Lunes 04 de Abril de 2022
La historia de los 55 años de trabajo en el Correo Argentino de Carlos Quiñones refleja en parte la decadencia de un país que supo tener sueldos ambicionados, ascenso social, organización empresarial e innovación, y seguridad en las calles, por mencionar algunos aspectos destacables. En el caso del entrevistado, quien llegó a desempeñarse como jefe zonal del Área Comercial, la parte triste de la historia es el temprano ingreso al mundo laboral, forzado por la situación familiar, que no le impidió la escolarización formal y la afición permanente por la lectura. Un repaso de una vida laboriosa y de esfuerzo, en la Argentina actual del piquete, el demérito, la prebenda y limosna gubernamental, y la superproducción de analfabetos funcionales y miserables.
“Ir al pueblo”, en tranvía
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, en la zona del Hipódromo, calles Maciá y Cortada 107 (luego Pacto Unión Nacional).
—¿Cómo era en tu infancia?
—Un barrio, Quintas al Sur, de gente humilde, muy buena, donde las referencias eran el hipódromo y el aras Las Margaritas, de Etchevehere. Los domingos era la mayor concentración de gente de la ciudad. Estábamos relacionados con la gente de los stud y los jockey.
—¿Personajes?
—Pais, un jockey, quien corrió cuando vino el famoso…
—Irineo Leguizamo.
—Exactamente, también Gauna, quien un domingo ganó la estadística completa (nueve carreras).
—¿Otros?
—Amigos de mi suegro, quien estaba en Carbó y Florida (luego Ruperto Pérez y D. J. Álvarez) y del Club Palermo. La figura del barrio era (Alberto) la Pulga Ríos y Uzín, cuyo hijo jugaba al fútbol, y que para reyes hacía una fiesta para todos los chicos.
—¿Qué visión tenías del centro?
—Escasa, porque mi mamá cuando venía al centro decía “voy al pueblo”, para lo cual tomábamos el tranvía en Cerini y Pacher (S.A.). No había asfalto y la primera calle que se asfaltó fue por una cuestión política.
—¿Qué te atraía cuando ibas?
—Yo no iba al centro; mi vida giraba en torno al barrio y a la Escuela (Osvaldo) Magnasco.
—¿A qué jugabas?
—Al fútbol, en Talleres, a la bolita y el trompo. Era zona de quintas, así que podíamos jugar en cualquier lado.
—¿Leías?
—Siempre.
—¿El primer libro influyente?
—Me encantó Corazón, de Edmundo De Amicis, el primer libro que compré cuando comencé a trabajar y al cual tuve acceso accidentalmente. Sigo comprando y leyendo libros. Leí la vida de Rosas, que era de mi papá, aunque no interpreté mucho. Mi papá nos compraba La Sombra, La vaca Aurora y compré Gente durante bastante tiempo.
—¿Qué materias te gustaban?
—Dibujo. En Historia del Arte lo tuve a Linares Cardozo, a quien también le gustaba pintar.
—¿Cómo era?
—Tenía un trato paternal y eran charlas muy profundas. No tomaba examen escrito, te hacía pasar al frente y preguntaba sobre qué habíamos hablado la semana anterior. A mí también me gustaba mucho el folclore.
108 años, desde el abuelo guardahilos
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi papá trabajaba en el correo, fue cartero y al momento de su fallecimiento era auxiliar, oficinista, y mi mamá, ama de casa.
—¿Tu abuelo también trabajó en la empresa?
—Sí, era guardahilos, en Rafaela, ingresó en 1905, falleció en 1936, ingresó mi padre, falleció en 1959 y entré yo, hasta que me jubilé, con lo cual suman unos 108 años.
—¿Qué función tenía el guardahilos?
—El sistema más urgente era el telégrafo, a través de hilos, y a veces una rama o un nido rompían la línea, había que repararla y lo hacía el guardahilos.
—¿Lo conociste?
—Sí, pero no nos veíamos mucho y además la relación abuelo-nieto no era como en la actualidad, sino más distante.
Niñez, trabajo y sacrificio
—¿Sentías una vocación?
—Quería ser telegrafista porque mis primos, de la zona del puerto, eran embarcados, ganaban bien y me decían que el telegrafista era quien más ganaba. Un día llegó mi papá con el abecedario y dije ¡no, con esto me muero! Igualmente, cuando ingresé al correo ya era medio telegrafista y recibía 18 palabras por minuto, y te exigían 25 para aprobar el examen. El telégrafo era un sonido en el cual las letras se componían de punto y raya. También había que tener desarrollado el oído. Me gustaba mucho.
—¿Cuándo ingresaste al correo?
—Me nombraron a los 13 años e ingresé a los 14, cuando iba a sexto grado.
—¿Por qué de tan pequeño?
