Discapacidad
Domingo 15 de Octubre de 2017

Akira, la prostituta que asiste sexualmente a personas con discapacidad

Tiene 20 años y su trabajo es "tener encuentros afectivos, eróticos y sexuales con personas discapacitadas o con diversidad funcional"

Akira Raw se sienta derecha. La columna sólo sostiene su curva natural y los brazos le caen a cada costado. No es fácil descubrir si caen tensos o simplemente sostienen una perfecta forma de estar en la silla. Tiene el pelo castaño que le llega a los hombros y habla con suavidad. No tiene la voz suave, pero sí desliza cada palabra con delicadeza. Akira Raw no se llama Akira Raw. El resto es todo cierto. Y si no se conoce su nombre es por otra certeza: porque Akira, de 20 años, columna derecha y palabras delicadas, es trabajadora sexual. El trabajo más antiguo y estigmatizado del mundo. Más concreto y complejo aún: es asistente sexual para personas con discapacidad y diversidad funcional.

La joven dialoga nerviosa con La Capital. Toma un mate mientras se presenta. Se acomoda. Lo primero que cuenta es que es una persona trans no binaria. Ni hombre ni mujer. Habla por una hora, y en toda su cotidianeidad; después, en neutro.


En esta nota se habla en femenino por decisión y comodidad editorial. Akira eligió ser Akira porque es un nombre japonés sin género. Eligió ser Raw para llenar una casilla más a la hora abrir una cuenta en Facebook. Raw es una onomatopeya. "Rawwwww", explica riéndose, con cara de salvaje y algo de perversión.


Ella es Akira Raw desde enero de este año, cuando se sentó en la PC y decidió armar su primer perfil virtual para empezar a trabajar como asistente sexual. Era el paso que le faltaba. "Ya estaba decidida. Quería empezar a trabajar publicitándome por internet y las redes sociales. Apenas lo hice me empezó a hablar mi primer cliente. Tuve suerte y fue una muy buena experiencia, ayudó a que no me arrepintiera de mi decisión", remarca.


Hasta ese momento no había tenido otro empleo y, dentro del abanico de posibilidades laborales para alguien de veinte años, encontró en el trabajo sexual la posibilidad de ser autónoma, ganar dinero, hacer lo que le gusta.


"Es un laburo que me da mucha independencia. No es fácil, pero tiene más facilidades que otros trabajos. Entre las opciones que tenía, ésta fue la que más me convenció. Además, siento que es algo que me sale hacer bien. Me relaciono sexualmente o a partir de un encuentro íntimo con otras personas y eso me gusta. Y me gusta y erotiza que me paguen por hacerlo".


Asistencia

Pero no cualquiera le paga. Y ella elige eso: lo suyo es la asistencia sexual. "Tengo encuentros afectivos, eróticos, sexuales con personas con discapacidad o diversidad funcional a través de un intercambio económico", resume.

   Akira se reivindica como trabajadora sexual. Lo que hace no es psicología ni medicina. Ella es, dice, se dice, se sonríe, una puta. "Estos no son servicios que contrata alguien para mejorar su salud o dejar de estar enfermo o discapacitado. Yo reconozco a la persona con discapacidad como un sujeto de deseo y de derecho, y que tiene derecho a tener una sexualidad plena. Eso no está siendo reconocido. Por eso hay una gran demanda de asistencia sexual: no le estamos dando lugar a muchas personas para que ejerzan su derecho a la sexualidad".

   Lidia con un doble estigma: el del sexo por dinero y el de los clientes discapacitados. "A la gente le estalla la cabeza", dice, ya con confianza.

   Los clientes le confiaron que muchas veces estuvieron con trabajadoras sexuales que no estaban sensibilizadas con la perspectiva y fue un encuentro incómodo. "Pesaba más el estigma de la discapacidad", agrega. Ella contó siempre con una ventaja: una atracción por los cuerpos disidentes y diferentes. "Tengo una empatía especial. Muchas compañeras dicen que les gustaría trabajar con personas con discapacidad, pero que les costaría. Yo creo que a mí me sería al revés: no sé si podría trabajar con alguien sin discapacidad. No sabría qué hacer. Me aburriría".


Nuevas formas

La joven es clara: se trata de otros tiempos, de aprender nuevas formas de relacionarse con alguien que tarda media hora en sacarse una camisa y no cinco minutos en desvestirse.

   "Se aprende a tomar las cosas como un juego y olvidarse de todos los mandatos establecidos de lo que tiene que ser el sexo. O de qué es lo que hace una trabajadora sexual. Lidiamos siempre con ideas preestablecidas y tratamos de desencasillar", señala.

   Akira, por ejemplo, cuenta que tiene entrevistas personales previas con sus clientes. "Tomamos un café, hablamos, volvemos a acordar lo que ya hablamos virtualmente, también hablamos de las expectativas e intereses. Es lo que me parece más enriquecedor".

   Ella elige su trabajo por esas cosas; la complicidad y la comunicación con las personas que opta por atender, la libertad de tomar esas elecciones, no tener un jefe que le diga cómo hacer cada cosa y con quién.

   "Es muy importante hablar de este tema y preguntarle a las putas qué quieren", asegura. Se sienta con una postura perfecta, los brazos caen a los costados poco tensos, y habla en neutro. Menos cuando dice puta. Se sonríe. Es la excepción. "Es que me siento así. Soy re-puta".


Un trabajo estigmatizado que obliga al anonimato

Akira Raw no deja pasar el estigma que carga su trabajo. "Más que liberarme, ser Akira Raw me encierra en el lugar del anonimato. Me gustaría prescindir de tener un nombre de trabajo que no sea el mío. Pesa tanto". Ella no puede compartir eso que hace la mayoría: sentarse con sus amigas, con su familia, contar un día de trabajo bueno, contar un día de trabajo malo, sacarse un par de dudas de encima. Salvo cuando se reúne con sus pares. En Rosario, las trabajadoras sexuales y sus aliados se empezaron a organizar en el frente Fuertsa y se reúnen regularmente en encuentros abiertos para quien quiera militar o sacarse dudas. Fuertsa Rosario está en Facebook y Akira invita a que lo busquen y se contacten.

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