El texto completo de la homilía pronunciada por el Arzobispo de Paraná:
Puiggari pidió: “Tenemos que cultivar en nosotros el patriotismo, virtud olvidada y callada”
“Queridos hermanos:
Nos hemos reunido en este templo para orar por nuestra patria, en un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo.
El 25 de mayo de 1810, el Cabildo abierto de Buenos Aires expresó el primer grito de libertad que culminaría el 9 de julio de 1816, cuando los representantes de las Provincias Unidas en Sud América se reunieron en la ciudad de San Miguel de Tucumán y declararon la independencia nacional.
Estamos agradecidos por nuestra patria y por las personas que la forjaron. Por eso, damos gracias, en primer lugar a Dios. Recordamos con gratitud a nuestros héroes y a todos los que de alguna manera, muchas veces oculta y silenciosa, hicieron posible esta querida Argentina.
Con este sentimiento de gratitud nos hemos congregado hoy, para pedir la gracia de vivir con responsabilidad y grandeza este tiempo Bicentenario que estamos recorriendo con el compromiso y el deseo de trabajar para ser una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común.
También nos mueve a la gratitud, celebrar el Bicentenario de nuestra ciudad, ya que un 25 de junio de 1813 la Asamblea General decretó que el poblado de la Baxada de la otra banda del Paraná, que comenzó a surgir en torno de la venerada imagen de la Virgen del Rosario, se elevara a Villa. Esta celebración nos lleva también, a mirar con gratitud el pasado, a comprometernos con el presente y a abrirnos al futuro con esperanza.
Estas fechas nos llevan a pedir a Dios que nos de fuerzas para comprometernos a trabajar y, así, poderlas celebrar con justicia, solidaridad e inclusión, con un país reconciliado.
Tenemos que animar a pensar la Argentina y Paraná de los próximos 100 años, necesitamos un proyecto de país y de ciudad, reafirmando nuestra identidad común, estableciendo políticas públicas con consensos fundamentales que se conviertan en referencias para la vida de nuestro pueblo.
Desde los inicios de nuestra comunidad nacional, aún antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura que nos caracteriza. Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia.
En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la familia, la defensa de la vida de toda vida , la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana.
Estos valores tienen su origen en Dios, como lo reconoce nuestra Constitución Nacional y son fundamentos sólidos y verdaderos, sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible como nos lo pedía el Santo Padre, el compromiso para “que trabajen infatigablemente por tejer lazos que afiancen la concordia, el diálogo, la reconciliación y el entendimiento entre todos”.
Queremos hoy elevar nuestras súplicas por nuestros gobernantes, por nuestras clases dirigentes, para que con sabiduría y prudencia puedan construir nuestro destino sobre el fundamento de la verdad, del bien común y de la solidaridad.
Queremos pedir por los que tienen más responsabilidad para que comprendan que su vocación es servir a su pueblo. Este es el verdadero fundamento de todo poder y de toda autoridad: servir. Como nos recordaba hace pocos días nuestro Papa Francisco “el Poder es servir"
Por eso, es fundamental generar y alentar un estilo de liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien común. Todo líder, para llegar a ser un verdadero dirigente, decíamos los obispos, ha de ser ante todo un testigo. El testimonio personal, como expresión de coherencia y ejemplaridad hace al crecimiento de una comunidad. Necesitamos generar un liderazgo con capacidad de promover el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. No habrá cambios profundos si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística del servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y político. El verdadero liderazgo supera la omnipotencia del poder y no se conforma con la mera gestión de las urgencias.
Recordemos algunos valores propios de los auténticos líderes: la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida.
Hay dificultades, no las negamos. Y frente a ellas tenemos que superar la tentación de la queja inútil, de la protesta por la protesta. Debemos reaccionar como Jesús, amando a la Patria, como exigencia del mandamiento que nos pide honrar al padre y a la madre, porque la patria es el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados, es un bien común de todos los ciudadanos, y como tal, también es un gran deber.
Como respuesta al momento tenemos que cultivar en nosotros el patriotismo, virtud olvidada y callada, que procura cultivar el respeto y el amor que debemos a la patria, mediante nuestro trabajo honesto y la contribución personal al bienestar común, que nos lleve a todos sin excepción a preguntarnos qué puedo, y qué debo hacer para cooperar al bien de nuestra querida Argentina. El verdadero patriota busca, y se compromete en la búsqueda de los medios, para poder contribuir a hacer una gran Nación. La indiferencia o el “no te metas”, es un pecado.
Recibimos la patria como un legado maravilloso y una tarea inacabada. Todos somos constructores y responsables de su futuro. No esperemos a ver qué hacen los otros, no miremos con indiferencia lo que no me toca, despertemos de la inmadurez de pretender un estado paternalista. La Argentina es una obra de todos, que se hace con el deber de cada día, hecho con esfuerzo, con honestidad pensando más en los otros que en el propio interés. Actitud que supone heroísmo para no cansarse, para no claudicar, para comenzar cada mañana, en nuestro lugar, para creer y esperar que, con la gracia de Dios, otra Argentina sea posible legar a nuestros hijos
Queremos ser constructores de un mundo más solidario, más justo, más fraterno. Hoy nos toca soñar con un Bicentenario sin pobreza, con desarrollo integral de todos, con familias sanas que sean verdaderas comunidades de amor al servicio de la vida.
Para poder realizar esta noble tarea, todos debemos superar los individualismos, los intereses egoístas y trabajar decididamente por el bien común. Todos tenemos que sentirnos patriotas, como nuestros próceres de mayo.
Demos gracias a Dios y pidamos su protección, sólo con su gracia, podrá ser posible una Argentina mejor.
Que Nuestra Señora de Luján, patrona de nuestra Patria, interceda ante su Hijo por todos los argentinos, especialmente por los que más sufren”.










