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Diálogo Abierto

"Lo vivenciado cuando te superás en el deporte no te lo da nadie"

Entrevista con Viviana Paiva. Familia, sacrificio, deporte y La piedra de hacer sopa. La determinación frente a la obesidad. Única clave: comenzar hoy.

Lunes 01 de Noviembre de 2021

La corredora Viviana Paiva reveló detalles del proceso, no exento de grandes sacrificios, recaídas y angustia, de superación de la obesidad, hasta convertirse en una maratonista de buenas marcas y actual entusiasta promotora del running y del triatlón. “Cuando volví a engordar y ensancharme fue horrible. No caminaba ni me movía”, reconoció la instructora, quien aportó recomendaciones basadas en su experiencia llena de resiliencia y fortaleza mental. Familia, sacrificio, deporte y La piedra de hacer sopa

La natación y un golpe

—¿Dónde naciste?

—Es complicado… no puedo decirlo, pero soy de Paraná, donde vivo desde 1972…

—¿Dónde viviste en tu infancia?

—En la zona de Salta y Uruguay, adonde llegamos tres familias de mi papá, abuelo y tíos, quienes eran transportistas de mercadería. Somos de esas familias en que trabajaban el abuelo, la abuela, papá, mamá y el que caía. Vivíamos todos en una esquina famosa, de los Almendral. Había un solo teléfono en la manzana, de la señora de Federik de calle Uruguay, quien “distribuía” las llamadas. No queda casi nada de aquella época porque eran edificios con grandes ventanas y rejas. En el segundo piso de donde vivíamos había una familia cuya casa tenía pisos de madera, escaleras de mármol, divinas, y barandas finamente talladas. Les decíamos “mami” y “papi”, porque no tenían hijos y nos “adoptaron” a los tres hermanos. La “abuela” me hacía arroz con leche con azúcar quemada, porque me encantaba. Circulaban los vendedores ambulantes y a la siesta esperábamos al heladero.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Tenían un almacén de ramos generales, muy conocido, que perduró durante mucho tiempo. Luego pusieron negocios separados, para progresar más y trabajaban todo el día.

—¿A qué jugabas?

—A la mujer maravilla y al hombre nuclear; era “parkour” (disciplina física) sin saberlo porque me apasionaba saltar por los techos y sacaba nísperos de los árboles. Jugábamos juntos chicos y grandes, y hombres y mujeres. Fuimos a la Escuela Entre Ríos.

—¿Había un límite del lugar que no podías trasponer?

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Entrevista con Viviana Paiva. Familia, sacrificio, deporte y La piedra de hacer sopa. 

Entrevista con Viviana Paiva. Familia, sacrificio, deporte y La piedra de hacer sopa.

—Sí, hacia el centro no íbamos solos, pero andábamos mucho en grupo y teníamos amigas sobre varias calles de la manzana. Cuando salíamos de la escuela íbamos al Club Echagüe y también tenía amigos en el Club Belgrano.

—¿Qué practicabas?

—A los ocho años comencé natación en Echagüe, hasta que en mi primera posta me caí y me golpeé la espalda.

—¿Dejaste el deporte?

—Me distancié porque me quedó miedo, hasta comenzar la secundaria. Tenía condiciones pero estaba mal guiada.

—¿En qué sentido?

—En la secundaria era velocista y hacía muy bien 100 metros con vallas, y ahora me doy cuenta de que con esos tiempos hubiera podido tener otro desarrollo, ya que había vencido aquel miedo.

—¿Eras consciente de esa capacidad atlética?

—Era consciente de que era buena, porque me medía con las que competía. Pero mi papá y mi mamá trabajaban todo el día y solo sabían de eso. Mi vieja está reventada por lo que laburó.

—¿Te gustaba alguna materia de la secundaria?

—Geografía y Biología. Fui una alumna intermedia y era un poco rebelde, así que no me ponía cintitas en el pelo. Durante cuarto y quinto año no podía cumplir, por el trabajo y obligaciones, y me llevé varias materias, por lo cual también me discriminaban.

—¿Sentías una vocación?

—No, porque lo único que veía era a mis viejos trabajando. Me imaginaba dirigiendo algo, pero no sabía qué.

—¿Leías?

—Estaba anotada en la biblioteca de la escuela y sacaba libros. Recuerdo y asocio con pasajes no gratos de mi vida a La piedra de hacer sopa, un cuento que leí a los nueve años. Cuando fui más grande leí novelas, pero no tenía mucho tiempo para la fantasía.

—¿Por qué fue influyente ese libro?

—Porque es lo que hago ahora: sin nada, hacer cosas. Los que eran muy fantasiosos no me gustaban ni eran para mí, porque mi realidad era otra. Veía que se venía el esfuerzo y el sacrificio; vos sabés que en Paraná el apellido pesa y el mío no iba a pesar. Estaba integrada pero las diferencias se marcaban y entendí que siempre sería así, porque no hay educación para la integración.

