2001: Estado con rumbo sin rumbo
La colonialidad debilita a los estados provinciales, expuestos a los caprichos del gobierno central; y los colonizados medran en esa decadencia.

Martes 21 de Diciembre de 2021

Con sinceridad y desprovistos de intereses personales o sectoriales: así es como podemos analizar los hechos clave del pasado reciente para conocer y además no repetir recetas fracasadas, pero qué difícil cuando estamos casi todos vivos ¿no?

La historia reciente es un desafío y la mayoría de las veces la abordamos sin desatarnos, de modo que colaboramos en la construcción de relatos a medida.

En la Argentina, y lo mismo en Entre Ríos, la lucha popular en las calles ocupa los espacios que el sistema de representatividad cierra. ¿Dice la Constitución que el pueblo no delibera ni gobierna? Vamos a ver, decimos en las marchas, porque la representación está minada, por eso el “que se vayan todos” anda ahí, a flor de labio.

Las marchas de personas descontentas con el sistema se multiplican en el año. De tanto en tanto esas marchas que agrupan a miles se ven potenciadas por partidos y sindicatos que se alternan en el poder y fogonean los descontentos, para volver. Vaya novedad. Es un juego a la vista, y por ahí se cobra algunas vidas.

Sólo desde los saberes comunitarios de los pueblos ancestrales cobra sentido el grito “que se vayan todos”, pero aquí es repetido a veces por sectores impermeables a esos saberes, que en verdad lo que buscan es controlar el Estado-Nación para gestionarlo a su medida.

El Estado-Nación argentino es un barco que hace agua. Un agujero en el casco se llama rumbo (cúrame este rumbo que traigo a babor, dice el poeta). La paradoja es que marcha con rumbo sin rumbo. Sobre la cubierta disputan tres o cuatro capitanes y quince o veinte marineros que intentan reemplazarlos, con la promesa de conducir el barco a buen puerto.

Colonialidad a dos puntas

El sistema impuesto por el Estado-Nación con predominio de Buenos Aires provincia y Buenos Aires ciudad hace agua desde siempre y por eso la Argentina marcha a los barquinazos.

Las zozobras son ocultadas incluso cuando subrayamos una época de presunta prosperidad justo en el momento en que Entre Ríos padecía como nunca el flagelo del desarraigo y el destierro. Porque una de las características de la colonialidad interna radica en mirar el área metropolitana de Buenos Aires (ciudad y conurbano), conocida como AMBA, para ver al país. Un engaño que cotiza en las universidades.

Si queremos ver el fondo de los problemas actuales debemos hurgar por la vía colonial: colonialidad en el mundo y colonialidad interna, dos asuntos distintos que en la Argentina trabajan en sinergia, se potencian mutuamente.

La colonialidad es la continuidad del colonialismo por otras vías. En la colonialidad ya no hay un gobierno desde afuera (un rey que coloca un virrey, por caso), sino un manejo un tanto más sutil por vía de préstamos en moneda fuerte, multinacionales, transacciones desventajosas, maniobras militares, reparto de estatus, estructuras educativas, propagandas de ideas como de artículos, medios masivos verticales, sobornos varios, etc. La colonialidad interna en nuestro país fortalece esa condición con el predominio de corporaciones, bancos, partidos, sindicatos, medios masivos, intelectualidad, con sede en la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Mitristas y antimitristas se benefician con los privilegios del Estado-Nación impuesto por Bartolomé Mitre (y otros) a fuerza de violencia y sangrías varias. ¿Qué dirían el presidente, el jefe de gobierno de Buenos Aires y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, si una empresa radicada en el Chaco diera, al país todo, un déficit de 8.000 millones de dólares en 12 años? Eso es impensable, porque esos poderes revertirían el asunto en pocos meses. Aerolíneas, en cambio, que sirve principalmente al AMBA, tiene ese déficit que decuplica los déficit de algunas provincias apretadas por el Estado nacional para que realicen ajustes. Eso encaja en un esquema de colonialidad. Estatistas y antiestatistas pecan por igual.

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Los privilegios

Sea para paliar las crisis cíclicas o para amortiguar sus estructuras deficitarias, las provincias aceptan poner como garantía de deudas la coparticipación. Así los financistas cobran antes que los obreros. Si el monto de coparticipación no alcanza, los acreedores cobran el 100 por ciento y los obreros el cero. Eso, en tiempos de vacas flacas, impide el pago de salarios: la plata no alcanza. Hoy le pasa a Chubut.

