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SELECCIÓN DE NUEVOS CUENTOS POR ROSANA FOLMER

Totora

Cuentos para las infancias con perspectiva regional. Convocatoria conjunta de Editorial Municipal Paraná, CGE, Facultad de Humanidades de Uader, Diario UNO y El Once.

Jueves 29 de Abril de 2021

El viento acaricia la mañana en la laguna, bosteza el sol, hoy tiene pereza, le hubiese encantado dormir otro ratito pero en su rol de astro tiene que dar el ejemplo y además piensa qué caos sería el universo si hoy no alumbrara.

El “pariente del mar” permanece sereno, aún la boga y el armado no recorren sus aguas, algún que otro dorado navega cauteloso. Alisos de río, ceibos y sauces se extienden a lo largo de la costa, los repollitos de agua cubren el paisaje, el Martín pescador planea a pocos metros del lugar y una culebra se enreda en el pajonal. Benteveos y cardenales observan desde lo alto de un espinillo, los ciervos de los pantanos brillan por su ausencia, ni hablar de los pumas. Los carpinchos han estado de visita y algún que otro guazuncho ha dejado su huella en el barro. El monte blanco luce su selva en galería y esconde una rica diversidad.

Totora como todos los veranos se pone su mejor vestido, bueno aunque el color no le gusta mucho, marrón es muy oscuro para estas épocas y ya no se usa. Totora es buena hija y jamás le diría esto a mamá quien cada día recuerda lo útil que ellas le resultan al hombre: los mejores cocineros buscan nuestras raíces, dicen que sabemos muy rico, algunos hasta en harina nos convierten. Y vieras qué lindos se ven los pantanos cuando florecemos.

Mamá siente orgullo de pertenecer al delta entrerriano, se siente importante: abrazamos al río más grande de la provincia, el Paraná. Totora quisiera vestirse de blanco como Victoria Regia conocida en la zona como Irupé o de celeste azul como el Jacinto del agua alias Camalote, ni hablar de Mburucuyá que el diseño que hoy luce es exclusivo y hasta tiene una corona. Totora no sabe ni siquiera cuál es su nombre científico, ojalá lo supiera. Suspira, se ve tan flaquita y alta.

Cae la noche y la luna besa el río. El silbido de las calandrias se ha vuelto mudo. Aprovechan las mojarras para jugar a las escondidas, el mejor escondite resulta ser el totoral. Los teros no dan señales de vida y las tucapan parecen estrellitas que han descendido para iluminar el momento. A Doña Lechuza parece molestarle tanta luz y se queja desde los alto de un sauce: Chist, chist acaso no saben que la noche es corta y mañana se madruga. ¡Todos la conocen por ser tan rezongona!

En realidad esta noche parece especial y hoy no se celebra ningún cumpleaños ni es nochebuena pero la laguna desborda algarabía. Las libélulas, con sus grandes ojos, custodian la costa: son expertas en obtener una visión panorámica, excelentes acróbatas del aire, les encanta volar a grandes velocidades, y su plato preferido son los insectos, por esto ni las moscas ni los mosquitos se atreven a acercarse.

Las aguas dejan entrever una rústica canoa, Totora está algo asustada y mamá se ha dormido. Muy serenamente, como para no romper la cotidianeidad del lugar, el hombre desembarca, machete en mano, comienza a cortar y armar los fajos. Totora queda presa en uno de ellos, no se atreve a gritar, solo recuerda que su mamá también le ha dicho que en algún momento y cuando alcanzara determinada altura le sería útil al hombre.

Río arriba la canoa se pierde en el horizonte y desaparece. Totora permanece inmóvil, sus compañeras no se atreven a emitir sonido alguno. Luego de media hora de viaje, al llegar a la orilla una mujer morena, de anchos vestidos y largas trenzas que trae en brazos a un pequeño y tres niños correteando a su alrededor; se aproximan apresurados para ayudar al canoero a trasladar los fardos hasta el precario rancho. El trabajo en equipo es la base en esta familia. Y pronto descargan la embarcación.

Amanece. Ya muy tempranito el fuego se enciende, los niños aún duermen, la mujer comienza con las labores del hogar, la masa leudando espera en el fuentón, el hombre se dispone a techar el rancho, lo espera un día agobiante de trabajo pero pensar en el resultado final le despierta satisfacción y se apresura para ver concluida la obra. Trabaja tan voluntarioso como un hornero. Digno de imitar, y bueno dicen que el ejemplo arrastra, seguro sus hijos serán como él.

Pronto el cielo se cubre de negros nubarrones, pareciera que va a llover. La mujer se apresura a entrar la leña, corta de la huerta algún verdeo para el guiso y enciende el farol. La familia está reunida. De golpe se desprende tremendo aguacero, los truenos y relámpagos no se hacen esperar. Diluvia torrencialmente. El hombre se siente satisfecho, ni una gota logra filtrarse del techo. Hoy sus hijos podrán dormir secos, ya no habrá que levantar colchones ni mucho menos tapar el fogón. Una mirada cómplice se entrecruza con la de su esposa. Totora ha observado la situación. Es la primera vez que se siente útil, ahora puede decir como su mamá que está orgullosa de pertenecer a los suelos entrerrianos y más aún de llamarse Totora.

ROSANA FOLMER

Soy mamá y docente. Nací y vivo actualmente en Hasenkamp, Entre Ríos. Amo escribir, lo hago desde muy pequeña, me transporta a lugares insólitos. Al igual que “Totora” el personaje de mi cuento, me encanta sentirme útil. Narrando me siento útil. En este relato quiero destacar la importancia de descubrirse, de sentirse valorado, de saber que siempre podemos hacer mejor la vida del otro y que esto también nos hará bien a nosotros.

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