Martes 30 de Septiembre de 2014
Julio Vallana / De la Redacción de UNO
jvallana@uno.com.ar
Si los únicos privilegiados fueran niños y ancianos –y no la clase que gestiona el Estado y sus socios–, si la burocracia no tuviera impunidad para robarle alegremente el tiempo a quienes pagan sus sueldos, si las estadísticas se utilizaran para optimizar el funcionamiento de los organismos públicos y definir políticas –y no subalternizarlas como forma de propaganda o directamente ignorarlas– y si los valores dominantes tuvieran algo que ver con la sensibilidad y la solidaridad –y no con el desquicio social que genera el consumo como única meta– esta nota no tendría demasiado sentido. Tampoco si la mayoría tuviera el raro “oficio” de Elisa Castillo –ex transfusionista de sangre del Hospital San Martín y jefa de Bioestadística de la Provincia– de “invertir” su tiempo en los demás y no andar pidiendo –como tantos señores y señoras “paquetas”– que se publique en las páginas de los diarios sus buenas acciones.
Sangre y números
—¿Dónde nació?
—En Paraná, en calle Carbó –frente al Hospital San Martín.
—¿Hasta qué edad vivió allí?
—Hasta los 8 años, cuando nos fuimos a barrio San Martín –frente al Club Paraná– y luego a lo de un hermano mayor –ya casado–, hasta que a mis padres les dieron la casa en barrio San Roque.
—¿Cómo era la fisonomía de la zona de calle Carbó?
—Todas eran casas grandes y antiguas –que generalmente llegaban hasta la mitad de la manzana– y no había asfalto sino adoquines. Cuando había gente que fallecía, nos sentábamos en la puerta de calle para ver cómo pasaba el acompañamiento –a pie– hacia el cementerio, porque todos iban por allí.
—¿A qué jugaban?
—A juegos que ya no existen más: la rayuela, la escondida, la bolita, las figuritas y hacíamos carreras en la cuadra.
—¿Algún personaje?
—Había un chico al que le decían Lolo –quien tenía Síndrome de Down y nos quería muchísimo. Comparado con nosotros, era grande. Papá y mamá nos dejaban ir al cine Sáenz Peña si nos llevaba él. Siempre decía: “Pa pa ra pá, pa pa ra pá…”. Era lo único que decía. Iba a casa a buscarnos para ir al cine, a la matinée de la siesta.
—¿Travesuras?
—No nos dejaban ir a la esquina, sino que teníamos que estar en nuestra cuadra. Y si éramos chicos y chicas, en la puerta, para que nuestros padres pudieran controlarnos, porque éramos chiquitos. La travesura era cruzar la calle.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban sus padres?
—Mi papá era inspector de la Municipalidad, se quedó sin trabajo y puso una carpintería –en la cual trabajó hasta su último día. Mi mamá había estudiado solo la Primaria y fue transfusionista de guardia –igual que yo. Cuando mi hermana mayor dejó el puesto para irse a Buenos Aires, la nombraron a mi mamá.
—¿Qué cambio significó que comenzara a trabajar su mamá?
—Mamá y papá nos enseñaron a cocinar, y como éramos cinco hermanas, cuando mi madre estaba de guardia –que eran de 24 horas por 72 de descanso– nos distribuíamos las tareas de la casa.
—¿Iba al hospital?
—Sí, siempre íbamos a buscarla con mi papá y si no teníamos escuela, la acompañábamos.
—¿Qué imaginaba sobre ese lugar?
—Sabía que había enfermos y que no podíamos estar mucho tiempo, porque podíamos contagiarnos. Lo que más me llamaba la atención –sobre todo cuando comencé a trabajar– era que había maternidad –donde también trabajábamos. Me llamaban la atención los chiquitos, porque me encantan las criaturas.
—¿Era buena alumna?
—Fui abanderada en la primaria. Lo que más me gusta es Matemáticas, por eso mi carrera de técnica en Estadística. Y Lenguaje –lo que ahora se llama Lengua.
—¿Y en la secundaria?
—No anduve bien. Me gustaba Francés –y por eso estudié– y Matemáticas. La completé de mayor porque tuve que dejar en segundo año, al comenzar a trabajar. Cuando tenía 17 años estábamos pasando un momento económico muy feo. A los 18 años me nombraron y a los 28 años hice el secundario –que fue el primero de la modalidad acelerada que funcionó en Entre Ríos. A esa edad ya estaba en el área de Estadísticas.
—¿Alguna lectura o autor que haya sido influyente en su vida?