Cuando la provincia de Buenos Aires entra en ese conflicto, la Casa Rosada acude de inmediato con fondos rasguñados del resto de los estados para calmar las aguas. Pasa casi siempre, y pasa hoy con Alberto Fernández. Las remesas extras para la provincia de Buenos Aires son multimillonarias.

Si le ocurre lo mismo a otra provincia, los descontentos de obreros, pymes y otros sectores dispuestos a marchar por las calles se ven apuntalados por poderes económicos y políticos con sede en la provincia o la ciudad de Buenos Aires, y los gobiernos concentrados dejan que la violencia resuelva el conflicto. La falta de conciencia, la invisibilización de esa trampa llamada colonialidad interna dificulta analizar la historia reciente en el país.

Hoy el gobierno colonial vertical y uniformador salva sus desajustes imprimiendo billetes. En tiempos de neoliberalismo descarado con Carlos Menem y de seguidismo menos privatista con Fernando de la Rúa, el Estado se había prohibido a sí mismo hacer eso, con el propósito declarado de contener la inflación (venían de la hiperinflación del último tramo de Raúl Alfonsín y del primero de Menem, y todos asustaban al pueblo con volver a ese infierno).

Hoy la inflación no está contenida, hace rato que se come el poder de compra de muchos obreros y desocupados. En aquel tiempo sí la contuvo unos años, pero tensó la economía hasta la explosión en 2001 que agarró al gobierno con menos cintura que un pollo, como se dice en el barrio.

Hacia el año 2000 los compromisos por deudas en las provincias hacían que los acreedores se cobraran antes que los obreros. Ergo, los sueldos se atrasaban, y el gobierno nacional no imprimía pesos, de modo que los gobernantes se encontraban ante un callejón sin salida. ¿Cómo dilucidar, en la historia reciente, el origen de esa deuda y de esas garantías de coparticipación cuando los responsables están casi todos cuidando sus bronces?

La situación era colonial por donde se la mirara: colonial por el endeudamiento creciente en que los estados padecen una sangría permanente, siempre pagando tasas de interés usurarias. Colonial porque el gobierno central no decidía librarse de los cánones marcados por el Fondo Monetario Internacional y por eso no salía del “uno a uno”, no tomaba la sartén por el mango. Colonial porque la metrópolis hacía oídos sordos ante el grito de las provincias que eran víctimas de la situación creada por modelos del gobierno nacional. Y más colonial porque las provincias se vieron obligadas a crear bonos, y Buenos Aires sólo aceptó como moneda nacional el bono de la provincia de Buenos Aires y dejó a las demás a la deriva. Con un plus de colonialidad porque la verticalidad de los sectores hace que se enrolen en poderes verticales para erosionar al poder de al lado. Eso pasó con dirigentes locales responsables del endeudamiento que, ya en la oposición, se burlaron de los bonos desde el primer día para debilitarlos, mientras sus jefes políticos en Buenos Aires negociaban para que sus bonos, los de esa provincia, fueran aceptados por la Nación en paridad con el peso.

Allí fue cuando la Unión Cívica Radical y sus aliados, y el Partido Justicialista y sus aliados mostraron su veta colonial, sea como gobierno o como oposición. En vez de encarar juntos los problemas que entre ambos sectores habían creado (convalidando incluso deudas fraudulentas creadas en la dictadura); en vez de eso, se desgastaron levantando sus dedos acusadores.

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Tirar la piedra

La respuesta del pueblo fue lógica: quería cobrar sus sueldos, ni más ni menos, y los sectores más postergados querían garantizarse un almuerzo, siquiera, porque es obvio que en las crisis muchos bajan un escalón y hay familias que miran para abajo y ven el abismo.

La respuesta de la oposición aquí y allá fue lógica, dentro de esta lógica: golpear al adversario hasta que se caiga, para hacerse del poder. La complejidad de esos momentos impide un resumen periodístico. El neoliberalismo y sus aledaños no iban a dar el brazo a torcer, pero ¿por qué voltear al otro? La partidocracia tiene que dar respuestas, pero por ahora no hay autocrítica. Allí todo el mundo tira la piedra y esconde la mano.

