Paraná y sus comercios, escuelas, edificios y bares recuperan recuerdos de una comunidad que creció entre inmigrantes, oficios y tradiciones.
08:21 hs - Domingo 27 de Septiembre de 2026
La vida de la ciudad que no fue fundada, una ciudad que mira al río, una ciudad de calles angostas y sinuosas, una ciudad llena de historias, una ciudad con un paisaje único, una ciudad de constantes recuerdos, una ciudad de arquitectura rica y notable que se fue construyendo de a poco, paso a paso, como el pasar del tiempo.
Como en toda ciudad la arquitectura es fiel testimonio del progreso urbano, en ella se observan movimientos artísticos, estilos, modas y épocas y Paraná no escapa a esa metáfora, donde arquitectos y obras van contando el progreso, el avance, el transcurrir del tiempo, con edificios tan distintos uno del otro, donde la influencia inmigratoria interviene aportando nombres propios y donde los modelos arquitectónicos se hacen dueños del espacio urbano, desde edificios oficiales, religiosos o la arquitectura privada.
Memoria de la ciudad es Casa Arcioni
Una marca en la memoria de la ciudad es Casa Arcioni. La primera fecha que surge es la del 1° de Julio de 1937, no son tantas las marcas comerciales que dejan de identificar sólo a su propietario para convertirse en símbolos de una comunidad. Es lo que pasó con Casa Arcioni, desarrollada por el impulso inmigrante hasta convertirse en una referencia regional en materia de ferreterías. Paraná vivía aún la conmoción del asesinato de Urquiza, cuando en 1870, desde Italia llegaron tres hermanos, Francisco, Ángel y Juan. Luego de establecerse en la ciudad fundaron la Casa Arcioni, cubriendo numerosos rubros: ferretería y bazar, materiales de construcción, instrumentos y máquinas agrícolas. El establecimiento, instalado en calle Urquiza, atravesó un siglo de existencia cubriendo las demandas de los paranaenses, preservando un gran prestigio y albergando historias de todo orden y dimensión, que hoy forman parte de la memoria y las marcas colectivas, construidas en este caso desde la rutina comercial cotidiana desarrollada en un lugar.
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Iniciado el siglo XX, los hermanos Arcioni resolvieron separarse y constituirse cada uno por su cuenta con nuevos emprendimientos comerciales, dentro de la misma línea y es así que Juan se estableció en la ciudad de Concordia con un comercio que continuó su hijo, Juan Bautista Arcioni, por los ‘70 del siglo pasado. Francisco, por su parte, fundó el establecimiento “La Comercial” en Paraná, en la esquina de Gualeguaychú y Belgrano. Ángel, por su lado, continuó la actividad comercial en calle Alem 64, entre Monte Caseros y San Martín, junto a su hijo, Guillermo Santiago, y los hermanos Ulises y Lodi Vercelli.
Tras su antigua y característica fachada, la ferretería Arcioni, que con el paso de los años quedó enclavada en pleno centro de la ciudad, brinda una impresionante variedad de artículos por lo que puede considerársela la casa más surtida en numerosos renglones. Por lo demás sigue gozando del apoyo de una vasta y consecuente clientela que da razón, ya en el orden netamente comercial, a un prestigio y una trayectoria que vienen de lejos.
El incendio que conmocionó a los paranaenses, se produjo el 15 de abril de 1981. Las pérdidas fueron totales, y no pudo evitarse el cierre definitivo de la emblemática Casa Arcioni, la ferretería más grande de la ciudad en esos momentos. Era el punto de 111 años.
Librería La Cultura
Otro ejemplo, fue una librería muy tradicional que tuvo Paraná. En Paraná fue tal la contundente presencia de inmigrantes, que muchos de ellos se dedicaron al comercio y a la industria. Es el caso de la Librería La Cultura, fundada alrededor del año 1930 por el historiador y profesor Filiberto Reula. Corría el año 1940, cuando Don Arturo Grote compra dicho negocio, manteniéndole el mismo nombre. A su fallecimiento, su esposa Doña Guillermina Grote y sus hijos continuaron al frente de la misma, hasta el mes de enero de 2000, en que cierra definitivamente sus puertas.
