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La regla del sueño

Martes 21 de Mayo de 2019

Pasó ya la medianoche cuando golpeás a la ventana de la casa de mis padres. Comimos tarde, como siempre en verano, y están todos despiertos todavía. No puedo salir hasta que no se vayan todos a dormir. En enero hace tanto calor. A la hora de la siesta es tan tórrido y húmedo que no se respira y a mí este clima me hace sentir viva. Se suda por todos los poros también por la noche, los movimientos son lentos y elegidos. El verano desnuda las piernas de las muchachas y enardece las estrellas, la Cruz del Sur, las Tres Marías. Y vos pedaleaste hasta casa y golpeaste a la ventana.

Mi madre cierra todo y junta del patio las cosas que podrían volar o tapar los desagües.

Han anunciado el arribo de una tormenta esta noche. Subo a fumar un cigarrillo a mi balcón, pero el cielo todavía está despejado, solo este calor que no afloja hace de premonición.

Me asomé para que supieras que te había escuchado, y ahora esperás sin insistir. Sabés que antes o después voy y yo sé que vos sabés y estás ahí. Te brillan los ojos, como si hubieras hecho una travesura épica, inventado algo o descubierto un secreto.

Cuando todos se lavaron los dientes y se van a dormir me descuelgo del balcón sobre el macetero con los helechos, esperando que a nadie se le dé por salir a mi pieza.

Me siento en el asiento de atrás sobre la rueda posterior de tu bicicleta, donde atás los cuadernos cuando vas a la escuela, donde cada tanto deberían bocharte, porque los desquiciás tanto cuanto te quieren, y es el último año, para qué lo vamos a bochar. Que se arreglen en cualquier facultad de humanidades que vayan a parar. Aunque para mí podrías ser un científico, uno de esos desprolijos, genio y duende, de esos que miran los números buscando confirmación de la magia del universo.

Dejo caer las rodillas y levanto hacia atrás los talones, me tengo de tu asiento y vos pedaleás parado, rápido por las calles vacías. Tenés algo que contarme. Vamos al bar al lado del camino saliendo del pueblo. Están los viejos de siempre que juegan a las cartas, y ese perfume de tierra y naftalina que acompaña el de tierra mojada que se levanta no muy lejos.

Te miro al otro lado de la mesa, tenés las pupilas hinchadas cuando Atilio apoya una pinta de vino tinto, dos vasos y maní con cáscara. Rompo un maní en concomitancia con el primer trueno que me hace saltar. El primer trueno siempre te sorprende. Rompo la cáscara pero le dejo la piel. Vos rompés el maní y le sacás la piel que va a formar una montañita de tu lado de la mesa. Servís un poco de vino en cada vaso y brindamos como se hacía antes, sin esta obligación exagerada de mirarse quién sabe cómo.

Sentado en el borde de la silla me mirás y tus ojos hablan, y otro trueno destroza el aire ya más cerca. Atilio va a cerrar la puerta de atrás que da a un baldío, y después la de la entrada. Resbalás hasta ocupar todo el asiento y con los codos sobre la mesa te tenés la cabeza entre las manos, y me mirás con esos ojos y una especie de sonrisa.

La lluvia empieza a golpear el techo. Las primeras gotas son enormes, se siente el ruido.

Caen como huevos y podrías adivinar dónde caen. Se multiplican hasta que se da vuelta el balde entero y se hace cascada torrencial, ruido de agua y truenos, y me tendés la mano sobre la mesa, y apoyo sobre la tuya, mi mano. Y pasa como siempre cuando llega la tormenta, que sin preaviso se corta la luz. Es normal acá, Atilio ya tenía sobre el mostrador las velas blancas largas y platos de café que han quedado huérfanos con los años. Quemo la punta de la mecha y giro la vela para que la llama derrita la cera en el centro del plato, y cuando es suficiente, planto la vela.

En noches como estas se apagan todos los motores que nos hemos acostumbrado a oír.

Calla la heladera en la cocina, las pequeñas luces rojas de los aparatos desaparecen indicando que están.

Viento que monta y se alza, se siente su silbido y el ruido de las cosas que vuelan por la calle. Los pájaros ya no cantan. Los perros ladran y algunos lloran, puedo imaginarlos temblar, tiemblan aquellos con las cuchas más lindas y reparadas como tiemblan los callejeros amontonados en los ingresos de los edificios.