—Nada, no me llama la atención leer.
—¿Sufrió el dejar la escuela y tener que trabajar?
—Me hubiese gustado seguir estudiando pero sabía que hacía falta un mayor ingreso de dinero para ayudar a mis padres. Así que estuve contenta y lo hice bien. Cuando mi mamá no estaba de vacaciones, hacía las guardias con ella, y cuando estaba de vacaciones, con una compañera de mi hermana mayor –que también fue transfusionista, al igual que otro hermano.
—¿Su vocación tenía que ver más con los números o con el lenguaje?
—A los 22 años –cuando ya estaba casada– me pasaron al área de Estadística, porque me gustaban las Matemáticas.
—¿Quién le enseñó la técnica y el procedimiento de transfusionista?
—Mi mamá y sus compañeras.
—¿Qué descubrió al ingresar a ese ámbito?
—Me gustaba aunque me costaba ingresar al quirófano, cuando tenían que operar. No quería mirar, entonces cuando cortaban me ponía de costado y hacía la transfusión de sangre. También, por primera vez, vi un parto, lo cual me impresionó teniendo en cuenta que nuestros padres no nos enseñaban nada sobre estas cuestiones. Me impresionó porque la chica gritaba: fui a hacer la transfusión con mi compañera, me descompuse, la doctora me hizo salir y la transfusión la hizo mi compañera. No alcancé a ver nada, solo la posición en que estaba la mujer para tener el bebé. Después me acostumbré, aunque no miraba. Yo era muy jovencita y no había una relación de padres a hijos en la cual nos explicaran las cosas. Ignorábamos todo y todo nos llamaba la atención. Mis compañeras se reían pero eran muy buenas y me apoyaban –lo cual valoré muchísimo. Además, habían sido compañeras de mamá y de mi hermana mayor, así que me protegían.
—¿Su trabajo era sólo hacer la transfusión de sangre?
—Hacía la transfusión y salía, no me quedaba. Y si pasaba algo, nos llamaban. Del (sanatorio) Rawson me llamaban algunos meses cuando no tenían enfermeras que supieran ubicar bien las venas de los pacientes, porque nosotros teníamos mucha práctica. Luego sacaron gente del área de Hemoterapia del hospital –entre ellas a mí–, me pasaron a Estadística y aprendí enseguida porque me gustaban los números. A los 37 años comencé a estudiar el profesorado de Francés, aunque ya había estudiado en la Alianza cuando era adolescente.
—¿En qué se originó el gusto por esa lengua?
—En primero y segundo año de la Escuela Normal. Pero mientras estudiaba el profesorado me ofrecieron una beca para estudiar en la Facultad de Estadísticas de Santa Fe. Así que como era mi debilidad, dejé el profesorado. Siempre les he enseñado francés, desinteresadamente, a muchos chicos, como forma de apoyo escolar.
—¿Qué significó particularmente esa beca?
—Mucha felicidad y además sabía mucho, por la práctica. Pero es distinto tener un título, por las posibilidades de ascender.
—¿Qué características tenían por entonces las estadísticas, considerando que no había nada informatizado?
—No había computadora ni nada de eso, que hasta hoy tampoco me gusta porque no los deja pensar a los chicos, al igual que la calculadora.
—La tecnología puede considerarse neutra, todo depende del uso y los límites.
—Sí, claro, pero en los exámenes debieran utilizar la cabeza. Yo tenía calculadora pero hacía todo mentalmente y en forma manual. Luego controlaba los resultados con la calculadora.
Estadísticas o el gran fraude
—¿Qué lineamientos generales presentan las estadísticas en un hospital de las características del San Martín?
—Se registraba, sobre todo, la cantidad de personas que se internaban, en función de lo cual se ampliaban los espacios y servicios. Igualmente se clasificaban las distintas enfermedades. Era el centro de todos los hospitales de la provincia y se atendía a todos los enfermos oncológicos. Si se hicieran buenas estadísticas, luego se podrían elaborar campañas específicas.
—¿Quiere decir que las que se hacen son deficientes¨?
—Y… no sé ahora, pero en la época en que me recibí comenzamos a trabajar en los hospitales de toda la provincia para enseñar la codificación de diagnóstico y hacer historias clínicas únicas –que antes no existían ya que cada especialidad tenía su historia clínica.
—¿No hay un desprecio general por las estadísticas, al punto que el mismo gobierno destruyó el máximo organismo nacional y la manipulación por parte del poder político es alevosa.
