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Diálogo Abierto

Psicología y futuro en un sobreviviente del Holocausto

Entrevista con el licenciado Horacio Ojeda. El campo y el camioncito. Ser cura, "ir al cielo" y el seminario. Vicente Zazpe y un consejo. Viktor Frankl y el sentido de para qué vivir.

Martes 11 de Mayo de 2021

El neurólogo y psiquiatra austriaco Viktor Frankl (1905-1997) desarrolló su gran aporte a la Psicología a partir de las experiencias vividas como prisionero en los campos de concentración, donde perdió a su esposa, padres y su hermano, durante la Segunda Guerra Mundial. El licenciado Horacio Ojeda explica cómo descubrió y adoptó este enfoque terapéutico, influenciado por el pensamiento existencial del siglo XX.

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Un niño del monte

—¿Dónde naciste?

—En Alejandra, Santa Fe, un poblado muy pequeño del departamento San Javier, a 200 kilómetros al norte de la capital. Viví en el campo hasta los cinco años, a 15 kilómetros del pueblo, luego allí, hasta los siete años y donde comencé la escuela, pero no fui al jardín.

—¿Cómo era tu hogar en el campo?

—Una casa rancho de adobe, junto a un estero, con animales, y monte de algarrobo y tala; a los cuatro años montaba a caballo, juntaba las ovejas y las encerraba, se hacían yerras y al pueblo íbamos en carro.

—¿A qué distancia estaba el vecino más próximo?

—A cinco o diez kilómetros.

—¿Cuál era la actividad predominante?

—Lo relacionado con las gallinas, vacas, ovejas y cerdos, un sembrado con zapallo, calabaza, tomates, morrones, maní y alrededor de la casa había unas hectáreas de algodón.

—¿A qué jugabas?

—A lo que juega un niño del monte, solo, con palos, cajones y tuve un camioncito.

—¿Incursionabas en el monte?

—Nunca me metí, aunque cuando salían a cazar mulitas y tatús, yo iba.

—¿Qué imaginabas ser cuando grande?

—Comencé catequesis a los seis años y saqué la conclusión, tal vez asustado, de que había que ser cura para ir al cielo.

—¿Iban frecuentemente al pueblo?

—Cuando había que hacer compras o llevar algo para vender en la cooperativa, y a la casa de unos tíos.

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Descubrir la pelota

—¿Algo te resultaba atractivo?

—El edificio grande de la cooperativa con tantas cosas. Ahí me compraron el camioncito pero no conocía lo que era una pelota. La primera vez que me encontré con una fue a los ocho años, en Paraná.

—¿Por qué acá?

—Mi madre se separó de mi padre y vinimos acá.

—¿Cómo viviste el contraste?

—Vinimos a la zona de la antena de LT 14. Me llamaba la atención la actividad nocturna y las luces, porque en el campo teníamos farol, cenábamos y nos íbamos a dormir. Me inscribieron en primer grado en la Escuela Belgrano, repetí y también me fue mal como libre. Me interesaba jugar a la pelota, que aprendí en calle 9 de Julio casi Racedo.

—¿Leías?

—Nada, apenas hacía las tareas.

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Padre o padre de familia

—¿Seguías con la idea de ser cura?

—Me quedó. Hice la comunión y fui un niño sumiso. En quinto grado le dije a mi madre que quería ir a La Salle, por un compañero que tenía, averiguó, no había lugar, me llevaron al colegio Stella Maris y estaba chocho, aunque dejé a mis amigos. Pasaron dos meses y de nuevo dije que quería ser cura, porque había uno que lo veía como si fuera un padre. Cuando terminé la primaria fui a hablar con el padre (Rubén) Dri, que estaba en la catedral, e ingresé a la escuela secundaria del seminario.

—¿Te gustaba alguna materia?

—Había escuchado que los curas sabían de todo y que estudiaban mucho, pero el profesor de Geografía dijo que “sin ser el mejor alumno, en la secundaria nunca rendí una materia”. Me quedó como modelo; me destacaba en el deporte y mantenía la idea de continuar en el seminario mayor.

—¿Continuaste?

—Sí, falleció mi madre, quedé solo, hice los tres años de Filosofía y un año de Teología.

—¿Tuviste algún formador influyente?

—Había buenos sacerdotes, antes de que ocurriera lo que tiene que ver con…

—Los abusos sexuales de Justo Ilarraz.

—Exactamente; más allá de que sabía que no todos los sacerdotes eran buenos, sino parte de la realidad.

—¿Nunca viviste o viste situaciones de ese tipo.

—No. Vivíamos de a dos o tres, y en Teología, de a uno en cada habitación, salvo si éramos muchos.

—¿Por qué dejaste?

—Cuando terminé el primer año de Teología seguía con la neurosis de “ser bueno, responsable y hacer las cosas bien”. Una sola vez salí mal en los cuatro años del seminario mayor, aunque luego aprobé. A fin de año me llamó el rector y me dijo que “no me veían como sacerdote”.