La Librería La Cultura estuvo ubicada en calle San Martín Nro. 827, y fue un tradicional comercio de la capital entrerriana. La fotografía publicada en el año 1986.
Un capítulo aparte e interesante de saber es la Educación Técnica. La primera fecha que surge es la del 1° de Julio de 1937, cuando se ponía en marcha la esperanza de cincuenta y cinco alumnos, cobijados por la generosidad del Colegio Nacional de Paraná. La ciudad veía nacer así la Escuela Industrial y de Artes y Oficios de la Nación. Ya en junio de 1938, se plantó otro significativo hito: la Escuela pasó a ocupar parte del edificio de la Fábrica de Fósforos. Allí habría de quedar durante más de cuatro décadas.
En 1944 iniciaron los cursos nocturnos para obreros, destinados al perfeccionamiento de operarios que no habían podido seguir sus estudios. Durante más de treinta años esta modalidad cumplió con su cometido. Ya por entonces el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública de la Nación, en un verdadero reconocimiento de la importancia adquirida por el Establecimiento, había dispuesto que su denominación pasase a ser Escuela Técnica de Oficios de la Nación, equiparada a Escuelas de la Capital Federal, Bahía Blanca y Rosario.
Escuela Industrial de la Nación
En 1947 pasó a ser la Escuela Industrial de la Nación y en 1954 la Escuela pasa a denominarse Escuela Nacional de Educación Técnica N°1 de Paraná. Años más tarde, en 1966, tomaría como su patrono al Supremo Entrerriano, pasando a denominarse E.N.E.T. N° 1 de Paraná “General Francisco Ramírez”, nombre en el que se conjuga entrerrianía con argentinidad, algo muy caro para el Establecimiento. En 1973 se puso la piedra fundamental del nuevo edificio y se inaugura el 24 de noviembre de 1979, en calle Martín Zapata 1053.
Templos de encuentro
Los bares de Paraná fueron siempre templos de encuentro. Entre ellos, el bar de los Corujo fue una especie de catedral en la que se rendía culto a la diversión. Allí, el afán de crear un tiempo de alegría se desbordó hasta hacer famoso ese reducto aun fuera de los límites de la ciudad. En la década del 60, la revista El Gráfico festejó en una nota la broma que los dueños del bar ubicado en Rivadavia y Buenos Aires les gastaron a los jugadores de la primera división de Independiente. Los futbolistas habían desplegado su juego de lujo en la capital entrerriana. Como toda visita ilustre que llegaba a la ciudad, alguien se encargó de llevarlos a ese bar bautizado con el nombre de San Miguel por un letrero que nadie tomaba en cuenta. Todos preferían hablar simplemente del bar de los Corujo. Con las paredes regalando paisajes salidos de los pinceles de Carlos Castellán, y el resto del salón vestido con piedras rústicas seleccionadas de una cantera de Bajada Grande, el bar de tenía el don de generar una atmósfera que invitaba a pasar. Adentro esperaban los dueños, Luis y Manolo, los mozos y una clientela habitual tan fiel como cómplice en el arte de divertirse. El día que los jugadores de Independiente llenaron varias mesas del subsuelo, después de un partido, el bar regaló su plato más fuerte y festejado: la escenificación de una tragedia a la que los inadvertidos clientes asistían espantados. Todo fue una broma. La foto fue publicada en El Diario. Años más tarde, el bar de los Corujo se transformó en bar y chopería Los Alpes, en la tradicional esquina de la entonces Rivadavia y Buenos Aires.
La arquitectura es un instrumento indispensable para la construcción de identidad de las ciudades, verdaderos testigos de una ciudad que fue construyéndose de a poco, ciudad que mira al futuro, y que hoy, este año Paraná, cumple 200 años, y así la homenajeamos desde UNO.
Por Fernando Ponce / Especial para UNO