Sábado 24 de Agosto de 2019
Las ciudades y el campo mutan permanentemente. Lo mismo que los mares y quizás hasta el espacio, el fondo marino, los grandes picos. Es una suerte de verdad natural, el proceso lógico de la evolución de los tiempos. Lo que si resulta quizás novedoso es la velocidad contemporánea con que ello ocurre.
Y así es lo que ha sucedido en este último siglo donde la mano de obra del hombre se ha tecnificado a niveles insospechado en otros momentos. Lejos el mundo del asombro de la Revolución Industrial y cercanos a la avidez de los procesos tecnológicos más audaces, los espacios verdes parecen expectantes a una horda de aparatos y recursos científicos nuevos.
En verdad no deja de tratarse de la propia inteligencia del ser humano puesta a beneficio de sí mismo, de su bienestar y progreso y tal vez podríamos convenir que de eso se trata justamente tanto la convivencia como la evolución misma.
Pero no impide ello, y más allá del juicio de valor que podría hacerse sobre esos mentados avances, tener reminiscencias de otras épocas no tan lejanas pero si diferentes. De una ciudad apacible, solidaria, pujante y asombrada. Asombrosa, aislada, cálida, urgente. Diferente en definitiva.
En la década del 40
Cuando hablamos de la década sin precisar el año puede ser una ocurrencia confundir el silgo, Y es posible, claro, en una sociedad que apenas amerita la exposición de una historia por lo menos bicentenaria y en eso va la sucesión de hechos modernos y contemporáneos que en definitiva configuran su esencia.
Y si bien nos vamos a referir a la década del 40 del Siglo XX, el tema de este reporte bien podría extenderse a su homónima del siglo XIX. Digo porque resulta a veces interesante observar conductas de otrora, muy alejadas de las sanidades actuales y las medidas de salubridad urbanas que exigen la alimentación y los espacios de circulación de las personas.
Tomemos precisamente como ejemplo el consumo de carne, una habitualidad de nuestro país y también de la ciudad. Bien fundado en los procesos de la conquista, donde la introducción de ganado bovino y su posterior masificación transformaron al ganado en cautiverio y al cimarrón en una población casi infinita. Dedicada al consumo de carnes, cuernos y derivados el ganado pasó a ser determinante de la economía y del consumo. Ya las actas del Cabildo de Santa Fe dan cuenta de las negociaciones que debían llevarse a cabo con los habitantes de la Baxada y precisamente con el líder de los pobladores originarios de esta banda, el cacique Yasú. Aplacadas las rebeliones Yasú se dedicaba al pastoreo y cuidado de hacienda, garantizando la ausencia de hostilidades.
Los diferentes registros de los archivos jurídicos permiten dar cuenta de legislación de aquellos años del Siglo 19. Las costumbres eran el faenamiento en el propio domicilio, así como la disposición de los restos inutilizados simplemente a la calle. Pensemos en la época: calles de tierra, nula infraestructura, silencios perturbados por los cascos de caballos y ruedas de carruajes, la ciudad cercada implacable por el monte. Un Edén con vicios terrenales.
Terrenales como lo que decíamos arriba: de vez en cuando se tomaba alguno de los animales de granja (ovejas, corderos, vacas, cerdos) y se los faenaba para la alimentación familiar o la confección y venta de la carne y sus embutidos derivados.
El cuadro era el siguiente: en algún lugar de la casa, se mataba el animal. Luego de la faena, la sangre, los desechos y hasta los cueros se tiraban en la calle, al arbitrio de la podredumbre y los animales cimarrones y salvajes que salían del monte. Sin agua corriente para limpiar ni desinfectantes para prevenir, imaginemos si cada casa procedía habitualmente de esta manera.
Por eso, las legislaciones municipales de ese siglo apuntaban a regular de alguna forma esa actividad. Así se prohibía que el faenamiento se produzca en determinados horarios, o que se realice sobre las aceras o bien se establecía que la disposición de los restos se realice por enterramiento. Costumbres claro, que el tiempo, los patrones de consumo, la calidad de prevenciones y la urbanidad han dejado de lado. Es hoy una postal, un recuerdo que se desvanece implacable.
El Matadero Municipal
Pero volviendo a la misma década pero 100 años después y ya en el Siglo XX la cuestión era de alguna forma también necesaria de regimentar. Carnicerías y faenamiento se manejaban de manera anárquica y el funcionamiento de los mataderos era cuasi primitivo. Cosa poco compatible con los regímenes de exportación pero eso es otro tema.
Lo cierto es que la ciudad de Paraná se veía en la necesidad de concentrar la actividad de producción de carne. Y por ello es que la Municipalidad finalmente decidiera la construcción de un matadero municipal, el cual se dedicaría a concentrar el ingreso de animales, su clasificación, faenamiento y producción de los cortes necesarios.
Para ello, se procede a la construcción del llamado Frigorífico Matadero allá por el año 1939. Tomada la decisión se evalúan las propuestas que finalmente recaen en la conformación de la empresa IFA (Industrias Frigoríficas Argentinas) que sería la encargada de construir el Matadero Municipal. Se seleccionó un vastísimo predio en la zona del barrio La Floresta y un presupuesto que finalmente ascendió a una inversión oscilante entre 700 y 800.000 pesos de la época…parece mentira una obra pública semejante a ese costo.
Las noticias suceden los días 27 y 28 de diciembre del año 1941. Allí, en esos días después de la Navidad, la ciudad en su conjunto festejaría la inauguración de un establecimiento fabril que resultaría icónico: el Frigorífico Matadero Municipal.
La IFA había construido las instalaciones pero bajo un régimen interesante: no percibiría monto alguno durante el primer mes de trabajo, plazo que se reservaba la Municipalidad para la explotación dl predio y entonces sí, con el emprendimiento en marcha abonar la primera cuota y subsiguientes. Circulo Virtuoso que le dicen.
En diciembre hace calor y los días son largos. La conmoción del fin de año paranaense de 1941 es notable: a las 18.55 partiría desde la plaza de Mayo un contingente de automóviles en caravana hacia el nuevo matadero, para proceder a la pomposa inauguración del nuevo edificio. Modernas instalaciones, ventajas para los productores, seguridad para los obreros y salubridad para los consumidores continuaban cimentando la decisión de su habilitación, transformando una actividad casi artesanal en verdaderamente fabril.
El tiempo y las malas administraciones, sumado quizás (esto es una agregado indulgente) a la evolución urbana de la zona y cambio en los patrones de convivencia al declive de aquel frigorífico.
Ya en el Siglo XXI y muy lejos de colgar una res en la vereda para carnearla, el otrora poderos Frigorífico Matadero Municipal es apenas una elocuente muestra de la desidia y el abandono, donde algún memorioso todavía anida en su mente antiguas historias de matarifes y mucangueros, de madrugadas y trozados. EL edificio todavía se yergue en el mismo sitio donde el 28 de diciembre de 1941 se inauguró. Pero abandonado, descuidado y ya fané solo parece la exposición de una ruina.
Dejó de funcionar entre las décadas del 70 y 80, y su testimonio como parte inescindible de la historia de la ciudad (al igual que el Puerto, el Ferrocarril, la Fábrica de Fósforos, Coceramic y otros tantos) ameritaría como mínimo un recuerdo amable y como obligación un rescate patrimonial e histórico para la memoria colectiva.