—¿Cómo fue el impacto?

—¡Imaginate, era mi proyecto y estaba enfocado en eso! Hablé con el obispo auxiliar y con (Adolfo) Tortolo quien me dijo “las autoridades sabrán por qué”. Así que me fui con mi valijita, solo, al mundo, me incorporé a la parroquia del Sagrado Corazón, lo fui a ver al obispo Vicente Zazpe, me dijo que no me hiciera problema y “si no sos padre, vas a ser padre de familia” (risas), me invitó a ir a Córdoba, pero no fui.

—¿Por qué?

—Me quedé tranquilo, entendí que no podía ser cura “por decreto”, no obstante que la idea me daba vueltas en la cabeza, y tuve que hacer el servicio militar, lo cual fue un corte radical.

—¿Has desarrollado alguna afición?

—Las danzas folclóricas.

—¿Por qué?

— Mí esposa bailaba y yo no quería hacerlo, quizás por la dificultad de relacionarme cuerpo a cuerpo con el otro. Fue un desafío personal para quitar prejuicios, pensándolo como psicólogo. Desde siempre me gustó la música folklórica, pero bailar era una negación tremenda. Hoy me encanta y colabora para desinhibirme y relacionarme mejor con el otro, como también enfrentar, desde el escenario, a los espectadores y anular el miedo escénico. También tiene que ver con mis orígenes, ya que cuando niño veía a los hombres vestidos de paisanos. Vestirme así me enorgullece y defiendo la autenticidad.

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Frankl o el sentido de la vida

—¿Cuándo fue la primera aproximación a la Psicología por fuera de la formación en el seminario?

—Estando en el Ejército en 1980, me inscribí en Ciencias de la Educación, me atraía lo humanístico, fui un tiempo pero se me complicaba; salí del servicio militar, una monja que cocinaba en el seminario me dio un contacto para conseguir trabajo en un almacén mayorista y a los pocos meses ingresé a Obras Sanitarias. Quería estudiar Psicología, por la formación humanística que había tenido, pero no tenía plata para ir a Rosario, así que me inscribí en Psicopedagogía, que era lo más a fin.

—¿Con qué enfoque se orientaba la carrera?

—Totalmente eclesial; el autor vertebral era Jean Piaget, y con mucha técnica, además de algo de Psicología.

—¿Allí descubriste el pensamiento de Viktor Frankl?

—No, en el recorrido académico en la Uader (Universidad Autónoma de Entre Ríos).

—¿Es una corriente en la cual se profundiza?

—Para nada, es una más de las distintas corrientes que se estudian, al pasar, pero me lo dieron bien.

—¿Qué te atrajo particularmente?

—El sentido de la vida, sobre el cual Frankl pudo teorizar en la necesidad de descubrirlo. Ahí comencé con la Logoterapia.

—¿Implicó rupturas?

—En Psicopedagogía ya había revisado ideas e incorporé otras corrientes que desconocía. Al pensamiento de Frankl lo integré. Primeramente me enseñaron bien el psicoanálisis freudiano, me interesaban sus herramientas al igual que la corriente sistémica (terapia familiar), pero no me gustaba Lacan y la escuela francesa, eran una “cuestión de piel”, lo cual seguramente tenía que ver con mis estudios de Teología y Filosofía. Cuando terminé de cursar me orienté definitivamente hacia el humanismo existencialista.

—¿Te imaginabas como un terapeuta distinto por adherir a esta corriente?

—Claro, pero me apoyaba en la corriente sistémica, que había aprendido en un ámbito lacaniano, por eso tenía que construir un enfoque desde lo personal, según lo que nos dijo un profesor de que “no nos casemos con nadie”.

—¿Hiciste una formación adicional?

—No, simplemente la lectura y reflexión personal; me hubiera gustado pero ya estoy grande y reparto mis tiempos. Siempre estudié, ya que cuando terminé Psicopedagogía estudié estimulación temprana.

—¿Te cambió la Logoterapia?

—Me humanizó más y me ordenó en mi vida, porque el sentido y la libertad de sentido implica la voluntad y responsabilidad. Todo tiene que tener sentido, aunque no rígido ni estructurado.

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Psicología de la pregunta y la escucha

—¿Cuáles son los principios claves del abordaje logoterapéutico?

—Frankl a la persona que viene a nuestros encuentros, a quien no calificaba como “pacientes” ni “clientes”, le habla de “igual a igual”, en el mismo nivel. Un elemento muy interesante es que el terapeuta logre a través de la pregunta, una palabra y que en un próximo encuentro se dé cuenta, por eso trabaja sobre la base del método socrático.

—¿El primer consultante con quien verificaste cómo funciona el método?

—No soy muy disciplinado porque como psicopedagogo he trabajado con niños de cinco o seis años, entonces, a través del juego no era sencillo aplicarlo. Sí en los adolescentes.

—¿Un caso particular que recuerdes?