—Entré para mantener a mi casa cuando falleció mi papá. Mi maestra me decía “Carlitos, haceme entrar de mensajera”, porque teníamos un buen sueldo, y además cobraba cinco salarios por mis hermanas. En total eran $ 1.750, que eran para mi mamá.
—¿Quemaste etapas?
—Sí, lo sufrí, era bravo, muy estricto y un día, cuando había pasado un año, llegué a casa, le dije “mamá, no quiero ir más al correo”, y me contestó: “Si no te gusta, renuncia…”, me puse contento y cuando estaba saliendo de la pieza agregó: “A partir de hoy no se come más”.
—¿El primer día de trabajo?
—Me acompañó mamá porque yo no sabía dónde era. El jefe me dijo: “No vamos a hablar mucho: o se porta bien o a los 15 días, chau”. No me olvido más. Los jefes eran duros.
—¿Cómo hacías con la escuela?
—De mañana iba a la Magnasco, me iba a lo Gripo para aprender a telegrafiar, luego a casa, me cambiaba y a las 14 entraba al correo hasta las 20. Cada tres meses nos tocaba entrar a la 1 de la mañana y salíamos a las 7.
El pequeño cartero que no conocía la ciudad
—¿Cuál fue tu primer actividad?
—Repartía telegramas, la comunicación más rápida, a los domicilios. Cuando eran de fallecimientos los marcaban con rojo, le hacías firmar el recibo y te ibas.
—¿Comenzaste sin conocer ni el centro ni la ciudad en general?
—Llegué hasta conocer a las familias, así que ni siquiera necesitaba saber la dirección.
—¿Qué descubriste?
—El parque y grandes casas de calle Mitre, que hoy no existen. En el bar Atenas, frente al correo, siempre había peleas, al igual que en el Anahí. No eran lugares para chicos y los veía de lejos.
Los telegramas y los muertos
—¿Momentos especiales?
—Varios momentos bravos, porque a veces los telegramas no estaban marcados con rojo… era terrible. Una señora se desmayó, porque se enteró que su hijo se había matado.
—¿De las buenas?
—Una señora de calle Patagonia, cuando repartía cartas, me dijo “si me trae la jubilación va a tener la propina”. No se la llevé nunca. A veces la veía en la puerta y la esquivaba, porque nunca le llegaba. Para el casamiento de la hija de (Raúl) Uranga, el gobernador, habremos repartido entre 500 o 600 telegramas. Una vez tuve que ir a barrio Las Flores a las 2 de la mañana, había una barrita, me pidieron un cigarrillo, pregunté por una familia y me acompañaron. El cartero era un personaje muy querido. Viví también la época de la libreta de ahorro, cuya ventanilla atendí cuando estuve en Villa Gesell, puesto que era muy ambicionado por las propinas que se dejaban, aunque teníamos prohibido recibirlas.
—¿Qué cantidad de telegramas podías llegar a distribuir durante una jornada?
—Salía diariamente de mensajero con 70 telegramas y el reparto me demandaba seis horas. Llegaba hasta Tossolini.
—¿A pie?
—En bicicleta.
—¿Y cartas?
—Cada cartero repartía unas mil cartas, entre simples y certificadas, y muchos diarios. Yo lo hacía en el centro y eran muchísimas.
—¿Cuándo comenzaste a sentirte más cómodo con el trabajo?
—Fui progresando y relevaba a los jefes que salían de licencia en el interior de la provincia, así que anduve por un montón de pueblos.
—¿Dónde estuviste más tiempo?
—En Alcaraz estuve cuatro años. El jefe de correo formaba parte de las fuerzas vivas del pueblo y un pueblo sin correo era inimaginable.
La llegada del teletipo
—¿Cuál fue la primera gran transformación tecnológica y de organización durante el lapso en que estuviste?
—El teletipo, instalado por la empresa Siemens, ya que el correo fue la primera empresa del país que tuvo un satélite, en Balcarce, llamado Pájaro madrugador. Los telegramas internacionales iban de Paraná a Balcarce y de allí al mundo.
—¿Reemplazó al telégrafo?
—En parte, porque en los pueblos continuó el telégrafo. Había lugares con oficinas mixtas, postal y telegráfica. Cerrito no tenía telégrafo pero el jefe de estación recibía los telegramas porque era telegrafista. También estaba el baudó, una máquina en la cual se ponía una cinta, se grababa, se ponía en el teletipo y se trasmitía automáticamente. El correo siempre tuvo desarrollo, si tenemos en cuenta que partimos del chasqui. Las comunicaciones nacieron con gente de a pie, recorriendo kilómetros y kilómetros, y a caballo.
Épocas y transformaciones
—¿Tu mejor época en lo económico?
