Amina Helmi descubrió huellas de antiguas fusiones en la Vía Láctea. La astrofísica argentina recibió el premio Kavli y hoy estudia la materia oscura.
22:42 hs - Sábado 24 de Octubre de 2026
La astrofísica argentina Amina Helmi encontró en el movimiento de las estrellas una forma de reconstruir el pasado de la Vía Láctea. Sus investigaciones permitieron identificar restos de galaxias absorbidas hace miles de millones de años y explicar cómo nuestra galaxia adquirió su estructura actual. Distinguida con el premio Kavli, la científica busca ahora nuevas respuestas sobre la materia oscura.
Nacida en Bahía Blanca, Helmi recuerda una visita al planetario de Buenos Aires junto a su madre, dos amigas y la mamá de ambas como uno de sus primeros encuentros con la astronomía. La fascinación por el cielo se combinó con el entusiasmo científico de su padre, un profesor universitario de química de suelos oriundo de Egipto.
La decisión de dedicarse a esa disciplina llegó a los 15 años, cuando leyó Contacto, de Carl Sagan. La protagonista, una astrónoma que utiliza herramientas matemáticas para comprender el universo, le mostró un camino posible. “Eso me pareció maravilloso. Y ya ahí dije bueno, esto es para mí”, contó a BBC Mundo.
Helmi estudió astrofísica en la Universidad de La Plata y reivindica la formación recibida en el país. En 1995 participó en la Escuela de Verano del Observatorio Vaticano y, al año siguiente, se trasladó a los Países Bajos para iniciar su doctorado en la Universidad de Leiden. Desde 2012 es profesora en el Instituto Astronómico Kapteyn de la Universidad de Groninga.
La memoria del movimiento
Durante su tesis, la investigadora buscó pruebas de que la Vía Láctea había crecido al incorporar galaxias más pequeñas. La clave era encontrar estrellas que conservaran movimientos comunes, como una huella del sistema al que habían pertenecido antes de integrarse a nuestra galaxia.
Para hacerlo analizó datos del satélite Hipparcos, cuyo catálogo incluía movimientos de unas 100.000 estrellas. Apenas alrededor de 200 pertenecían al halo, el componente que rodea el disco galáctico. Allí identificó dos grupos que atravesaban el disco en sentidos opuestos, con trayectorias compatibles con un origen compartido.
Esas agrupaciones, conocidas después como las corrientes de Helmi, fueron interpretadas como restos de una galaxia pequeña absorbida por la Vía Láctea. El descubrimiento aportó evidencia de que esos procesos de incorporación, llamados acreción, habían ocurrido en el pasado.
Una fusión remota
La misión Gaia de la Agencia Espacial Europea abrió otra etapa de investigación al ofrecer mediciones mucho más amplias y precisas. Con esos datos, Helmi y sus colegas identificaron los restos de la última gran fusión de la Vía Láctea con otra galaxia, denominada Gaia-Enceladus.
Las estrellas estudiadas mostraban movimientos diferentes a los predominantes en el disco y una composición química que indicaba otro origen. Los elementos presentes en una estrella permiten rastrear el ambiente donde nació: las sucesivas generaciones estelares modifican el medio al producir y dispersar nuevos elementos.
El equipo determinó que aquella fusión ocurrió hace unos 10.000 millones de años, mucho antes de la formación del Sol, que tiene alrededor de 4.500 millones. Después, la Vía Láctea atravesó una etapa más tranquila, que permitió el desarrollo de su extenso disco. El hallazgo ayudó a explicar cómo pudo conservar esa estructura pese a su historia de fusiones. Su obra conecta los datos actuales con épocas remotas.
El desafío de lo invisible
Ahora, Helmi utiliza los movimientos medidos por Gaia para estudiar la materia oscura. Las velocidades de las estrellas no se explican únicamente con la gravedad de la materia visible. Esa diferencia apunta a la existencia de masa que no emite luz y cuya naturaleza todavía se desconoce.
La científica también destaca la cooperación como una condición del conocimiento. Las misiones espaciales y los grandes telescopios requieren equipos internacionales. Para quienes empiezan, recomienda elegir un tema que los entusiasme y encontrar personas capaces de orientarlos. La astronomía, sostiene, ofrece además una perspectiva común: la humanidad comparte un mismo planeta y un cielo sin fronteras.