—Por eso no creo en las Estadísticas, sobre todo por la manipulación y el mal uso. Hace unos años decían que “la hepatitis esto, la hepatitis lo otro”, pero la gente siempre murió de hepatitis. Lo que pasa es que no le enseñan ni instruyen a la gente. Yo tuve hepatitis cuando era chiquita y a mi mamá le dijeron que yo estuviera sola y otras recomendaciones.
—¿Cómo se manipulaban o ignoraban las estadísticas mientras estuvo a cargo de esa función?
—Con las estadísticas mienten, aunque no te puedo contar en detalle porque no tengo las pruebas.
—Me interesa su opinión en función de su experiencia.
—Por ejemplo, estábamos en una reunión muy importante con gente del exterior. Yo había hecho las estadísticas –como jefa provincial del área– y cuando comenzaron a hablar sobre mortalidad infantil me di cuenta que todo era político. Cuando una persona superior a mí dijo cuál era la cifra, bajé la vista y pedí retirarme –diciendo que estaba descompuesta– porque si me preguntaban yo iba a decir la verdad. Cuando las estadísticas se dan a conocer, es en función de lo político, sino se ignoran.
—¿Otras situaciones de esa índole?
—No las viví aunque a mí no me aceptaban demasiado porque llevaba las estadísticas al día y los números hablaban por sí solos. Así que nunca más me invitaron a reuniones de ese tipo.
—¿El hospital tampoco hacía un buen uso interno de los registros para optimizar su funcionamiento?
—Se los tenía en cuenta para saber si los servicios estaban de acuerdo a la demanda.
—¿Cuántos años estuvo en el área?
—Cuarenta años, desde que comencé como transfusionista de guardia, actividad que desarrollé hasta los 22 años.
—¿Qué avances hubo en lo metodológico?
—Lo que es muy importante es la codificación de diagnóstico, porque en función de ello sabés las enfermedades que hubo durante un mes. Me han dicho –aunque no sé si es real– que ahora no se hacen estadísticas hospitalarias. Hace unos días me habló una doctora para saber dónde podía conseguir una estadística sobre poliomielitis.
Prioridad, los gurises
—Además de haber enseñado francés a los chicos, qué otra actividad solidaria ha desarrollado.
—Trabajé con el fútbol infantil y fui presidenta de la subcomisión en el Club Atlético Alumni. Era hermoso. En esa época me ayudaron mucho los militares, para poder viajar a Buenos Aires con los chicos y luego para recibir a los chicos que vinieron para un campeonato. Hice varios campeonatos para beneficencia de un chiquito que estaba enfermo y necesitaba que lo trataran en Buenos Aires. Al club Alumni renuncié, porque cuando me nombraron presidenta, asumí como jefa de Bioestadística a nivel provincial, y no podía dedicarme con la responsabilidad que a mí me gusta.
—¿La solidaridad es una vocación?
—Siempre he ayudado a la gente y comencé enseñándole francés a los chiquitos.
—¿Por qué?
—Mi madre también era así y nos decía que a la gente cuando necesita hay que ayudarla. Además –a ella y a mí– nos ayudaron mucho cuando estábamos en un momento difícil. Esas cosas se aprenden desde chiquito. Cuando tenía 40 años comenzó la moda para las personas mayores y se hacían desfiles. Una señora me preguntó si quería desfilar para ayudar a distintas escuelas e hicimos varios desfiles. Cuando me jubilé, comencé a hacerle mandados y trámites a la gente que lo necesitaba.
—¿Cómo fue el paso por el mundo del fútbol que –aunque infantil– en ese momento era un ambiente mucho más machista que el actual?
—Les llamaba la atención que una mujer anduviera en ese ambiente. Ayer pasé por la esquina de mi casa, unos chicos estaban jugando a la pelota, se les fue hacia donde yo venía, se la devolví con una patada y dijeron: “¡Todavía juega!” Los gurises del club eran muy amigos míos; les dábamos la leche, tortas fritas y buñuelos. Cuando me jubilé quise volver, pero ya no había más fútbol infantil.
—¿Cómo se hacía tiempo?
—Cuando me gustaban las cosas, siempre me hacía tiempo. Soy de levantarme muy temprano y organizar todo, y si te gustan los chicos, te motiva. Por eso lo hacía.
“Me hacen bien”
—¿Hizo alguna otra actividad solidaria?
—Los días jueves iba al comedor de la iglesia San Miguel Arcángel pero tuve que dejar porque tenía mucha actividad con la gente a quienes le aplico inyecciones, les tomo la presión y les hago mandados –porque no pueden hacer colas en los banco para pagar la cuentas.
