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El otro Maradona, el Doctor Dios

Todos los 4 de julio, día del nacimiento del "otro Maradona", se conmemora en Argentina el día del médico rural

Domingo 04 de Julio de 2021

Todos los 4 de julio, día del nacimiento del “otro Maradona”, se conmemora en Argentina el día del médico rural. El doctor Esteban Laureano Maradona fue médico, investigador, periodista, escritor, filántropo y podría decirse que hasta antropólogo, además de todo un patriota para argentinos y paraguayos.

Si al día de hoy no se lo recuerda con mayores honores, será por esa mala costumbre del ser argentino de ver en lo extranjero todo lo digno de ser imitado, olvidando lo propio. Pero, seguramente, también será por el empeño puesto de su parte para ser tratado como uno más, lejos de las distinciones y reconocimientos.

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Como muchos de los grandes hombres de nuestra historia, ya recibido de médico, “cumplió” con la tradición de autoexiliarse por ser considerado “peligroso” para un régimen político. Fue durante el primer gobierno de facto del siglo XXI, en tiempos de José Félix Uriburu. A raíz de ese hecho, emigró al Paraguay durante la Guerra del Chaco (1932-1935), aquella sangrienta disputa entre hermanos bolivianos y guaraníes. Allí auxilió a heridos de ambos bandos pues para él la muerte no tenía banderas.

Ese humanismo le granjeó suspicacias en el vecino país donde, al principio, fue sospechado de espía. No obstante, al poco tiempo fue nombrado jefe del Hospital Naval de Asunción y hasta tuvo espacio para su único amor, una sobrina del presidente que falleció en 1934.

A pesar de los denodados esfuerzos por retenerlo, los paraguayos debieron resignarse cuando Maradona decidió retornar a la Argentina, luego de la guerra.

Su intención era visitar la tierra de sus ancestros antes de recalar en Lobos, provincia de Buenos Aires, donde pensaba instalar su consultorio y, además, vivía su madre. Sin embargo el destino y las necesidades sanitarias del norte argentino parecieron arrastrarlo a su nueva vida casi sin preguntárselo.

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En la estación de tren de la localidad formoseña de Estanislao del Campo, toda la comunidad reclamó sus servicios de médico para una parturienta en grave estado. El alumbramiento fue feliz para madre e hija y, tal vez, para él fue el nacimiento a una nueva vida, tenía 40 años.

Cuando regresó a la estación a comprar un boleto para el siguiente tren, un grupo de pobladores pobres, descalzos, desvalidos, en su mayoría nativos originarios, le rogaban que se quedara a atender sus dolencias, “extendían sus manos como de cuero, suplicantes”, recordó más tarde.

Y ahí no más se quedó, en un pueblo sin agua ni luz eléctrica, a hacer el bien por el bien mismo, sin pedir nada a cambio. Allí combatió enfermedades como el mal de Chagas, lepra, sífilis y tuberculosis. Terminando, con su ternura, de poner de su lado a los caciques más recelosos, quienes, al principio desconfiaban de él. Estuvo allí, 51 años, hasta que su salud lo obligó a migrar a Rosario, donde murió a la edad de 99 años.

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Nunca quiso premios, ni siquiera el Nobel, al que fue nominado más de una vez, diciendo que si aún lo obligaban a recibirlo, donaría el dinero para que ningún niño quede sin educación y salud. Renunció a su pensión vitalicia y enfatizaba en no tener ningún mérito, tan sólo cumplir con el juramento hipocrático de hacer bien a sus semejantes. Los originarios lo llamaban “Piognak”, que en pilagá significa: “Doctor Dios”.

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