Paraná: se cumplen 35 años de la visita de Juan Pablo II
El Papa peregrino y su inolvidable llegada al aeropuerto el 9 de abril de 1987

Sábado 09 de Abril de 2022

Pasaron 35 años de aquel 9 de abril de 1987 cuando resonó bien fuerte entre los fieles de Paraná el clásico "Bienvenido, bienvenido, aquel que llega, en nombre del Señor". Se trataba de la canción oficial elegida por la Conferencia Episcopal Argentina para recibir al papa Juan Pablo II, que pisaba por primera y única vez el suelo entrerriano.

Después de mucho tiempo organizando la llegada del Sumo Pontífice (que duró alrededor de dos horas) la ciudad vivió una tarde inolvidable entre la muchedumbre que desplegó banderas argentinas y papales; los colores blanco, amarillo y celete se confundieron con los agitados pañuelos y gritos de algarabía por el Papa peregrino. El mismo que años después (en 2014) sería elevado a los altares por Francisco, un Papa argentino, para transformarse en San Juan Pablo II.

El Mensajero de la Paz fue recibido por el entonces monseñor Estanislao Esteban Karlic, hoy Cardenal y Arzobispo Emérito de la Arquidiócesis de Paraná, el gobernador de la provincia, Sergio Montiel y el intendente de la ciudad, Humberto Varisco, ambos ya fallecidos.

En aquella oportunidad, el Papa le habló a los miles de fieles que se acercaron a las inmediaciones del aeropuerto Justo José de Urquiza sobre migración. También oró ante la imagen de la Virgen del Rosario, patrona de Paraná y recibió los distintos presentes que le hicieron las agrupaciones y colectividades, como así también el saludo de religiosas y gran parte del clero entrerriano.

Las crónicas de la época indicaron la presencia de unas 275.000 a 300.000 personas que en perfecto orden asistieron al histórico acto y se desconcentraron en la misma forma, con la respetuosa y digna emoción del encuentro y bendición del Peregrino de la Fe.

La visita de Juan Pablo II al país se dio por una invitación conjunta de los Espiscopados de Chile y Argentina, en agradecimiento por la mediación del Vaticano en el conflicto por el canal de Beagle, y la firma del Acuerdo de Paz.

Proveniente de Chile, el Papa permaneció en el país entre el 6 y 12 de abril de 1987, en lo que constituyó su segunda visita apostólica. La primera había sido entre el 11 y 12 de junio de 1982, durante la Guerra de Malvinas, en un intento de la Santa Sede por alentar la paz.

Durante los días que estuvo en la Argentina, se hizo presente en ciudades de nueve provincias, dirigió 26 mensajes y reunió a casi cuatro millones de personas.

Atendiendo las consignas pastorales visitó, además de Buenos Aires, Bahía Blanca, Viedma, Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta, Corrientes, Rosario y Paraná.

Según da cuenta la página de la Fundación Marambio (que rescata las memorias del Brigadier Mayor (R) VGM-EDB Alberto Vianna), para los traslados del Santo Padre "se configuro el avión Fokker F-28, matrícula T-02 de la flota presidencial, en la parte delantera se previó el sector de Su Santidad, del lado izquierdo se colocó una mesa de trabajo con cuatro butacas y a la derecha un sofá cama y una mesita de luz; detrás de la mampara se colocaron las 28 butacas para el séquito papal, presidido por el Cardenal Agostino Casaroli, secretario de Estado de Su Santidad".

En la nota titulada "Visita de su Santidad Juan Pablo II a la Argentina 1987" se recordó que en la mañana del 9 de abril, el Papa arribó a la ciudad de Corrientes, a las 10, en medio de un "diluvio" que no pudo impedir lo esencial del programa previsto; Juan Pablo II estuvo en el lugar de la celebración, distante 8 kilómetros del aeropuerto. Pese a la lluvia se ofició la misa, de la que participaron unas 100.000 personas, que recibieron palabras de elogio y admiración de parte del Sumo Pontífice por la fe, resistencia y paciencia que habían tenido bajo la lluvia.

