ternura.
Quino decidió dejar de producir nuevas tiras de Mafalda en 1973. No fue el final de su trabajo como humorista. Continuó desarrollando una extensa obra gráfica en la que observó las contradicciones humanas, las relaciones de poder, las costumbres y las pequeñas escenas de la vida cotidiana. Su humor podía ser silencioso y, al mismo tiempo, decir muchísimo.
Ahí aparece una de las claves de su permanencia. Quino no necesitó que sus dibujos fueran explicados. Una escena, un gesto o una pregunta alcanzaban para abrir una conversación. Su obra podía ser leída por un niño y, años más tarde, volver a ser leída por ese mismo lector desde un lugar completamente diferente. Esa capacidad de admitir nuevas lecturas fue una de las características destacadas por artistas que lo conocieron y por quienes continuaron su camino en el humor gráfico.
Mafalda también consiguió algo que pocas creaciones alcanzan: dejó de pertenecer solamente a su autor para convertirse en parte del imaginario colectivo. Sus personajes —Felipe, Susanita, Manolito, Miguelito, Libertad y Guille— quedaron asociados a distintas formas de mirar la sociedad y a una infancia que, detrás del humor, nunca dejó de hacerse preguntas.
La dimensión internacional de esa obra también habla de su alcance. Mafalda fue traducida a 26 idiomas y sus libros continuaron reeditándose incluso después de que Quino dejara de producir nuevas tiras. El personaje también fue utilizado en distintas campañas sociales y llegó a la televisión a través de una serie animada.
Pero el legado de Quino no está solamente en la cantidad de idiomas a los que llegó Mafalda ni en la popularidad de sus personajes. Está también en haber demostrado que el humor puede ser una herramienta para pensar. Que una historieta puede hablar de asuntos complejos sin perder la cercanía. Que una pregunta sencilla puede resultar más incómoda que un largo discurso.
Cuando murió, el Estado argentino destacó su trayectoria como historietista, guionista, dibujante y humorista gráfico, y señaló a Mafalda como un personaje emblemático de la cultura argentina por su capacidad para estimular la reflexión sobre problemas que atraviesan a la humanidad.
La Biblioteca Nacional, por su parte, destacó después de su muerte el vínculo que durante más de cinco décadas se construyó entre Quino, su obra y sus lectores. Cartas conservadas en su archivo dan cuenta de esa relación entre el dibujante y un público que encontró en sus dibujos una forma de reconocerse y, también, de pensar el tiempo que le tocaba vivir.
Quino murió un día después de que Mafalda cumpliera 56 años desde aquella primera publicación. La coincidencia hizo todavía más simbólica una despedida que, en realidad, nunca fue definitiva. Porque sus dibujos siguen circulando, sus libros siguen en las bibliotecas y sus personajes continúan apareciendo en conversaciones familiares, aulas, librerías y redes sociales.