—¿En que lo sentías tan fuerte?

—La gente con la cual me relacionaba me lo hacía sentir. Además, siempre defendí a los marginados, con quienes me juntaba.

—¿Siempre viviste en esa casa?

—Hasta que cumplí nueve años, que papá compró una casa en calle Salta, entre Colón y Victoria, donde puso el negocio.

—¿Estudiaste luego de la secundaria?

—No había muchas opciones: a los 16 años ya trabajaba en un frigorífico y comenzó más marcada la enfermedad de mi papá, sumado a las cuestiones del gobierno… Además de trabajar y estudiar, jugaba al vóley en Echagüe, pero solo para acompañar a mis amigas. Comencé a estudiar abogacía en Santa Fe porque quería “bajarle caña a todo el mundo”, iba bien pero sólo pude hacer hasta tercer año por las complicaciones económicas y familiares.

—¿El del frigorífico fue tu primer trabajo?

—No, comencé cuidando niños y bebés, a los 14 años, y luego en geriátricos para damas, en un consultorio odontológico y con un pediatra. Había muchas necesidades que cubrir porque papá bajó el esfuerzo por su enfermedad y mamá se puso todo al hombro.

Obesidad, recaídas y triunfo

—¿Continuaste haciendo deporte?

—No hacía nada, ni caminar una cuadra. Desde los 13 a los 21 fui muy gorda, con unos 23 kilos de más.

—¿Cuándo tomaste consciencia de la enfermedad?

—Al terminar la secundaria ya iba con un matrimonio a ALCO (Asociación de Lucha Contra la Obesidad), en la Escuela República de Chile, porque en mi casa estaban preocupados.

—¿Cuál fue la clave para el cambio?

—Tuve que romper los hábitos que tenía en mi casa y entendí que no podía sentarme a la mesa con mi familia, porque estaba enferma. Les dije que no comería con ellos porque tenía que comer otra cosa y que si me sentaba con ellos me tentaría. Antes de eso hacía mucho esfuerzo durante un par de semanas y recaía. Fue un círculo que tuve que romper; mis padres y hermanos se enojaron pero igualmente me puse firme, hasta que se acostumbraron a que cada uno tuviera su plato de comida. Cuando lo conocí a quien hoy es mi marido, Diego, había adelgazado y me casé en 1994. Pero mientras estábamos de novios después de ir a bailar, en vez de dormir, me llevaba a correr, para lo cual me compró calzas y zapatillas. ¡Una cosa muy loca! Podía correr, me la bancaba, pero lo odiaba.

—¿Es atleta?

—Jugador de fútbol.

—¿Cuándo percibiste que habías sanado?

— Fue un gran sacrificio pero estaba acostumbrada. No se cura nunca pero me sentí liviana cuando comencé a comprar otra ropa y achicar la que tenía. Ese momento también fue difícil porque la gente no me reconocía cuando los saludaba, más los comentarios de quienes dicen “está enferma”. ¡Por favor, no hagan comentarios sobre la gente!

—¿Por qué cambiaste de opinión en torno al correr?

—A los dos años de nacer mi hija Julieta estaba “estacionada”, y volviendo a engordar y ensancharme. ¡Horrible! No caminaba ni me movía. Había un profe que entrenaba a un grupo, más Diego, quienes me decían “¡cómo te vas a sentar tomar mates y comer torta; andá a caminar y correr! Pero me resistía, hasta que uno de los chicos del grupo dijo “¡pero qué va a ir!”. Escuché eso y fue el principio del fin, aunque no tenía ni zapatillas. Cuando me vieron llegar pensaron que iba a la fiesta de disfraces. Comenzaron a correr, me la aguanté hasta que no pude más, ¡fue un desastre!, estaba morada y sin aire, me pesaba la panza y el traste. Fui un par de veces, dejé, algunos de los chicos me cargaban, mi marido insistía, hablé con el profesor, volví y fui mejorando, a la vez que jugaba a la paleta. Me propuse que no dijeran nada más de mí.

—¿Cuál fue el hecho determinante para superar este nuevo desafío?

—Cuando el grupo iba a participar en una prueba en Santa Fe uno de ellos dijo que no podía ir y entendí que era para cuidarme, porque no tenía preparación. Como me encanta no seguir las reglas le pedí a una de las chicas que me llevara con ella y cuando allá me vieron que me estaba anotando se querían morir (risas).

—¿Cómo clasificaste?

—Muy bien, segunda en la general.

El podio de la superación

—¿Fue un salto para asumir la actividad con mayor disciplina deportiva, más allá del acondicionamiento físico por la obesidad?