Por la tarde, a las 16, despegaron con destino a Paraná, donde arribaron a las 17 con cielo despejado y un esplendido sol. "La aeroestación se convirtió en iglesia; una gran paloma de la paz fue signo especial en este lugar, una campana de bronce de 314 kilos, construida especialmente para esta ocasión por un artesano de Santa Fe, recibió y despidió a Juan Pablo II con su grave tañido. La cruz de la evangelización presidió el altar. Monseñor Karlic, en grandes pinceladas, historió el origen de Paraná, la importancia de la provincia en formación de nuestra nacionalidad y el papel de los inmigrantes en ella. La esperada palabra del Santo Padre sobre el mundo de los inmigrantes, fue momento central en la ceremonia religiosa", explicó Vianna.

Sus palabras, su cercanía

En Paraná, Juan Pablo II leyó su homilía sobre Migraciones y aludió al desarraigo de los pueblos, motivado por distintas causas. Se remontó a ejemplos bíblicos para aludir luego a circunstancias cercanas y elogiar la generosa disposición de nuestra tierra argentina en general, y entrerriana, en particular, al recibir a las corrientes inmigratorias que venían a sumar su esfuerzo para la prosperidad de nuestros pueblos.

"Nos encontramos, reunidos en esta ciudad de Paraná, en las márgenes del río del mismo nombre, para escuchar la Palabra de Dios y dejarnos interpelar por ella. Las palabras que acabamos de escuchar, tomadas de la Carta a los Hebreos, se aplican con particular realismo a esta noble nación argentina, un país de inmigración, hospitalario y amigo para los inmigrantes, en el pasado y en el presente", remarcó.

Posteriormente hizo alusión a la lectura del Evangelio sobre la huida de la Sagrada Familia a Egipto y de su posterior retorno a Israel. "Un Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: 'Levántate, toma al Niño y a su Madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise'... cuando murió Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José, que estaba en Egipto y le dijo: 'Levántate, toma al Niño y a su Madre, y regresa a la tierra de Israel' (Mt 2, 13. 19.20). El Señor, que por su gran misericordia se hizo semejante en todo a sus hermanos los hombres, menos en el pecado (cf. Hb 2, 17), quiso también asumir, con su Madre Santísima y San José, esa condición de emigrante, ya al principio de su camino en este mundo. Poco después de su nacimiento en Belén, la Sagrada Familia se vio obligada a emprender la vía del exilio. Quizá nos parece que la distancia a Egipto no es demasiado considerable; sin embargo, lo improvisado de la huida, la travesía del desierto con los precarios medios disponibles, y el encuentro con una cultura distinta, ponen de relieve suficientemente hasta qué punto Jesús ha querido compartir esta realidad, que no pocas veces acompaña la vida del hombre", explicó Juan Pablo II.

Y ejemplificando con la actualidad de 1987, exclamó: "¡Cuántos emigrantes de hoy y de siempre, pueden ver reflejada su situación en la de Jesús, que debe alejarse de su país para poder sobrevivir!".

Posteriormente, destacó la cultura de los inmigrantes. "Venían aquí sobre todo a buscar trabajo, cuando éste escaseaba ya en su tierra de origen. Con la voluntad de trabajar y de contribuir al bien común del país que los recibía generosamente, traían también consigo todo el bagaje histórico, cultural, religioso de sus respectivos países. Para la Argentina hispana de entonces, las corrientes migratorias posteriores de la misma España, de Italia, Alemania, Francia, Suiza, Polonia, Ucrania, Yugoslavia, Armenia, el Líbano, Siria, Turquía y de las comunidades hebreas del Este y Centro de Europa, han sido no sólo una fuente de riqueza, económica y cultural, sino también el componente básico de la población actual".

Después de recordar que cada inmigrante trajo consigo sus propias tradiciones religiosas, como la hebrea en Entre Ríos, señaló: " Un país abierto a la inmigración es un país hospitalario y generosos que se mantiene siempre joven porque, sin perder su identidad, es capaz de renovarse al acoger sucesivas migraciones: esa renovación en la tradición es precisamente señal de vigor, de lozanía y de un futuro prometedor. La Argentina no ha sido así solamente en el pasado: lo es todavía, y siempre lo debe ser".

A las 19, desde la ventanilla del avión, despegando hacia Buenos Aires, Juan Pablo II bendecía por última vez a sus hijos; "había muchas lágrimas en los ojos", recordó el Comodoro Vianna, que compartió los viajes por Argentina con el Papa.