—Cuando ingresé, teníamos un sueldo similar a un empleado bancario, que siempre ganaron bien, mientras que nosotros fuimos retrocediendo y hubo épocas terribles, como la de (Raúl) Alfonsín.
—¿Cómo fue la intromisión y el control postal durante la última dictadura?
—Se nos metían en las casillas de correo, porque los integrantes de Montoneros y ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) se comunicaban a través de ellas. Se despachaba la carta, el clasificador la pone allí y el dueño de la casilla tiene llave. Además tenían gente propia metida entre los empleados; venía a trabajar alguien que no conocíamos y nos decían que “era un inspector que venía de Buenos Aires”. Era gente de los servicios (de espionaje).
—¿Qué fue lo primero que afectó la aparición de la comunicación informática y virtual, y la telefonía móvil?
—Nacieron el celular y el correo electrónico, y mataron definitivamente al telegrama. Yo era enemigo del celular y casi no utilizaba el que nos proveía la empresa.
—¿Cuándo comenzó la crisis de la empresa?
—Una parte muy dura de la transformación fue cuando se privatizó, aunque cuando se concesionó, no. Hubo gente muy inteligente que trabajó en dicho proceso, como la aparición de las cajas de correo, lo cual fue un éxito total. En la época de (Mauricio) Macri fue más liviano, aunque el que andaba mal… Otro cambio importante fue cuando el correo comenzó a trabajar con Pago Fácil, creado por Macri. Era lo más rápido que había y se liquidaba el dinero diariamente. Y Western Union, para enviar rápidamente dinero a cualquier parte del mundo. Hoy Pago Fácil es de Western Union.
—¿Qué importancia tiene el correo hoy?
—Antes te digo algo: el correo en su reglamentación dice que será responsable de todo envío recibido en ventanilla postal, telegráfico y monetario, y sus aliadas, la encomienda, que nunca fue del correo, porque se puede tener una camioneta y llevarlas. En cambio para llevar cartas hay que ser permisionario. Existe un solo correo que es el argentino, de bandera, y el empleado es fedatario, ya que detrás del mostradora, con la firma y el sello institucional, da fe, por ejemplo, que una carta documento no tiene que ser revalidada por nadie, y es considerada legal en cualquier expediente. OCA peleó por eso y perdió el juicio, porque eran privados y no podían ser fedatarios. Hoy es carta documento común, laboral, pocas cartas y la encomienda, que nunca fue monopolio del correo sino que la asimiló. Para repartir cartas hay que ser permisionario pero no estoy seguro que todos cumplan con la función debidamente.
Filatelia o guardando momentos de la Historia
Quiñones se refiere a su afición por la filatelia, otrora muy desarrollada, y destaca dos piezas que, además, luce encuadradas en un lugar privilegiado de su casa.
—¿Cuándo comenzaste con la filatelia?
—Ya de grande.
—¿Tenías ventaja por sobre otros coleccionistas?
—La ventaja era que yo recibía las estampillas, que no se podían vender hasta determinado día en que se iniciaba la venta. Pero había un filatelista que tenía privilegio, un señor ya fallecido quien agrupaba a los filatelistas. Iba el día antes y me pedía que le vendiera. Es una actividad que fue decayendo, si se tiene en cuenta que se hacía una larga cola para comprar estampillas en el correo.
—¿Tu afición fue por la propia actividad laboral?
—Lo importante es el amor por la estampilla.
—¿Qué piezas te dieron más satisfacción al conseguirlas?
—No me costaba esfuerzo porque yo las recibía. Tengo la del túnel, la de Zárate Brazo Largo… que son conmemorativas, y además están las simples. Venía gente del interior y quería que se emitiera una estampilla de una escuelita de determinado pueblo, pero se requería que (el edificio o acontecimiento) tuviera una antigüedad de 50 años.
—¿La más valiosa de tu colección (unas 2.000 piezas)?
—La que más quiero es la de un dibujo de (Antonio) Berni (muestra la reproducción que tiene encuadrada de la obra Manifestación), que tiene un mensaje (fue creada por el artista para rememorar el 1° de mayo, retrata la crisis económica de 1930 y el conflicto social). No la vendo.
—¿Por ninguna plata?
—(Risas) Si viene (Roman) Abramovich… (risas). Otra que valoro mucho es una en la que está el tranvía de Paraná.
—¿Continuás con el hobby?
—No.
—¿Cómo fue el día que dejaste tu oficina?
—El más triste de mi vida… Mi hijo ingresó pero repitió la historia de Bruno Ramírez (primer cartero argentino), quien sólo trabajó un año (risas). No le gustó. Mis ancestros también estuvieron ligados al correo ya que quien lo desarrolló en el Río de la Plata fue (Domingo de) Basavilbaso, mi apellido materno.
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