Ovacion
Domingo 04 de Febrero de 2018

La emocionante historia de "el ángel del mar", el salvador de las víctimas del naufragio

Nicolás Migueiz Montán estuvo en las costas griegas rescatando refugiados que intentaban llegar a Europa. También, lo hizo en Libia.

Es temporada baja de turismo en Barcelona y Nicolás, que trabaja de guardavidas en las playas catalanas, volvió a Zelaya, su pueblo en Argentina, a visitar a su familia. Está en el jardín, descalzo, tomando mate. No tenía esta sonrisa hace poco más de dos años, cuando un fotoperiodista griego le sacó la foto que se clavó en los medios y permitió mostrar al mundo un drama silenciado. En la foto se lo ve sacando del mar Egeo a un bebé que, a diferencia de otros miles de refugiados, había logrado cruzar a Europa sin ahogarse. Nicolás tenía, como ahora, una barba rubia oscura pero el pelo enrulado estaba aplastado por el agua. "Jesús está enfadado", tituló un medio griego.

Nicolás Migueiz Montán (37) se ríe con aquello de Jesús y reniega cuando lo llaman "héroe": dice que si viéramos lo que es capaz de hacer un refugiado por salvar a su familia, lo entenderíamos. La coordinadora de operaciones de ACNUR en Grecia, sin embargo, encontró un modo de llamarlos: "Los ángeles de la guarda en el mar". Hablaba no sólo de él, sino del grupo de guardavidas que en 2015, durante la peor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial, viajó a Lesbos (en la costa de Grecia) para tratar de salvar a miles de refugiados que todos los días se hundían en la cara de Europa.


"Hasta ese momento éramos sólo guardavidas, cuidábamos turistas en la playa", dice Nicolás a Infobae. Pero en septiembre de 2015, la foto del cuerpo de Aylan, el nene de 3 años que apareció muerto en una playa de Turquía -boca abajo, el mar lamiéndole la cara-, provocó un sismo en la estructura mental de Oscar Camps, el dueño de la empresa de salvamento en la que Nicolás todavía trabaja.

El socorrista lo vio con claridad: había voluntarios de ONG fuera del agua, abrigando a los que llegaban, pero ninguno se metía al mar cuando un bote comenzaba a hundirse. Los guardavidas juntaron 15 mil euros que tenían ahorrados, formaron una ONG (se llama Proactiva Open Arms) y viajaron a Grecia. Nicolás viajó en la tercera misión, cuando lo peor todavía estaba por pasar.


"No era mucho lo que tenían que atravesar para entrar a Europa: sólo 9 kilómetros de mar desde la costa de Turquía hasta la de Grecia", cuenta. "Pero los traficantes les decían que pincharan los botes con cuchillos cuando estuvieran cerca para que no los mandaran de vuelta, entonces los refugiados reventaban los botes antes de llegar y quedaban todos desparramados, con bebés". Los guardavidas se dieron cuenta de que, con instrucciones básicas, podían evitar que se ahogaran a metros de llegar.


Pero los cruces ocasionales se convirtieron pronto en una marea de refugiados desesperados por escapar. Cruzaban al menos 40 botes por día: cada uno era un racimo de 50 personas. El mar ya estaba helado y las mareas, indomables. "Los primeros dos meses sólo teníamos patas de rana, hacíamos los rescates a nado. Era a lo 'Rambo', había que improvisar todo el tiempo", sigue.


Del otro lado, los traficantes turcos les cobraban unos 1.500 euros para cruzarlos (el viaje en ferry cuesta 15) pero apenas salían se tiraban y los dejaban solos en el mar, por lo que terminaba conduciendo un refugiado sin experiencia. A los chicos les daban chalecos inservibles-con florcitas, de los que se inflan con un par de soplidos- y los de los adultos apenas flotaban. Los botes eran cada vez más precarios (no llevaban el combustible en tanques sino en bidones de agua) y llegaban cada vez más llenos: con semejante peso, tardaban poco en llenarse de agua.


"Sabíamos que estábamos teniendo suerte. Teníamos clarísimo que algo grave podía pasar en cualquier momento", dice. El 28 de octubre de 2015, ocurrió el gran naufragio.


Nicolás y sus compañeros -entre ellos Fiorella Crotti, también argentina-venían de una mala noche: como no tenían embarcaciones para hacer rescates, habían estado hasta la madrugada tratando de que alguna autoridad fuera a buscar a un barco al que se le había roto el motor. Habían tenido, además, una mañana agotadora remolcando un gomón tras otro -con las fuerzas de sus cuerpos- para que no chocaran contra los acantilados.


"A las tres de la tarde nos sentamos a comer algo y nos avisan: había una marea de chalecos naranjas en el agua. Estaban lejos, sólo se veían con prismáticos".


Bajaron las dos motos de agua -que habían llegado esa misma mañana gracias a las donaciones-, y se adentraron en el mar. "Era un desastre, había por lo menos 300 personas. El barco ya estaba hundido, hacía más de una hora que los refugiados estaban en el mar". Danny, su compañero uruguayo, se acercó primero a sacar a los chicos pero los adultos, desesperados, se agarraron de él. "Quedó sostenido de un cabo finito con cuatro personas encima. La gente se agarra de lo que flota, sea lo que sea. Si se soltaba, lo ahogaban a él". Nicolás sacó a su compañero primero.