Algunos buscan revancha, otros tratan de desvirtuar investigaciones por alta corrupción, otros quieren servir a sus socios empresarios. Y en los oficialismos, lo mismo: unos se abren a dialogar, otros se plantan y no reculan; unos se sostienen en su pretendida autoridad, otros advierten que por imperio de las circunstancias ya no tienen esa autoridad y se ven obligados a cogobernar. Hay algunos que quieren sostener sus privilegios, otros que quieren sacar ventaja de la crisis…

Los mismos partidos que en una provincia aplauden una medida, en otra provincia donde son opositores, cuestionan la misma medida. Aquí, pasar a planta permanente a monotributistas que trabajan para el Estado es considerado un acto de justicia, allá esa decisión será rechazada por demagógica. Y no faltan, en medio del barullo, los “periodistas” que convocan a los barrios a hacer fila con la promesa de que repartirán alimentos en tal lugar, para fogonear un escándalo en ese lugar donde no hay nada previsto. Porque en esa guerra de intereses todo vale.

Hoy mismo hay provincias que parecen calcar los problemas de 2001, con una diferencia: en 2001 el gobierno se había prohibido emitir dinero y cometió el error de no cambiar las leyes a tiempo. Tarde lo lamentaría. Hoy el gobierno imprime dinero sin límite, y lo administra según las simpatías.

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Capital financiero

Si el Estado-Nación centralizado exige a las provincias entregar sus bancos a banqueros amigos de los políticos, pero guarda para el Estado de la provincia de Buenos Aires un banco y para el Estado de la ciudad de Buenos Aires otro banco, estamos ante un país víctima de colonialidad interna, porque serán la provincia y la ciudad de Buenos Aires las que tendrán las manijas del Banco Central, el Banco Nación, el Banco Provincia, el Banco Ciudad, y además controlarán el dinero de las otras provincias con sus banqueros amigos que, por supuesto, colaboran con las campañas políticas de los partidos que se reparten la torta. Colonialidad a la enésima, se llama eso. Y es tan poderosa la estructura que en provincias como Entre Ríos ni la misma Constitución provincial manda sobre los banqueros, es decir: los artículos de la Constitución están sujetos al interés privado que es superior.

Todas las semanas aparece una nueva lucha de sectores populares en la Argentina siempre en ebullición. Pocas de esas luchas realizan previamente el diagnóstico de situación en conciencia de la colonialidad. De ahí que las luchas obtienen tantas veces resultados opinables.

Con semejante poder de Buenos Aires y sus aliados, si un gobierno provincial está en problemas (sea que los provoque la provincia o la economía manipulada por el Estado-Nación), el estrangulamiento será brutal. Con o sin paridad cambiaria. Y es que una condición de la colonialidad es la verticalidad incluso de las organizaciones sociales, los sindicatos, los partidos, los medios, que con facilidad se recuestan a cualquier consigna o cualquier caudillejo que levante cabeza en la metrópolis, para erosionar al de al lado.

Así es como, en crisis, es probable que los responsables centrales de la crisis se sumen a las marchas genuinas por las calles pidiendo destituciones para regresar al poder como salvadores, en una alternancia que daría para la risa si no fuera que muchas veces cae en la simpatía de los mismos luchadores sociales. Daría para la risa si no fuera que algunas de esas escaramuzas se quedan con la vida de pobres y de inocentes.

Nuestras provincias sufren problemas diversos: la patria contratista que enriquece a los amigos de los políticos y encarece las obras, el sistema de producción que nadie promovió aquí pero se impone como por arte de magia y qué casualidad, beneficia las arcas de las multinacionales y del Estado-Nación colonial; el sistema impositivo que ataca a los trabajadores, sacando de donde no hay para mantener estructuras burocráticas hasta el hartazgo; la rapiña de sectores que aumentan el costo de las licitaciones, o se autoadjudican sueldos con cifras siderales cuando el 60 por ciento de la gurisada vive en la pobreza.

La altanería del Estado-Nación (construido sobre una pila de huesos de pueblos ancestrales y paisanos), y cuyos próceres racistas siguen siendo aplaudidos en las escuelas por su “honra sin par”, esa altanería edificó un sistema vertical destruyendo comunidades diversas y no sabe ahora qué hacer porque su estructura uniformadora se le llueve, se le inunda, se le vuela. Su barco sin rumbo tiene un rumbo: hace agua. Entonces los principales responsables que se alternan, lo que hacen es afinar estrategias para culpar al otro, al que fue, al que viene, en un entretenimiento que cada tanto le da al pueblo nuevos mártires.

Lucha, conciencia, saberes, sinceridad, diálogo fecundo, firmeza, sentido comunitario, para no repetir fracasos. Es lo que piden las víctimas de las represiones de 2001.

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