—El de una persona que trabajaba en un lugar público, tenía dificultad de interacción con sus compañeros, hacía todo, se iba último, le daban la llave, llegaba temprano… pero no quería eso y le hacía mal, porque le recortaba parte de su propia vida. Luego de un tiempo, charlando, concluimos que a la una menos cuarto comenzara a guardar todo, a la una menos cinco dijera “hasta mañana; de la llave no me puedo hacer cargo”, y se fuera junto con sus compañeros. Para que eso tuviera sentido tenía que tener el valor de la autoestima y así adquirió el respeto de los demás.

—¿El factor del “sentido de la vida” está subvaluado en otras corrientes psicológicas?

—La persona que consulta durante un tiempo con un terapeuta quizás pueda darse cuenta de determinada cuestión y aceptarse. Freud decía que muchas cosas no se curan pero se acostumbra a convivir con ellas. En la Logoterapia es lo mismo: la persona tiene que tener conciencia de la realidad y aceptarse como es. Frente a la duda y el no saber qué hacer, preguntarse, escarbar y pedir ayuda. Frankl decía que en el psicoanálisis, el consultante nunca imaginó que diría tal cosa, pero lo sacó hacia afuera y lo habló. En Logoterapia quien viene a consultar nunca pensó que escucharía lo que tuvo que escuchar, como puede ser una devolución.

Futuro y esperanza

—¿Qué te impresiona de la dimensión humana del pensamiento de Frankl?

—En el trabajo de terapia se va hacia atrás, mucho al presente, y aún más hacia el futuro, con lo cual termina siendo esperanzador. Algo hay que revisar de lo de hace unos años, ¿y ahora qué vamos a hacer? Es como un vector que indica un Norte, en el cual hay que ir descubriendo por qué estoy acá. Quien lo hace, descubre un cómo.

—¿No es un planteo determinista?

—La libertad de sentido de la cual habla es la posibilidad de utilizar categorías y valores en libertad, para poder ir armando lo que se tiene por delante, tras encontrar el objetivo. Lo cual puede ser de distintas formas. Otra categoría que desarrolla es el sentido de la voluntad: no me pongo a esperar, sino que criteriosamente organizo y utilizo los valores, lo cual me dará una forma de ser que apronta el descubrimiento del sentido de la vida.

—¿Y si son patrones disfuncionales?

—No coincidirán respecto de los logros que querés. Tenés un sufrimiento por la pérdida de un hijo. ¿Cómo lo superás? Volitivamente no se puede decir “ya lo superé”, sino que hay que buscar elementos, herramientas, categorías que apuntalen la mejor forma de que el sufrimiento adquiera sentido. Para que algo tenga sentido tiene que estar apuntalado por valores, lo cual, a veces, no es sencillo.

—¿Hay autores que han actualizado el pensamiento de Frankl?

—No, su pensamiento es aplicable hoy tal cual está. Habló del vacío existencial, que es lo que nos pasa como persona, vinculado con el individualismo y el consumismo, lo cual genera angustia, depresión, limitación y soledad. El análisis existencial es un alto nivel de la terapia. El sentido de la vida no se impone ni construye, se descubre y es sanador.

La importancia de una visión integral del ser humano

El licenciado Ojeda destacó las razones profundas que permitieron la sobrevivencia de Frankl en varios campos de exterminio, entre ellos los de Auschwitz y Dachau, al igual que analizó el contexto de las medidas adoptadas por la pandemia.

—¿Cómo elaboró Frankl la cuestión del odio y el resentimiento?

—Fue un judío creyente pero nunca dudó de lo que tenía que hacer, salvo en los primeros tiempos cuando veía que sus compañeros se tiraban contra las alambradas electrificadas, para terminar con el padecimiento y con el túnel sin luz al fondo. Reflexionó que estaba para algo más.

—¿De dónde se rescata semejante lucidez en un contexto de horror?

—Había gente que era más fuerte y luego se acomodaban a ese estilo de vida. Aceptó con la convicción de que saldría vivo. No te olvides que era médico y neurólogo, entendía lo biológico y algo de lo psicológico. Planteó al sujeto humano como bio-psico-socio-espiritual.

—En este aspecto fue un vanguardista, ya que hoy muchas corrientes parten de ese planteo.

—Sí, lo hizo en la década de 1940, y además habló del amor.

—¿Tu reflexión sobre la neurosis por el aislamiento y el discurso del miedo por la pandemia?

—La población está cansada, bajó las defensas y quiere hacer lo que se le ocurre. El ser humano si no ve cuándo llegamos, no puede vivir en un interminable túnel y en un cuidado constante. Cuando vemos algo del objetivo propuesto y se acortan las distancias para alcanzarlo, ayuda y pone fuerte la actitud de prevención. Los jóvenes, al vivir el presente como algo exclusivamente placentero, sino no es así, transgreden, de distintas formas, con el agravante de que no hay escuela. Lo importante es que lo que se dice, sea significante.

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