Testimonios del calvario de vivir junto a edificios en construcción
En Paraná se levantan torres que dañan las estructuras linderas. Vecinos mostraron sus casas partidas y algunos deben abandonarlas. Hay un estrés que crece ante cada martillazo repetido.

Domingo 03 de Agosto de 2014

Pablo Felizia / De la Redacción de UNO
pfelizia@uno.com.ar

 

Vivir junto a un edificio en construcción a veces se puede convertir en un calvario. No pasa con todas las obras, pero en Paraná se levantan estructuras que dañan viviendas linderas con tal magnitud que algunas deben arreglarse en su totalidad o quienes viven en ellas se tienen que ir durante un tiempo para que las hagan de nuevo. La lista de problemas edilicios es larga y en una recorrida por la ciudad, es posible advertir algunos aspectos comunes.   

 

Lo primero que sobresale al ser atendido por un vecino que vive al lado de la construcción de un edificio, es el estrés que tiene, un malestar constante y la falta de respuestas ante la incertidumbre de no saber qué ocurrirá con su casa; un nerviosismo acumulado con el paso de los días y los años de martillazos constantes a la mañana temprano, durante la siesta, por la tarde, los feriados y hasta los fines de semana; un deterioro en la calidad de vida que se advierte de inmediato. 

 

Al recorrer varias casas los problemas edilicios se repiten: sus viviendas quedaron partidas, los pisos hundidos, las paredes agrietadas, hay humedad y hongos en todos lados, se produjeron derrumbes y hasta dieron cuenta de materiales caídos desde las alturas que rompieron techos y claraboyas; uno de los entrevistados tiene guardado un bloque de cemento que cayó del cielo y que debe pesar unos 30 kilogramos. La lista de inconvenientes diarios se repiten en casi todos los casos consultados. 

 

Lo tercero es el desamparo que sienten y las dudas entre buscar un abogado, hacer un juicio contra la empresa o tratar de llegar a un arreglo con un dueño.

 

No todos los casos son iguales, pero algunos afirmaron que ni siquiera saben quiénes son los responsables técnicos de las obras linderas, no tienen  a quién preguntarle o nunca se les acercó alguien para pedirles perdón por arruinar una habitación entera. En otras palabras, tienen dudas de encarar un juicio porque desconocen hasta con quiénes se enfrentarían en el aspecto legal.  

 

Otros vecinos contaron que llevan, por ejemplo, varias instancias de mediación, pero los acuerdos no se cumplen o peregrinan durante los años que dura la obra por organismos públicos en la búsqueda de una ayuda que no llega; es el caso de una pareja de jubilados que viven en Yrigoyen a metros de 25 de Mayo.

 

Por último, hay quienes se tienen que ir y esta es una de las cuestiones más duras. Deben salir a alquilar otra casa, mudarse durante varios meses bajo la promesa de un arreglo integral. En uno de los casos, en Yrigoyen y Echagüe, ni siquiera la empresa constructora del edificio que tienen pegado a su casa, les pagará el traslado o el alquiler.

 

La búsqueda de relatos que den cuenta de esta situación no es difícil, solo hay que tocar el timbre de una casa que esté ubicada al lado de un edificio mientras lo construyen y preguntar; ahí aparecen los problemas comunes: las faltas de controles, de respuestas y de ayuda frente a la desaprensión profunda; un desamparo a martillazos repetidos que retumban y rompen más allá de las paredes de la obra.

 


Terminaron de pagar su vivienda y comenzó a romperse

 

Raquel Abud y Raúl Alesso son jubilados y pagaron durante 30 años un crédito hipotecario que terminaron justo cuando comenzaron a construir un edificio al lado. Su vivienda está ubicada en Hipólito Yrigoyen a unos 30 metros de 25 de Mayo, y el 14 de marzo sus vecinos amanecieron con pisos y paredes derrumbadas en un estruendo que despertó a la cuadra. La noticia de ese hecho fue publicada por UNO donde se dio cuenta de los posibles errores de los constructores y la situación que se vivió en la zona. Pero la casa de estos dos jubilados se mantuvo en pie, aunque ahora no solo presenta grietas y humedad. “El problema es que también hemos perdido la calidad de vida. La casa la terminamos de pagar justo cuando comenzaron a destruirla”, dijo Abud y agregó: “Queríamos vivir tranquilos en esta casa. No estamos en contra del progreso, pero hay una total desaprensión. No conocemos al dueño, ni la empresa y aparece por ahí una representante; tuvimos audiencias de mediación y nos obligaron a nosotros designar un personal técnico que tenemos que pagar de nuestra jubilación todos los meses”.

 

Desde hace por lo menos dos años, los dos jubilados comenzaron a peregrinar por distintos organismos municipales en la búsqueda de una respuesta. “Cada golpe y movimiento repercute en nuestra casa durante todo el tiempo. Hay rajaduras, movimientos de techos, de paredes y ruidos insoportables”, explicó.

