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La casa de mis abuelos

Entonces la abuela abría la puerta de abajo del armario y sacaba la cajita de vidrio con los caramelos duros surtidos. Elegíamos uno cada uno con cuidado. Los había redondos de menta, de café, de chocolate y de nuez, y otros más alargados que eran de distintas frutas.

Miércoles 01 de Mayo de 2019

Hace frío. Fui a buscar las nenas a la escuela y volvimos a casa. No hay nada más lindo que entrar en casa cuando hace frío. En pleno invierno en Milán se hace de noche muy temprano. A las cinco de la tarde el sol ya no está y la oscuridad invita a anticipar las costumbres. Es impensable comer a las nueve o diez, cuando es de noche desde las cuatro y media.

Así que a las seis preparaba la cena y mientras lavaba las verduras pensaba en mis abuelos. En sus casas simples y al cuidado que tenían por las cosas.

A veces pasaba los fines de semana en casa de mis abuelos paternos. Recuerdo todo como si lo estuviera viendo ahora: los pavimentos que mi abuelo era el encargado de limpiar, la mesa del comedor con la carpeta en el centro –una especie de flor blanca tejida al crochet– sobre la cual había un florero. El piano de color negro contra una pared, y en la otra el armario con las copas panzonas de cognac y las chiquitas de licor.

Sobre el armario había fotos de los hijos y los nietos. Venían seguido a visitarlos, entonces la abuela abría la puerta de abajo del armario y sacaba la cajita de vidrio con los caramelos duros surtidos. Elegíamos uno cada uno con cuidado. Los había redondos de menta, de café, de chocolate y de nuez, y otros más alargados que eran de distintas frutas. Me gustaban los de menta y los de café. Recuerdo el ruido del papel entre las manos mientras escuchaba a mi padre hablar con mi abuelo que elegante, sentado de piernas cruzadas, sonreía con bondad, como si todos los años vividos no le hubieran hecho ningún mal.

En un ángulo estaba el televisor, se veía en blanco y negro y tenías que levantarte para cambiar de canal, algo que mis hijas quizás no llegan a imaginar. Pero la mente en aquellos tiempos tenía otra calma, otro tiempo de reflexión, sabíamos esperar 24 horas el próximo episodio de la novela (que hoy se llamaría serie y tendría más muertos, menos embarazos clandestinos y nos quitaría el sueño hasta las cuatro de la mañana). Mi abuelo lo prendía de noche, para mirar el noticiero y los partidos.

El armario de la cocina era mi preferido. Mis recuerdos están a la altura del mármol marrón claro, sobre el cual mi abuela tenía siempre una lapicera y un papel para escribir las cosas que no se tenía que olvidar de decirle a mi padre. En el cajón del lado izquierdo, bajo los manteles, había un viejo libro de italiano, y mi abuela cada tanto me enseñaba algo, sobre el idioma y sobre la nostalgia. A la noche íbamos a dormir y me permitían hacerlo en una cama que había en su pieza, al lado de la suya. En la pared colgaba un rosario de cuentas grande, pienso de madera, que una vez generó una cosa extraña en el barrio. A alguien se le ocurrió mirarlo fijo y luego mirar hacia otro lado, constando que la imagen del rosario se trasladaba. Un milagro. Desde ese momento y por varios días hubo un ir y venir de visitas. Las señoras del barrio venían a rezar a la pieza de mis abuelos, mirando fijo el rosario y luego viéndolo proyectarse por todas las paredes. Yo asistía a éste "milagro" incrédula, y en esta incredulidad quedé una vez con la mirada perdida en la bomba para echar flit (de ahí el famoso "echale flit") que colgaba de otro clavo. Cuando me desperté de mi ensueño y miré hacia otro lado, oh María, vi la imagen de la bomba trasladarse tal como lo hacía el rosario. Miré a todos y tomé aire para hablar, el pasillo afuera de la pieza estaba lleno y a los pies de la cama estaba parada la señora Pancha, conmovida en un gesto sacro, con un rosario de cuentas de rosas entre las manos. Largué el aire despacito y no dije nada. García Márquez estaría de acuerdo conmigo en que esa fue mi primera panzada de realismo mágico.

En la pieza había también un armario de madera con tres puertas, la del medio con un gran espejo. Arriba había dos valijas con dentro las partituras para el piano y la inspiración para las historias de mi abuela sobre sus hermanos músicos, las fiestas del campo en las que tocaban y los privilegios de ser la hermana de los de la orquesta.

Historias sobre el nonno Francesco, sus bigotes, su severidad, el dialecto piamontés, la casa de familia, la galería, los techos altos, las piezas grandes; sus pretendientes, la elección, el cortejo, el matrimonio. El campo, el frío, los peones, el molino. El pan, el horno a leña, la vaca, la leche, los caballos. Los hijos nacidos y los hijos perdidos. El primer auto, los caminos de ripio, el pueblo, la mudanza, la ciudad, la despensa. Y antes de dormir, un padre nuestro de la mano.

El domingo a la mañana (quizás no era domingo, pero lo era siempre para mí cuando estaba en su casa) se pasaba la escoba a la galería, y se iba a ver todas las plantas. De un árbol colgaba algo que mi abuela llamaba "barba de ángel". Sacábamos las hojas secas, limpiábamos las malezas, y yo arrancaba pequeñas flores blancas que había en una planta al lado de los rosales y tomaba el jugo que tenían adentro. Sabía, aunque mi abuela no lo haya dicho nunca, que las rosas eran sus preferidas, su orgullo. Las tenía en primera fila y eran altas como yo en esa época. Antes de volver a casa me cortaba un pimpollo, el mas lindo, para que se lo regalara a mi mamá o el día después a la maestra.

Los domingos (los verdaderos domingos del mundo entero, como hoy) a la mañana cocinaba con mi abuela los ravioles caseros mientras mi abuelo hacía la salsa y rallaba el queso con la parte mas fina del rallador. Cada gesto, perfume y sabor me quedaron grabados en la memoria y aún me nutren. En verano cuando llegaba la tardecita mi abuela se ponía un vestido lindo y un collar, un poco de color en los labios, apoyando el lápiz varias veces para luego desparramarlo con los dedos, de modo que fuera rojo pero no demasiado fuerte, se arreglaba el cabello e íbamos a sentarnos afuera, donde estaban también los demás vecinos de la cuadra. Y se hablaba con uno y con otro, gentilmente, educadamente, se miraban los pocos autos que pasaban por esa calle que daba a la avenida y los niños jugábamos a algo.

Hablando del sentido de la vida Rousseau en su novela pedagógica escribe "¡Ser felices, querido Emilio! Es este el fin de cada ser sensible, el primer deseo estampado en nosotros por la naturaleza, el único que nunca nos abandona. ¿Pero dónde está la felicidad? ¿Quién puede decirlo?" Mis abuelos tenían eso, y no mucho más, y me parecían felices, de una felicidad tranquila y compartida, relacionada con el bienestar de los demás, no como un montoncito individual de monedas que esconder bajo la cama.

Afuera hace frío, la cena ya está pronta, y del tiempo pasado con mis abuelos me quedan algunas intuiciones. Que estar presente en cada instante sea importante aunque difícil, rodeados como estamos de armas de distracción. Mirar con bondad, hablar gentilmente, cuidar los rosales, arrancar las malezas y no echarle flit a las ilusiones, propias o ajenas. Que el amor y las cosas simples tengan un poder mas grande de aquel que el cinismo y el desencanto que aveces nos rodean nos quieran hacer olvidar.

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