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"Sesión de Espiritismo": conjurar los males a carcajadas

El domingo tuvo lugar una nueva función del unipersonal humorístico de Carlos Vicentin, "Sesión de Espiritismo", en el que interpreta a un fanático megalómano

Martes 06 de Julio de 2021

La sala Saltimbanquis volvió a recibir al público y colmarse de risas. El domingo, el espacio ubicado en calle Feliciano 546, se reanimó con la presentación Sesión de Espiritismo, el unipersonal humorístico de Carlos Vicentín que gira en torno a un hombre con delirios místicos.

El espectáculo, si bien de tono familiero y entretenido, pone el foco en los peligros de dejarse llevar por los fanatismos. La humorada reside en los disparates con los que el personaje busca envolver a los potenciales seguidores, pero no se menciona a ninguna iglesia ni fe en particular; cada quién podrá encontrar las resonancias de acuerdo a su propia experiencia, o simplemente reírse de las ocurrencias del momento. He ahí la sutileza de Vicentin a la hora de construir su espectáculo.

Otro detalle –para nada menor– es el marcado acento centroamericano del personaje. No hay que pasar por alto el hecho de que actualmente, en América Latina –especialmente en el Caribe– los grupos religiosos se están posicionando como fuerza política. En algunos países se movilizan contra proyectos de ley, en otros tienen sus propios grupos militantes y, a veces, hasta candidatos presidenciales. Al que le quepa el sayo, que se lo ponga.

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En "Sesión de Espiritismo", Carlos Vicentín interactúa magistralmente con el público. (Gentileza: Saltimbanquis)

Por otra parte, merece ser destacada la capacidad de Vicentín para hacer participar al público, pero sin generar incomodidad, consiguiendo –de manera voluntaria– asistentes dispuestos a dar una mano y “hermanas” que necesitan ser sanadas. Sus años de experiencia como teatrero y docente le han servido para forjar una peculiar manera de relacionarse con los espectadores, que de buena gana buscan sumarse al juego que propone: seguirle la corriente a un energúmeno delirante que cree engañar a los presentes con su palabrería y gestos mesiánicos.

El extraño personaje que Vicentin compone en Sesión de Espiritismo se cree portador de la verdad; y la pasión por hacer carne esta pretensión desborda sus emociones y se impone a su razón: los presentes se dejan llevar por un necio y maniático que se cree capaz de comprender todo cabal y mágicamente. Valiéndose de su “vela de Togo”, un artefacto místico de (des)proporciones bíblicas, intenta utilizar el espiritismo como si fuera una religión “espontánea”.

En ese camino se van dando interesantes juegos de lenguaje, palabras inventadas, conceptos forzados que inspiran carcajadas, más allá de que en varios momentos la ficción se acerca peligrosamente a la realidad.

De todas maneras, el espectáculo está lejos de herir susceptibilidades ni ofender la fe de los espectadores; es simplemente una invitación a reírse del pensamiento mágico y de los “manochantas”. Pero, a la vez, es un recordatorio de que el fundamentalista se cree dueño de una verdad absoluta y atemporal, de la cual no se puede hacer la más mínima crítica o reflexión. Y que bajo su influencia se han justificado conflictos bélicos, despojo forzoso de territorios ancestrales, genocidios, asesinatos y actos terroristas.

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