—¿Por qué lo hace?
—Cuando lo necesitan, me llaman por teléfono y voy. No soy la única que hago el bien de esta manera. Ellos también me hacen bien porque me obligan a caminar, y yo tengo que caminar.
—Podría caminar por el parque.
—¡Nooo, pero me gusta más hacer estas cosas! Me hacen un favor y estoy agradecida que me busquen a mí para que les haga los mandados. Hoy a las siete de la mañana ya estaba en la calle haciendo trámites en el PAMI, en el Iosper, yendo a la farmacia y otras cuestiones. Todo esto me mantiene activa y muy ocupada.
—¿Quiénes le solicitan esa asistencia?
—Los vecinos.
—¿Qué más le gusta hacer, además de ayudarlos?
—Soy muy amiga de hacer palabras cruzadas y crucigramas, me encantan.
—¿Qué percibe socialmente por andar mucho en la calle?
—En Entre Ríos hemos tenido un poco de bonanza porque el gobernador está muy relacionado con la Nación, y no estamos tan mal. De todas maneras, hambre hay. La ayuda que le dan a la gente no sirve, tienen que tener trabajo. Y que los chicos no tengan clases por los paros de los maestros, es tremendo, aunque entiendo que no le pagan lo que merecen.
—¿Cómo definiría la solidaridad?
—… no sé… hay que ayudar a la gente que necesita y no hacer la vista gorda. No quisiera hacerlo porque eso significaría que los chicos están bien.
—¿Qué haría si tuviera un millón de dólares?
—Siempre sueño con hacer un salón grande con juegos para los niños y darles la leche. Me provoca llanto y me duele en el alma el hambre de las criaturas de algunos barrios marginales que vienen a pedir acá. Lo mismo pasaba cuando iba a ayudar a la cocina de la iglesia San Miguel, gente que todavía vive en la calle y que es muy difícil que vuelvan a tener otra forma de vida. Pasé hambre durante la hiperinflación y sé lo que es.
—¿Por eso es solidaria?
—Me marcó. Si tengo una manzana y viene un chico a pedir, se la doy, y si no tengo, le doy pan. Soy humilde y no tengo mucho para dar.
PAMI, Iosper y el arte de martirizar a sus afiliados con burocracia
Nada mejor que la opinión de Elisa Castillo –quien diariamente debe lidiar con la parafernalia burocrática– para saber sobre la desconsideración a la cual son sometidos quienes acuden a realizar algún trámite.
—¿Qué no funciona como debiera al momento de hacer trámites en distintos organismos del Estado?
—Me duele que le hagan dar tantas vueltas a la gente afiliada al PAMI: hay que ir al médico de cabecera, que autorice, que haga la derivación para el especialista, pedir turno… un montón de cosas. ¡Es tremendo! Hay gente que no lo puede hacer porque no puede andar tanto o caminar. Lo puedo hacer porque estoy en actividad pero en general la gente mayor no lo puede hacer o le cuesta mucho dar tantas vueltas. Tendrían que resolverlo de alguna manera, al igual que en el Iosper, que cuando hay gente mayor enferma con medicación permanente tienen que renovar los papeles. La burocracia la sufro a diario. Además, está el problema de que no pagan y hay conflicto con los prestadores. Pedí por un traumatólogo y me dijeron que no había ninguno para PAMI, que la señora fuera a uno por su cuenta, le pagara y que luego le harían el reintegro. Luego me enteré en un instituto médico que a otra señora le sucedió lo mismo y el reintegro se lo hicieron a los siete meses.
—¿El PAMI siempre ha tenido estos problemas de burocratismo?
—Los trámites siempre son los mismos. Pusieron el médico de cabecera pero el médico de la persona que yo acompaño está en un sanatorio lejos de su domicilio. Tendría que ser algo más ágil y práctico.
—¿Qué problemas observa desde siempre en el sector de la salud pública teniendo en cuenta que trabajó mucho tiempo allí y ahora sigue vinculada de otra forma?
—En general, se trabaja bien, pero los problemas constantes son que cuando se asiste al médico hay que estar entre dos y cuatro horas esperando. Otro problema es que no hay camas disponibles, los hospitales están abarrotados y mucha gente necesita ser atendida – como sucede con el caso del San Martín. Ahora, gracias a Dios, están haciendo uno nuevo y vamos a ver si pueden tratar a más gente. No obstante, hace mucho tiempo que no estoy en hospitales y centros de salud, pero lo sé por algunas compañeras que me comentan.