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Cristales, espejos y otras ilusiones notorias

El código secreto

Crónicas de un alquimista al costado del ring. Cosas que suceden detrás de las sogas.

Viernes 14 de Junio de 2019

Hace unas cuantas décadas, un joven maestro de las artes marciales que vivía en Occidente fue recriminado por ancestros clásicos orientales al haber revelado antiguos secretos, herméticos y reservados a conocimientos absolutamente conjurados. Dicen o al menos trascienden versiones sobre el fatal destino del joven maestro, quizás como un suceso mortal ante la transgresión aquella.

Pero los siglos desde las artes marciales, las décadas desde el maestro oriental y los años desde el surgimiento del boxeo han transcurrido en forma incontenible y como la mayoría de las veces, los saberes herméticos siguen de la misma forma.

En los gimnasios de boxeo parecen generarse fuerzas de la misma entidad, en base a indicaciones y procesos cuya adquisición se posee después de entrenamientos intensos, de exigencias extremas, de indicaciones puntuales que acrecientan la ferocidad ofensiva o la cualidad defensiva de cada pupilo. Así en la tierra como en el cielo de ese espacio de luces fluorescentes, piso cementado y detalles verdes que se destacan sobre el blanco de las chapas de las paredes… es allí donde cualquier alegoría con la forja de un herrero es una verdad.

Siempre lejos de los falsos misticismos de las películas o la romantización inexplicable de quienes solo han leído al respecto, la geografía de un gimnasio de boxeo suele contener personas y figuras que representan una especie de manantial inagotable de cara al ejercicio literario

No es por supuesto un ejercicio de curiosidad sino que debe considerarse una práctica de admiración. Como si fueran aquellos antiguos atletas griegos o esos poderosos campeones hebreos bíblicos, grupos silenciosos de motivados soñadores permanecen el tiempo que cualquier otro cuerpo no toleraría ser exigido. Como un molino de aspas poderosas hay alguien agitando sus brazos frente al espejo, justo como Jorge Luis Borges sostiene que los espejos devuelven lo peor de los hombres: el cuerpo. Pero en estos casos quizás se configure una contradicción con ese concepto porque el cristal retorna otras cosas: el sueño perenne, la voracidad, la ansiedad, el deseo, el propósito, la intención, la voluntad, la furia, el anhelo. Aquí, en este solar de fraguas boxísticas, el agotamiento es apenas un escalón en las dificultades. Todo está endurecido, desde las bolsas hasta los músculos. No hay permiso para las debilidades.

Algunos objetos hasta pueden ser inverosímiles para esas miradas sin entrenamiento para la belleza. Como una enorme y gigantesca cubierta de tractor que yace en el cemento del piso. Se precisan varios, demasiados, muchos caballos de fuerza mecánica para hacerlo girar sobre su eje.

¿Cuánta voluntad es necesaria para tensar los músculos de los brazos y como si fuera el gigante Fafner de la mitología nórdica levantar esa mole de caucho, una y otra vez? ¿Acaso sería Sísifo un antiguo boxeador, impulsando la misma enorme roca sobre pendientes pronunciadas, una y otra vez? ¿Son campeones ahora o lo serán luego?

Suenan los guantes

Cualquier imagen de combate implica la presencia de dos contendientes. Pero el universo es más amplio y a la vez más explícito. El entrenador que indica y corrige, un auxiliar que inunda la cara de agua o limpia las pestañas de la empedernida transpiración. Cuan interesante sería que alguien contabilizara la cantidad de golpes de prueba que precisa un boxeador para finalmente produzca el milagro del hallazgo preciso, mientras entrena sobre la lona eligiendo en milésimas entre jab o cross. En el espacio concéntrico del ring y mientras se practica, una voz que truena pero que exige un pedido: “Dame diez” y pide golpes. Y parten entonces diez trompadas de alternancia aleatoria entre zurda y diestra o arriba y abajo. Suena n los guantes sobre piel tersa, zumban los golpes ávidos de impactos profundos, resoplan las fosas nasales desesperadas de oxígeno. Crujen las chapas heladas de los techos, parpadean los mortecinos fluorescentes y un potente hálito de frío invernal se cuela por tantas hendijas. Miradas hoscas y decididas indagan un adversario que posee (paradojalmente) la misma avidez de triunfo. Todo eso configura una extraña armonía poderosa que emula aquellos antiguos coliseos de arenas sedientas e implacenteras. Todo ello es imponente, todo eso es bello.

El código de todas las cosas

En algún momento el vigor se traduce en furia. Casi como contradiciendo al sustantivo y haciendo de ese impulso un razonable mecanismo de ataque. Todo pasa en el interior del boxeador, todo puede verse en esas miradas de fiereza incontrastable. Allí, en los puntos precisos del cuerpo donde los toques lo hacen vulnerable, allí está fija la mirada controlada aunque furibunda. La sensación de paciente espera es una característica que se aprende, incluso a costa de la historia de grandes campeones cuyo objetivo era tan sencillo como peligroso: la demolición.

En ese entorno como si fueran dinastías, una indicación que corrige las posturas y precisa los objetivos. “No bajés la derecha”, truena como un escarmiento; “hacete chiquito”, el rogatorio de garantía. “No adivinés”, a sabiendas que esto es casi científico.

Muchas personas seguramente habrán visto combates de boxeo, pero estoy seguro que pocos conocerán la sapiencia necesaria para llegar a esos rounds profesionales. A veces los espectáculos están en los festivales pero la verdad hay que buscarla aquí, en el cemento áspero de los gimnasios. Vibran todas las tardes esas cuerdas de colores vívidos que enmarcan el cuadrado donde transcurre una vida en tres minutos de arte y un minuto de descanso.

Cuatro vértices idénticos donde danzan los pies, donde equilibran los brazos y donde se plantifica la cadera. Un paralelogramo con fronteras donde subsiste la sensación de que cada golpe, lo hace a uno más duro.

Hace muchas décadas un joven maestro de artes marciales revelaba los milenarios secretos del kung fu difundiéndolos en el resto del mundo. En el gimnasio y sus actores radican como residentes muchos de aquellos mismos misterios y habilidades. Pero no será esta vez ni este cronista quien produzca la revelación de la magia del cuadrilátero ni mucho menos del código secreto de los rincones del ring. Así será

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