 

En una de las instancias de mediación habían acordado que los obreros iban a trabajar de 7 a 15, pero a veces lo hacen hasta las 18. Lo mismo los sábados y hasta los feriados.

 

“Ni siquiera nos dan tregua del fin de semana para recuperarnos. Es así desde la mañana hasta la tarde y no hay descanso”, remató Abud.

 


Un bloque de cemento caído desde el cielo

 

Lucio reside de manera temporal en una casa que le perteneció a un familiar, en Malvinas antes de llegar a Buenos Aires. A su alrededor hay tres edificios, uno en construcción y otros dos que ya están terminados. Si bien no la habitó en el peor momento, cada día encuentra una rajadura nueva.

 

Como recuerdo de aquellos tiempos, aún guarda un bloque de cemento que cayó desde lo alto y que rompió el techo, el cielorraso y una cama que se encontraba debajo. “Por suerte no había nadie acostado”, dijo en el patio de la vivienda.
Los techos se mueven y el piso cedió de tal forma que además de estar hundido en varios tramos, está corrida la línea que debe unirse a la pared por más de siete u ocho centímetros en algunas partes. “A las 12.45 no tengo más sol”, agregó y es cierto, la sombra de las edificaciones lo cubren todo. “De todos modos nunca hubo problemas con los constructores”, remarcó.

 

El 8 de diciembre de 2012, UNO publicó la denuncia de otro vecino de Malvinas –en la misma cuadra– donde mostró cómo esos mismos edificios que recién se terminaban de estrenar, provocaron grietas tan profundas en sus paredes que derribaron hasta el revoque de una habitación.

 

Incluso, con solo caminar por la vereda del lugar, se advierten problemas de grietas en casi todos los frentes.     

 

 

En Yrigoyen una familia tiene que mudarse por ocho meses

 

En Hipólito Yrigoyen al 100, antes de llegar a Echagüe, hay un gran edificio en construcción que ha generado una serie de inconvenientes en las casas de los vecinos. Sin ser especialistas, explicaron que excavaron tanto sin los recaudos necesarios, que parte de los pisos de sus casas quedaron al aire y se partieron; es posible seguir una grieta en el suelo, con los cerámicos quebrados y por más de 10 metros de largo en el interior de una vivienda de la zona.
En el lugar, hasta los autos que quedan en la vereda –también rota– se llenan de polvillo rojo cada vez que desde la construcción traen nuevos ladrillos para ingresarlos al obrador. 

 

“Tenemos todo destruido. Las claraboyas explotaron cuando cayó un pedazo de hormigón al techo. Los abogados nos dijeron que nos tenemos que mudar en setiembre y que ellos –la empresa constructora– deberán hacer la casa entera de nuevo. Han roto todo. Caen cascotes, tablas y chapas; cuando llueve entra agua por todos lados”, detalló María Esther Maradey que junto a sus hijos abrieron las puertas de su vivienda para mostrar el conjunto de inconvenientes que les ha provocado vivir durante dos años y medio al lado de la obra.

 

La vecina explicó que en ocho meses, más tardar un año, le tienen que arreglar su casa, al menos ese es uno de los compromisos. “Pero no nos quieren pagar ni el traslado ni la mudanza que tenemos que hacer por ese tiempo. Antes de que empezaran a construir el edificio, mi casa estaba sana”, agregó.

 

Sus paredes se movieron varios centímetros, incluso hay rajaduras en las transversales a la obra; hay uniones con el piso que quedaron separadas. Una tarde, los mismos obreros que construyen el edificio tuvieron que sujetar con vigas de madera una habitación por posibilidad de derrumbe; hasta hoy sigue  igual. 

 

Hay humedad y hongos permanentes que por más que María Esther los limpie una y otra vez, vuelven a aparecer. En la familia están desesperados porque los problemas son todos los días y las soluciones demoran en llegar.
Las puertas no cierran y ahora no saben si harán un juicio o cómo seguirá la situación.

 

Uno los hijos de la mujer contó que ni bien comenzaron con la obra tuvieron que contratar a un abogado ante los primeras grietas.

 

Pero eso no es nada, a todos los inconvenientes edilicios se le suman problemas de salud, con un estrés permanente y un malestar que se prolonga en el tiempo.
 

 

Rosi vive al lado de la casa de los Maradey y contó a UNO que tiene los pisos quebrados y parte de los caños subterráneos reventados. “Dicen que me van a arreglar la casa, pero no sé nada aún”, explicó.

 

Como sea, la situación no es fácil para los vecinos de la cuadra, que ya llevan, por lo menos 30 meses con respuestas parciales ante sus problemas comunes.