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Cristales, espejos y otras ilusiones notorias

De profesión boxeador y detective

Sobre Sir Arthur Conan Doyle y su afinidad con el boxeo y los misterios.

Martes 23 de Abril de 2019

Hablar de literatura implica la sentencia ineludible de la selección. Aquella de disponer de uno entre innumerables caminos, de entre varios de los senderos, de la probabilidad quizás mínimo (que tiene el honor de la supervivencia) e inclusive hasta de la obviedad indeseada. Pero en ese ´proceso selectivo seguramente que entre las opciones preliminares e inclusive en las instancias finales del certamen habrá de pensarse en Sir Arthur Conan Doyle o en su alter ego más conocido el reconocido detective Sherlock Holmes.

Por supuesto que cualquiera de sus indagaciones (literarias, televisivas o cinematográficas) tendrán suficiente cantidad de adeptos como para sentenciar un juicio cualitativo con base en la permanencia popular de esas historias. Nadie debe desconocer que la saturación que provocara en Doyle este personaje lo incitó a producir la propia muerte de Holmes y su entierro (esto no es literal, por supuesto) en unas cataratas enormes. Pero fue tal el clamor del público por esa situación que finalmente debió aparecer nuevamente, recreando científicas deducciones y el análisis de probabilidades en tiempo real para resolver acertijos increíbles.


Algo de natalicios

En el año 1859 y en plena capital de Escocia (esto es Edimburgo) el día 22 de mayo nacía Arthur Ignatius Conan Doyle, uno de los prolíficos escritores británicos del Siglo XIX y XX, autor de innumerables obras de Medicina, ciencia ficción, novelas históricas y poesías.

Como buen escocés, su afinidad con la aventura habría calado con profundidad navegable en su espíritu donde la medicina y el deporte ocuparían el espacio formativo previo a su verdadera trascendencia social: la escritura literaria.

Siendo joven se dedicó al golf y al rugby mientras realizaba sus estudios de medicina, pero más allá de su asistencia a la aristocracia de aquellos ejercicios otra pasión incentivaba al hombre: el boxeo.

De hecho, cultor de su práctica y admiración el tiempo habría de resolver en el ubicando las cosas en el orden natural que le correspondía a Doyle: se recibió de médico, dejó de boxear pero nunca de escribir. No conozco a ningún paciente que recuerde o haya dejado escritos sobre el doctor Doyle. Pero son innumerables los fanáticos, seguidores y admiradores de su inteligencia, sapiencia, descripciones y aguda inventiva. Dicho esto, la ecuación tiene un resultado seguro; saquemos conclusiones y quizás la medicina adquirió otro médico pero las letras ganaron una pluma brillante.


Abandonando al detective

Los escritos de Doyle más conocidos resaltan la figura hoy arquetípica de un investigador privado altamente deductivo y observador, o que quizás hoy será un policía científico. Pero no es deseo mentar sobre Sherlock Holmes ni tampoco sobre el otro personaje creado por el autor llamado Chamberlain (personaje en novelas de ciencia ficción) donde deseamos detenernos sino en los olvidados escritos con brevedad de cuento que acercan a Doyle a las vicisitudes del boxeo.

Le correspondió participar del tránsito de las antiguas reglas del London Price (que reglaban el boxeo de combate de puño limpio) hacia las modernas y humanitarias de Queens Berry (uso de guantes y demás). Todo ello enmarcado en el sofisticado mundo británico y en el subliminal universo boxístico. Tal vez un privilegio, tal vez una bendición o quizás la predestinación.


Su literatura boxística

Ya mencionado precedentemente, la obra de Doyle es vastísima. Pero en lo relativo al box haremos un semblante de su libro de cuentos que lleva por título justamente "Relatos del Cuadrilátero". Se trata por cierto de un conjunto de seis relatos o cuentos que fueran editados originalmente en el año 1922 cuando el autor tenía 63 años. Pueden observarse en esas narraciones la característica emergente de ese deporte, algunas situaciones de marginalidad expresa, o la posibilidad que aún subsiste de obtener la revaluación económica a través de una de premios. Y la notable situación de exposición caballeresca y de aptitud de nobleza deportiva que representa cada combate, cercano a un duelo de caballeros más que a apuestas de baja estofa. Y no se trata de una creación artística, es el resultado de la observación del autor de todos esos eventos en el preciso momento de sus sucedidos. Así es que títulos como "El patrón de Croxley", "LA caída de Lord Barrymore" o "El matón de Brocas Court" permiten a cualquier lector curioso o afanado introducirse en antiguas técnicas prohibidas, sesiones de entrenamiento que incluyen un buen tabaco o inverosímiles premios y objetivos deportivos.


Breves extractos

Largo sería, además de repetitivo, prestarse a la reproducción de los principales y álgidos momentos de esas historias. Al solo efecto de acompañar las mentas de Doyle sobre los cuadriláteros resulta tal vez ilustrativo citar la historia de un joven estudiante de medicina cuyas posibilidades de pagar su universidad eran ya nulas. La fortuita presencia de un desafía pugilístico habría de solucionar esa situación, a pesar de tener que mantener oculto su entrenamiento y calibración.

Sin embargo, el éxito de su empresa le valdría la posibilidad de continuar estudiando además de transformarse ya en ídolo, ya en libre cuentapropista. En el relato "El patrón de Croxley" se enfrenta un experimentado boxeador (el Patrón) con nuestro joven estudiante. La diferencia de experiencia, peso y profesionalidad era marcadamente notoria hasta que el momento cúlmine del relato dice "Fue un golpe magnífico, directo, limpio, preciso, con una fuerza que salía de sus entrañas y de su mente. Y cayó justo donde él quería que cayera: exactamente sobre su mentón. Ninguna criatura es lo suficientemente dura para soportar un golpe semejante. El Patrón cayó hacia atrás, desinflado, abatido, golpeando el suelo con un terrible estruendo, tanto que pareció que se había caído un postigo de la pared. Mientas el gigante caía, de las gradas partió un grito tan fuerte que ningún referí hubiera podido controlar. Yacía boca arriba, con las rodillas un poco flexionadas y su enorme pecho sacudiéndose por el jadeo de su respiración. Se retorcía y sacudía en su lugar, pero su cuerpo estaba como paralizado. Estaba acabado. El estruendo de las miles de voces y los aplausos ensordecedores indicaba que había un nuevo patrón".

Las expresiones de Doyle sobre el boxeo probablemente no sean tan misteriosas como sus relatos detectivescos ni tampoco tan fantásticas como la ciencia ficción de muchas de sus novelas. Pero se trata claro de una descripción acabada, minuciosa y detallada de los años nativos del boxeo inglés, hoy predominante en cuanto a estilos y reglamentaciones. Tal vez ya no se boxee a puño limpio, pero aún subsisten los bajos mundos, las ansiedades, deseos y hasta dubitaciones de un mundo cuyo anecdotario será un manantial de historias.

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