Tengo miedo. Más que miedo, tengo terror. Cada tormenta de estas siento que termina el mundo. Quisiera esconderme, de la tormenta y de mi conciencia, entrar en un armario de mi mente donde no hubieran pensamientos ni sentimientos hasta que no pasa. Porque hasta que no pasa yo siento que podría no terminar.

Ves en mis ojos el miedo y apoyás el otro brazo sobre la mesa, con la mano abierta.

Apoyo el codo sobre tu mano y cierro mi mano sobre tu brazo. Como aconsejan hacer cuando salvas a alguien en el agua, o cuando tenés a alguien que pende. Yo pendo de vos por el terror que me provoca la tormenta. Y vos, que no la temés, ¿por qué aprietas? ¿De qué te salvo? ¿De dónde te trae este viento que ha encendido tus ojos esta noche? ¿Qué has visto que te ha dejado dentro tanta luz y tanta furia? Tenete de mis brazos, ancla a este mundo en tempestad, para que puedas asomarte afuera y después volver.

También los ventiladores y acondicionadores se habrán parado en las habitaciones hace ya un tiempo, y los cuerpos semidesnudos sudan sobre las sábanas, algunos se buscan y se aman sin despertarse del todo y el día después se preguntarán si ha sido un sueño.

Otros se despiertan y se levantan, buscan algo para comer, van a ver si el perro tiene miedo, si entra agua de alguna puerta, y recuerdan cuántas cosas no se pueden hacer sin electricidad.

Cara a cara con la oscuridad, el silencio y la soledad, por una vez. Otros dormirán de un tirón como una noche cualquiera y mañana, si la tormenta habrá pasado, mirando los charcos dirán "parece che llovió anoche".

Veo tus ojos más allá de la llama y me asomo a un abismo de infinita y conmovedora belleza, navegando en tu mirada adivino la fuente de donde vienen la luz, los sonidos y el calor. La veo y no está en otro lado, o mejor, esta acá y en otro lado. Es. Es en cada espacio donde no hay cosas, en el vacío, en el viento, en la dada; así como en cada cosa se vive y respira y cambia y crece y suena, en cada corazón que late y en cada semilla que germina con dolor y fuerza. Es doloroso germinar, y respirar la primera vez. Y luego lo será también otras veces. Salir, separarse de esta luz primordial y germinar en un vientre, en un cascarón, bajo la tierra. Es dolor y maravilla. Quizás la piel, los brazos y las manos nos hayan sido dados en compensación, para que pudiéramos abrazarnos.

Por muchos años en la casa de mis padres, las noches de tormenta, ha golpeado un hombre feo, amenazador. Del cual trataba de escapar pero el terror me paralizaba.

Esta noche viniste vos, con tus pupilas hinchadas, la boca muda, los brazos tendidos, las manos abiertas, me sacaste de la casa de mis padres pedaleando como un loco, feliz e inquieto, y la tormenta nos dio el tiempo de llegar al bar antes de apagar la luz y los ruidos.

Y está esta vela, el fuego, la luz más cálida que se pueda encontrar. Muestra lo justo y protege el resto. Calienta y consuela.

En aquel momento la vela se apagó. Habrá sido el viento, mi respiro, o quién sabe qué.

Pero en tus ojos quedó la llama, quizás también en los míos, pero yo no podía verlos, y ni vos ni yo podíamos hablar del estupor. Y por algunos segundos o quizás minutos, o siglos, cómo saberlo, el tiempo se paró, o se expandió porque sentía dentro mío la sangre correr a toda velocidad, mientras veía el fuego de la vela moverse sobre tus pupilas.

Los viejos se fueron hace un rato, viven al lado. El bar está comunicado con la pequeña casa de Atilio que nos acerca una frazada de lana y nos da la buenas noches "pueden quedarse acá", dice. Doblamos en cuatro la frazada como en una danza, la apoyamos en el piso en una esquina, te sentás con la espalda contra el muro, me acuesto de lado con la cabeza sobre tus piernas. Y con un brazo me cubrís, y con un brazo recambio, y nos dormimos acunados por el agua, protegidos por los truenos que rugen a los demonios, alejándolos de nuestra belleza.

Y cuando me despierto soy siempre yo, lejana un océano atlántico de la casa de mis padres desde más de la mitad de mi vida, mis hijos y mi hombre duermen y se escucha llegar el primer tranvía, en una ciudad sin tormentas pavorosas y donde la luz nunca se corta. Y entiendo que era solo un sueño. Y sé que no lo era. ¿Será esta la regla del sueño? La tormenta sigue creciendo, pero ahora desde adentro, en algún lugar entre el corazón y la panza, y no tengo más miedo.

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