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UNO de Corazones: Adriana y X

Una historia que parece triste, pero tiene un buen final.

Sábado 04 de Julio de 2020

UNO de Corazones: Adriana y X. “Tenía bronca y solo podía llorar. Por un lado, porque se terminaba todo; por otro, porque ya había visto las señales pero las dejé pasar. Tenía más bronca conmigo que con él, porque él me mintió, pero yo se lo permití y lo acepté”, recuerda Adriana.

Ese fue el día D, significó un quiebre; el final de 12 años de relación y de tres años de matrimonio. La proporción no es un detalle menor: un noviazgo de nueve años y sin avances hasta que ella puso un ultimátum: casamiento o cada cual sigue su camino.

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Hoy en UNO de Corazones: Adriana y X.

Hoy en UNO de Corazones: Adriana y X.

“Es evidente que él no estaba seguro, y se quedaba conmigo no sé por qué; por comodidad, por costumbre, quién sabe. Un par de veces intenté terminar la relación porque yo la remaba y del otro lado no veía lo mismo, yo estaba lista para avanzar y él no. Pero siempre lograba convencerme, porque yo prefería creerle, aunque en lo más profundo veía que las cosas no iban a cambiar”, sintetiza.

Adriana y X se habían conocido en la facultad. Corría el año 1988, ella tenía 21 y él 20. Ambos estudiaban Ciencias Económicas, un par años después, él abandonó la carrera y se dedicó a trabajar en el negocio familiar. Ella se recibió y empezó a ejercer al poco tiempo, junto con su hermana que tenía un estudio contable.

“Ya estábamos medianamente asentados, teníamos trabajo, si bien los 90 eran tiempos difíciles para la economía. Pero teníamos lo nuestro, éramos independientes. Sin embargo seguíamos viviendo cada cual en lo de sus viejos, seguíamos siendo como novios adolescentes. Hasta que me harté y le puse el ultimátum”.

Se casaron en marzo de 1997 y se instalaron en una casa de barrio. Todo marchaba bien, hablaban de tener hijos, pero eso no alcanzó a concretarse. En el medio, Adriana perdió un embarazo y eso la golpeó fuerte. A pesar del momento difícil, se sintió más sola que nunca. Él se quedaba hasta más tarde en el negocio, y cuando llegaba se sentaba a mirar televisión. “Honestamente, sentía que me esquivaba”, resume ella.

El Día D

Así bautizó al día que marcó un antes y un después, el día que creyó que su vida se terminaba y que ya nada tenía sentido. El día que su marido le anunció que la dejaba.

Unas semanas antes, una amiga de ella le dijo que lo había visto en la calle, dándole un beso a otra mujer.

“Cuando ella me lo contaba, yo la miraba y no podía creer nada de lo que me decía. Mi primera reacción fue negarlo, decirle que seguro que se lo confundió con otro. Ella me sostenía que no, que había pensado mucho si decírmelo o no, pero que ella vio lo que vio y que la decisión de qué hacer con esa información era completamente mía. Me enojé mucho con ella, con él, con todo. Pero me quise calmar antes de actuar”, cuenta Adriana.

Esa noche, cuando X llegó del trabajo, ella trató de actuar normal, aunque a escondidas le revisó los bolsillos de la campera, la billetera y el pantalón en busca de alguna pista, un nombre, un número de teléfono. Todo mientras él se bañaba. Al final, optó por la total inacción.

Los días transcurrieron normales –demasiado normales para el gusto de cualquiera–, rutinarios; mientras ellos se volvían dos extraños. Ya no hablaban, ya no comían juntos, ni nada. Solo compartían la cama para dormir.

Pero en la cabeza de Adriana se proyectaba una película las 24 horas del día, hasta cuando dormía. Se imaginaba la cara de la que podría ser la amante de su esposo, pensaba en el color de pelo, si era más linda que ella, si era rubia, si sus ojos eran claros. Pero la parte que más le dolía era cuando se figuraba la cara sonriente de él mirando a su amante, con una mirada que hacía años que a ella no le dedicaba.

Un jueves por la tarde, mientras estaba en el estudio contable, tuvo un ataque de llanto repentino e irrefrenable: “Justo se había ido un cliente y apenas cerró la puerta me largué a llorar, viste cuando te brota ese llanto que no podés casi respirar, así. Mi hermana justo entró a pedirme unas facturas y me encontró hecha un mar de lágrimas. Le conté lo que me estaba pasando y me dijo: ‘vos no podés seguir así, X tampoco. Te llevo a tu casa y cuando él llegue lo encarás. Tienen que hablar’”.

Y eso decidió hacer; llegó a su casa y se sentó en el sillón del living, con la tele apagada para poder pensar qué decir, cómo abordar el tema, repasó las frases que le diría a su marido una y otra vez. Pero cuando él llegó se le olvidó el discurso; él la miró extrañado y le preguntó qué pasaba. Ella regurgitó lo que le salió: “Decime, ¿vos estás viendo a otra?”

“Se tapó la cara, pero no lloraba, creo que tenía vergüenza. Yo seguía repitiéndole la pregunta, me sentía una loca porque no tenía respuesta. Y en realidad, su silencio era la respuesta. Hasta que me dijo que sí, y que me iba a dejar”.

Esa misma noche, X metió algo de ropa en una bolsa de consorcio y se fue.

Fortaleza

Adriana cayó en una depresión, no comía, no dormía, solo se levantaba de la cama para ir al estudio. No quería ver a nadie, solo quería llorar. Hasta que una noche, mientras estaba acostada, una silueta saltó y se sentó en la mucheta de su ventana. Una gatita tricolor que maullaba desesperada. Adriana se acercó a la ventana, corrió la cortina y decidió que la iba a dejar pasar. De última, no venía mal alguna compañía después de dos meses.

“Abrí el vidrio y la gata saltó sobre la cama. Me miraba y daba vueltas sobre la cama, maullaba como llamándome. Así que me acosté y ella se acomodó sobre mis pies. Al otro día le pregunté a los vecinos si conocían a los dueños, porque estaba cuidada, se notaba que estaba bien alimentada, pero nadie la reclamó. Así que se quedó conmigo”, recuerda ella.

Y así, Luna se convirtió en su rescatadora, dándole algún otro motivo para levantarse, aunque sea para alimentarla y cambiarle las piedritas. De a poco, Adriana se empezó a animar, a visitar a su familia, a verse con amigos, a ir al gimnasio. Incluso decidió iniciar la carrera de Martillero Público.

Pasó el tiempo, llegó la crisis del 2001 con sus embates, pero junto a su familia pudo salir adelante. En marzo de 2001, recibió una llamada telefónica: era X, que le pedía hablar. Había pasado un año del Día D y Adriana era otra persona. “En ese momento, cuando escuché su voz tras un año de no saber de él, me temblaron las piernas y me quedé muda. Pero enseguida junté coraje y le dije: ‘no soy el plan B de nadie’ y le corté. Nunca antes en la vida me sentí tan bien”, se ríe.

Pasaron algunos años y Adriana volvió a formar pareja, también volvió a terminar la relación. Sin embargo, nunca volvió a sentirse deprimida ni vulnerable. Ahora, la protagonista de su película es ella misma.

Vos también podés enviarnos tu historia de amor o desamor al correo electrónico unodecorazones@uno.com.ar.

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