Empezaron a subir al barco de la guardia costera a los que pudieron: uno a uno, de la altura de una moto a la de un barco. Hasta que Nicolás hizo contacto visual con un hombre muy obeso. Se acercó con la moto de agua y trató de sacarlo, una vez, otra vez. Pero la moto amenazaba con darse vuelta y, antes de darse cuenta de que tenía que dejarlo, le gritó a unos pescadores que tiraran la red y trataran de subirlo con la grúa que usan para levantar la pesca.


"Tengo muchos recuerdos de ese día bloqueados. Me acuerdo de estar en la cubierta del barco haciéndole RCP (reanimación cardio pulmonar) a un bebé. Eran todos chicos y mujeres tirados, algunos inconscientes, otros no. Hay un montón de protocolos para una situación así, tenés que valorar, 'éste sí', 'éste no', pero fue todo muy salvaje. Me acuerdo que le pedí a una mujer que agarre a un bebé y en el mismo momento pensé: 'Le estoy pidiendo a una madre que agarre a un nene que no es su hijo y posiblemente su hijo esté en el agua'.


En el documental "To Kyma", hecho por dos periodistas españoles que estuvieron ahí, se ve a los guardavidas al final de ese día: están agotados, helados, tristes, se abrazan en silencio. Saben que al menos la mitad de los refugiados que iban en ese barco murieron. Pero hay otra escena del documental -ocurre un día después del naufragio- en la que se ve a Nicolás en el instante preciso en que queda pasmado. Alguien lo llama, él va. Es el hombre obeso, que sonríe, envuelto en una toalla. Le dice "gracias".


Un grupo de psicólogos especializado en manejo de catástrofes empezó a asistir a los guardavidas para que pudieran continuar. "Nunca habíamos imaginado estar en una situación así. Yo me siento orgulloso de eso, porque fuimos sin saber con qué nos íbamos a encontrar y salvamos miles de vidas". Las fotos de los "Ángeles guardianes" en los medios del mundo multiplicaron las donaciones: tres meses después de haber llegado, tenían tres embarcaciones equipadas para seguir haciendo rescates.


"Me acuerdo de hablar por teléfono con mi vieja y decirle 'te juro que si acá viniera el más facho y viera esta realidad, cambiaría su pensamiento'. Si los que dicen 'que se quede en su país' o 'nos vienen a quitar nuestro trabajo' vieran ésto, no podrían sostenerlo". Lidia, su mamá, asiente a su lado. Dice que nunca sintió miedo, que sabía que su hijo y sus compañeros tenían un talento y lo estaban poniendo al servicio de la humanidad.


Las estadísticas de lo que pasó y sigue pasando están agarradas de los pelos. "Sólo se cuenta lo que se ve, lo que denuncian las ONG. Cuando volví de la segunda misión en Lesbos me fui al sudeste asiático. Levantamos tres cadáveres. Por cada cadáver que ves se calcula que hay 50 que no ves. Un cadáver es un barco que se hundió". A las ONG, además, las acusan de favorecer el tráfico ilegal de personas y les ponen trabas para moverse. Para ellos, es un modo de que no muestren la situación.


Pasaron los meses y Grecia empezó a deportar a los refugiados que llegaban, por lo que salieron a buscar nuevas rutas de escape. Las que encontraron eran mucho más largas y peligrosas. Comenzaron a salir desde las costas de Libia en barcos desbordados. Ya no tienen que cruzar 9 kilómetros sino 350.


"Les venden que van a llegar a Italia pero es mentira. Hay gente que se lo cree pero otros saben el riesgo que corren e igual prefieren exponerse. Les dan combustible para 20 kilómetros y quedan a la deriva en mar abierto. Hubo misiones en las que se encontraron barcos con personas vivas, esperando que alguien los rescate, y gente muerta aplastada abajo. Imaginar eso es más fácil que verlo". Se encuentran, además, con mujeres embarazadas producto de las violaciones de los traficantes.


El catalán Oscar Camps, creador de la ONG, lo dice en el documental: "Para poner a un bebé en una barca tan precaria, en una situación tan hostil y en un clima tan difícil, debes haber estado muy mal. Si el mar es para ti una zona segura, la Tierra debe haber sido el infierno". Calculan que al menos 4.715 personas dejaron la vida en el Mediterráneo en 2016. Mil personas más que en 2015.


Nicolás estuvo en una de estas misiones en Libia hace 8 meses. La ONG creció tanto que ahora las hacen con un velero que les donaron. "Es difícil porque vos sabés que si sacás a alguien vivo va a llegar a Italia y va a tener otro montón de problemas. Probablemente a algunos los deporten, a otros no. Mucha gente nos critica, dice 'bueno, los sacan del agua, ¿y después qué?', yo mejor preguntaría ¿y si no, qué?". El viernes se supo que 90 inmigrantes murieron ahogados en el Mediterráneo.


Hay, además, quienes les dicen: "Ah, pero se van lejos a hacerse los héroes cuando en su país hay tanta gente que necesita ayuda". La regla no aplica para él. La entrevista termina porque lo están esperando los chicos de la Sociedad de Fomento de Zelaya, que hoy tienen taller de radio. Ellos no lo conocieron por la foto en el mar. Lo conocieron hace años, mientras ayudaba a convertir una casa abandonada en una sede con actividades gratuitas para que ellos, en su mar particular, tampoco queden a la deriva. (Fuente Infobae).

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