—Dos semanas antes de ese evento participé en los diez kilómetros que organizó El Diario, e hice 44 minutos y los chicos me decían “lo que pasa es que no eran diez”. ¡Qué me importa!, les contesté, si quedé en el podio. Me di cuenta de que algo pasaba y estaba del medio hacia arriba. Sufría porque no tenía lo aeróbico entrenado, pero me gustó y motivó.

—¿Con quién aprendiste los aspectos técnicos, nutricionales, psicológicos y de entrenamiento propios del maratón?

—De a poco, investigando y leyendo, aunque hasta hace unos años nadie le daba bolilla a eso. Continué con la guía de mi profesor y de mis primeros compañeros. Estuve con profesores de Educación Física y ninguno me hablaba de esas cuestiones puntuales.

—¿Tuviste nuevas recaídas con la obesidad?

—No, nunca más, y siempre estaba en el podio.

El arte de ir por más y

el poder que se genera

La instructora de triatlón recordó tres carreras especialmente significativas por el esfuerzo realizado y las condiciones adversas en que se desarrollaron. “Lo que se vivencia superándote no te lo da nadie”, enfatizó Paiva, quien exhortó a “comenzar a caminar hoy”.

—¿Carrera especiales, independientemente de los tiempos logrados?

—Un premio dedicado a mi marido, de una carrera que se hizo acá con cinco grados bajo cero y durante la cual caía agua-nieve, y al otro día corrí la Viale-Tabossi, en la cual quedé quinta en la general. Gané acá y mi esposo se sorprendió. Hice 39 minutos en diez. En la subida del Rowing me explotaba el corazón y fue la subida más larga de mi vida, porque no estaba preparada psicológicamente para eso. Otra fue un ultra en la Patagonia; me habían sacado un tumor en enero y estaba inscripta para abril. Tenía miedo pero quería participar, llegué bien y fue una superación tremenda. Para eso también sirven los encuentros deportivos, por la enseñanza. Lo más icónico fue cuando participamos, con debutantes que llevé, en los 42 kilómetros de Rosario, con tormenta eléctrica y viento frío, en junio. Las gotas eran dagas en la piel. En el kilómetro 38 me querían sacar porque tenía hipotermia. Cuando llegué las carpas estaban llenas de corredores siendo asistidos; estaba consciente pero no podía hablar porque estaba congelada. Hice 4,06 horas. El médico dijo “hagamos algo porque la perdemos”, me abrigaron con un piloto, me metieron en la ambulancia, junto con otros seis atletas, y prendieron la calefacción.

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—¿Cómo lo explicás para quien no entiende el disfrute de la exigencia física?

—El sentimiento es superarte; sé que es sumamente difícil pero no dejaré de hacerlo mientras tenga consciencia y salud. Se transforma en un eje que genera poder, lo cual quiero trasmitir. Lo que se vivencia superándote no te lo da nadie, lo hace cada uno, más allá de que puedo ser una guía. El deporte es superación.

—¿Un deportista que tengas como referente?

—Me da vergüenza decirlo porque es muy elevado y porque no somos nada al lado de su vida: Haile Gebrselassie, siempre seguí su historia de sacrificio puro, más allá de que no tengan nada que ver con ese tipo de atletismo. Un conocido vive en Iten (Kenia) y mi sueño es ir a un centro de entrenamiento de allí para ver su forma de vida, lejos del consumismo. Hace un tiempo dejé de comer carnes, porque allí no lo hacen, para el día que me toque.

—¿Qué te motivó para compartir la actividad y organizar competiciones?

—Cuando cerré la etapa con el grupo que comencé entrenaba sola o con un compañero en la costanera y desde 2005 participaba en carreras de aventura y cross. En 2006 hice dos maratones de 42 kilómetros y hoy tengo hechas 32. Cada vez que iba lo hacía con personas que debutaban y quería que vivieran lo mismo que yo había vivido, así que comencé a difundirlo y entusiasmar a quien no se animaba. Entrené un tiempo en el Parque Berduc hasta que entendí que lo mío era otra cosa, comencé a formar mi propio espacio, instruirme en preparación física, triatlón y aguas abiertas, aconsejar, según los conocimientos que recibía, y a organizar carreras. Uno de los chicos que comenzó conmigo es ultramaratonista y hace triatlón, de lo cual tengo la escuela para niños y adultos, un espacio en el cual invierto mucho.

—¿Un consejo para las gorditas?

—(Risas) En esta época se ponen la remerita de algodón y saltan los rollos (risas). No esperen a mañana, es hoy, porque el tiempo pasa volando. No sé cómo pero hay que calzarse las zapatillas, ropa cómoda, aunque sea una calza de los año 80 o en el caso del señor el short de fútbol del Mundial 78, y salir a caminar, porque la salud y la familia se lo agradecerán.

—¿Publicás contenidos en las redes?

—Sí, en Viviana Paiva ID (integración deportiva), lo cual tiene que ver con todo lo que te relaté.

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