Martes 04 de Junio de 2019
A las seis me levanto, a once mil ochenta y siete kilómetros de Paraná, y muerta de sueño voy a despertar a las nenas para ir a la escuela. Quedan dos semanas de clases y empiezan las vacaciones de verano. Entro a la pieza cantando el hit taquillero del 84: “arriba Juan, arriba Juan, vamos a la escuela. Oh no mamá, oh no mamá, me duele la muela”.
Mientras la canto me doy cuenta que después pasan los soldados ¿y cómo no entender a Juan, que se levanta diligente?, si a todos nos gustaban los desfiles, la banda, los uniformes.
Teníamos también el soldado que esperaba la Catalina sentada bajo un laurel. Ese, a mi hija de seis años le parece un maleducado: ¿cómo le va a decir “calla calla Catalina, calla calla de una vez”? Coincido con ella, Juan Andrés, ¿por qué no te vas un poquito a la guerra? Solo las gracias deberías darle a la Catalina esta, que está ahí sentada, esperándote, y vos ofendido porque no te reconoció. Hubiera debido mitigar tu ausencia con menos optimismo y polleras más cortas.
Después teníamos a los maderos de San Juan, que piden pan y no les dan y si piden queso les dan hueso y les cortan el pescuezo. La falta de ternura está compensada con una ración doble de realismo en tonalidad medieval, como la guillotina, aparato que ya existía hacía cien años cuando el doctor Guillotín pidió, durante la Revolución francesa, que se le hicieran modificaciones para que los reos sufrieran lo menos posible al ser decapitados. Así fue que la lama, de horizontal pasó a ser transversal y más pesada, para evitar cosas a medias, digamos. Pensá qué carga para el doctor, y sobre todo para sus descendientes, llamarse Guillotín desde ese día. Que ni sepan que hoy todos creen que él fue el inventor, cuando en realidad tuvo solo una propuesta compasiva ante la crueldad incontestable.
Mientras tanto, en un convento, borombombom, de San Francisco (¿California?) había una negra, con tres negritos borombombom, mientras la negra tomaba mate, los tres negritos hacían bollitos de chocolate, que después llevaban al viejo hospital de los muñecos, donde albergaba el pobre Pinocho, herido a manos de un espantapájaros de una gang de espantapájaros sudamericanos, de las mas cruentas de los Estados Unidos de los años ochenta, donde evidentemente el invento mal atribuido a Guillotin no había llegado, o ya se había ido.
Pinocho, como muchos buenos mentirosos, tuvo fama mundial, mientras Manuelita, que andaba ahí por el norte haciéndose lifting en manos de gente improvisada y persiguiendo amores imposibles, terminó encontrando a Jacinta Pichimahuida que la llevó a la escuela, donde estaba la vaca estudiosa que como era muy vieja muy vieja estaba sorda de una oreja, así que Manuelita le hablaba del lado che oía y se hicieron buenas amigas.
Porque si algo somos los argentinos, es buenos amigos. Parece un lugar común, y en realidad es un lugar raro, precioso. Será porque somos del mundo del revés, del fin del mundo, por eso en mis artículos en italiano nos llamé findelmundanos, que son habitantes del fin del mundo. Somos la gente del abismo, del borde, la cornisa, estamos solos y aprendimos a bastarnos. Nos cortejamos y aunque no sé para qué volviste, qué mal me hace recordar, en realidad nos queremos juntos.
Olvidados por el mundo para las cosas que cuentan, recordados como una chica linda que está por allá lejos, aprendimos a abrazarnos, vivimos de juntadas alrededor del fuego y de amistades y de amores y de hijos. Hacer fuego para nosotros es normal, nadie se enoja aunque te ahúmen la ropa recién tendida un día entre semana. El fuego en Argentina no se le niega a nadie. Nadie se asusta porque siente olor a leña quemada, al máximo siente envidia. Y nosotros también vivimos olvidando el mundo, lo miramos, lo criticamos un poco, tratamos a todos de pecho frío, y nos vamos a casa. Y tenemos razón, lo digo viviendo de este otro lado, lo digo porque cuando estoy en Argentina me siento lejos, de todo y de todos mas allá de los aviones y la globalización y la banda ancha.
Las llevé a la escuela y me volví a escribir, ya que en eso consiste mi trabajo. Escribo siempre con música, porque me emociona, me da ritmo y crea la atmósfera en la que quiero estar. Escuchando música me doy cuenta que soy yo misma en cualquier lado. Un espejo por ahí hubiera sido suficiente para llegar a ésta conclusión, pero prefiero la música. Porque los espejos son traicioneros, te devuelven lo que quieren, te aflojan el mentón, te someten al desencanto de la fuerza de gravedad, inexorable. Prefiero la música, que te lleva sobre la espalda como si fuera un ángel de alas grandes a volar.
Si escucho Por una cabeza ya no importa dónde estoy, cualquier ciudad es un cafetín de Buenos Aires dentro mío. Una Buenos Aires imaginaria, en un tiempo que no era el mío, con un tango que no sé bailar en una ciudad que no viví pero que vive en mí porque de chiquilín la miraba de afuera, como a esas cosas que nunca se alcanzan.
Dicen que escribir es un ejercicio de nostalgia, dicen también que solo cuando uno recuerda ve realmente las cosas. Aveces éste ejercicio pone un poco triste, aunque triste no es la palabra. Te hace consciente, del tiempo, que no es verdad que gira en los relojes, es mas bien una brisa que pasa y nunca vuelve.
Yo a diferencia de Pedro Aznar, voy a llorar solamente si nadie me acompaña, y ahora estoy en compañía, al lado del mate, del café, del vinito al lado de la parrilla, con ésta forma un poco mágica de volver a Argentina todos los domingos y sería un honor saber que con estas palabras un día prendieron un fuego. No lloro porque hago como ustedes, que resisten a éste tiempo de reina batata sentada en un trono de lata con el cocinero que mira amenazador. Todos se quejan, pero poco, después dicen que ya va a pasar, porque siempre pasa, aunque ahora sintamos que nos siguen pegando abajo. Aveces llorar es como algo que después nos hace estar mas tranquilos, como estornudar, toser, o azotar la almohada contra el colchón mientras tendemos la cama a la mañana, un pequeño acto de rebelión, un momento de salvajismo domestico, solitario y liberador.
No habrá revolución pero hay resistencia. Resistencia viene del latín stare, que es un intensivo del verbo ser, es decir que es más que ser, es estar de pié, perseverar. A eso se le agrega re, que define el movimiento hacía atrás. Pero re-sistencia no es estar detrás, sino estar contra, oponerse, aguantar el golpe cantando al sol como la cigarra. Momento para no desperdiciar fuerzas y pensar soluciones nuevas (parezco un horóscopo berreta, ya sé), raras, impensadas, para volver a hablarnos bien, a cantarles a nuestros hijos, a abrazar a nuestros padres y reír con nuestros amigos. Eso no nos lo pueden sacar, hasta que llegue el día en que mirándonos en algún espejo despiadado digamos triunfales: y sin embargo estoy aquí, resucitando.